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El PSOE en el «procés»

Tiempo de lectura 4 min.

16 de julio de 2017. 05:53h

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José María Marco 16/7/2017

El desafío independentista de los nacionalistas catalanes no responde a una ley de la historia de España, ni a una necesidad de la sociedad catalana. Es fruto de una aceleración provocada por la ilusión de que la pasada crisis económica estaba a punto de culminar en una quiebra del Estado español, que no otra cosa habría supuesto el famoso rescate, nunca ocurrido gracias a Rajoy. Es un movimiento artificial, voluntarista y contradictorio con las propias premisas del nacionalismo catalán, que –aunque siempre ha tenido un horizonte independentista– difiere el Gran Acontecimiento a la plena nacionalización de Cataluña, algo que entonces estaba muy lejos de ocurrir y que hoy lo está más que hace cinco años.

En estas condiciones, teniendo en cuenta además la sempiterna sospecha que ha pesado sobre el gobierno central español en relación con los nacionalistas y la falta de consenso interno acerca de la nación española, la estrategia política de Rajoy ante el «procès» ha sido ejemplar. Se puede pedir más presencia del Estado en Cataluña y sobre todo –algo que no ha hecho nadie nunca en democracia–más respuesta gubernamental, estatal e institucional a la demanda de España por parte de la opinión de nuestro país. Pues bien, incluso así, el aislamiento internacional, la oferta de diálogo permanente a las fuerzas políticas nacionales, la voluntad demostrada de pacto con las catalanas, el cumplimiento de todos los compromisos financieros y el no dejar caer nunca a la Comunidad de Cataluña, así como el insistir en el cumplimiento escrupuloso de la ley, sabiendo –como antes sabían los nacionalistas– la gigantesca inercia del Estado, ha sido un ejemplo de cómo se gestiona un asunto explosivo con prudencia y con tino. Ahí está el «procès» de disolución en el que se encuentran casi todos los que se han dejado llevar por el anhelo revolucionario de soberanía, independencia, república y antiliberalismo.

Por eso resulta aún más llamativo que el PSC-PSOE, porque a partir de ahora habrá que volver a llamarlo así, se haya dejado meter de hoz y de coz en una deriva que va a acabar con quienes participan de ella. Además, el PSC-PSOE dinamita cualquier alternativa al nacionalismo en la propia Cataluña, una estrategia que Cs ha venido proponiendo. Y sobre todo eso, proporciona oxígeno a los radicales, que es como decir que retira cualquier incentivo para las actitudes moderadas y sensatas en Cataluña, ya sean las políticas (alguna quedará) o las sociales, que alcanzan a bastante más de la mitad de los catalanes. Proponer una reforma de la Constitución cuando ni los nacionalistas la quieren, ni las fuerzas gubernamentales nacionales ni el conjunto de la opinión pública española pueden aceptarla, sometidas como están a un chantaje inconstitucional, es demostrar una falta clamorosa de lealtad y sentido estratégico. En nuestro país es tradición la existencia de fuerzas políticas que requieren, para tener éxito, la ruina de España. El PSOE de Pedro Sánchez se ha empeñado en continuarla. Como, a pesar de lo que muchos se figuraron hace unos años, seguimos sin vivir en tiempo de revolución, lo único que sacará es la suya propia.

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