Ser enterrador en una pandemia: “Es duro ver más trabajadores que familiares”

Juan González (Orense, 1973) (izda), un veterano enterrador oficial de cementerios, posa para Efe en el cementerio de Santa Mariña en Orense. González empezó a trabajar de enterrador con 23 años recién cumplidos. Perdió a su madre con 7 años y se preparó a conciencia para el oficio. Prefería un camposanto a una oficina. Lo que nunca imaginó es que fuese a haber aforos ni limitaciones horarias para las visitas, como lo que ocurre en este momento histórico, que afecta especialmente en este puente de Todos Los Santos, por la epidemia de coronavirus. EFE/ Brais LorenzoBrais LorenzoEFE

Empezó con 23 recién cumplidos. Perdió a su madre con 7 años y se preparó a conciencia para el oficio. Prefería un camposanto a una oficina. Lo que nunca imaginó es que iba a llegar un momento en el que en un entierro hubiese más empleados que parientes.

Desde el inicio de la pandemia, Juan González (Ourense, 1973), veterano enterrador, con 25 años a sus espaldas, combate en la primera línea esta crisis sanitaria, desde el lado menos agradable, el de los cementerios.

Extrema a conciencia las precauciones para evitar, como él mismo dice a Efe, que el "bicho" entre en casa.

Las muertes por covid-19 han supuesto un incremento en la carga de trabajo. Y las restricciones han obligado a modificar ritos y costumbres en las celebraciones de Fieles Difuntos.

En el ayuntamiento de Ourense, donde ejerce, únicamente se permiten visitas de dos personas por unidad de enterramiento y por un espacio máximo de treinta minutos.

Tampoco están autorizados los actos litúrgicos en las necrópolis.

Esta situación ha alterado la estampa clásica, esa habitualmente repleta de gente y flores. De hecho, este año se ven menos ramos y las coronas son más pequeñas.

"Pero para mí, es lo mismo. Me encargo de atender las necesidades de siempre", con la salvedad de que ahora tienen la tarea de "evitar las aglomeraciones y de que se guarde la distancia".

Con una pandemia encima, este enterrador gallego ve las limitaciones impuestas algo excesivas, especialmente al inicio de la enfermedad vírica, cuando en algunos enterramientos llegaron a ser "más trabajadores que familiares".

"Fue duro. Llegamos a trabajar a puerta cerrada. Como no podían hacerse velatorios, muchas familias se encontraron con que acabaron viendo a sus seres queridos por primera vez a la puerta del cementerio".

Pese a su vasta experiencia, que inició de algún modo siendo casi un niño, "cuando iba a jugar al cementerio" confiesa que una situación como la actual "al final te toca un poco".

Nunca imaginó este hombre limitaciones de aforo ni horarias y la covid-19 ha hecho, tal y como comparte, que trabajadores como él "empaticen todavía más con las familias".

La principal preocupación ha estado, sostiene, en toda esa gente que "no se ha podido despedir de los suyos".

Cuenta Juan González que ellos trabajan en dos brigadas semanales, por turnos. Él, como prácticamente todos, trata de sobrellevar su día a día como puede y se queda con "los buenos momentos, los emotivos".

A lo largo de su trayectoria "ha pasado muchísima gente por mis manos, no una, dos, tres ni 5.000 personas", sino "muchos miles", relata.

Por eso, este profesional, devorador de noticias y de todas las investigaciones que salen relacionadas con el pequeñísimo agente infeccioso que mantiene al mundo en vilo, apela a la responsabilidad social e individual: "Hay que concienciarse. Si el virus se expande es porque la gente no está concienciada".

De hecho, en respuesta a los 'negacionistas', apuntala: "Gente he enterrado a patadas, también este verano. No todos los días, pero no hubo una semana en la que no hubiese tres o cuatro entierros, y no sólo gente mayor".

En la esfera personal, Juan ha optado por crear burbuja con su familia y evita ir a lugares cerrados, "más allá de lo necesario". EFE

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