Literatura

«Yas»: una noche de insomnio para repetir

Eduardo de los Santos debuta con una gran historia donde Madrid y el jazz interactúan con unos personajes derrotados por sí mismos

El escritor madrileño Eduardo de los Santos, con Sevilla al fondo, el pasado martes en la terraza de un hotel
El escritor madrileño Eduardo de los Santos, con Sevilla al fondo, el pasado martes en la terraza de un hotel FOTO: Manuel Olmedo

Una noche sin dormir puede ser muy larga. Si es en Madrid y un martes, la falta de sueño puede convertirse en una historia contagiante que robe algunas horas de sueño a quienes se encuentren con «Yas», primera novela de Eduardo de los Santos.

Manu Velasco, un veinteañero insomne marcado por la ruptura con su exnovia, Tania Almada, trompetista y cantante de jazz, que viaja a Estados Unidos para proseguir su carrera. Allí la acompaña Leonardo Espacio, un poeta al que le unía una vaga amistad y ahora él debe entrevistar para la revista en la que trabaja. Sobre esa base arranca su libro De los Santos, que encontró entre los muros de la Fundación Antonio Gala de Córdoba el lugar para desarrollar esta «balada» de trescientas páginas, donde la música corre al mismo ritmo que la buena literatura. Allí pasó el curso 2016/17 rodeado de otros escritores y artistas jóvenes becados. «Uno se siente entre la Residencia de Estudiantes y Operación Triunfo. Allí veíamos juntos el programa y la convivencia se parece mucho, así que te veías reflejado. Tú piensas que eres la Residencia de Estudiantes pero en el fondo eres OT», dice entre risas.

Presentó el proyecto y fue admitido, algo que no había conseguido en intentos anteriores con relatos cortos. «En su origen la novela tenía una vocación muy sencillita: yo quería hacer una especie de balada de jazz, específicamente de Chet Baker, y tenía solamente tres personajes, tres voces». Su incipiente interés por esta música le llevó a leer sobre ella para construir su historia durante aquel año, aunque se alargó dos años más con las correcciones –incluyendo cambios de fechas para «adelantarla» a 2019–. Los fragmentos toman cuerpo de canción, y conforme avanza se hacen más espaciados, anunciando el final. «Es un intento de metáfora porque la música, el libro, se acaba», aclara. Para lograrlo, suenan alternativamente dos voces, que van completando las vivencias de Manu, Tania/Yas, Leonardo, el torturador Santiago Tebaldi e Irene, la actual novia del protagonista, la única que vive de manera resuelta, sin atascarse en el presente incompleto en el que deambula el resto. Porque a todos les falta algo –a quién no–, que se trastabilló en el pasado. Lo que cambia es la manera de afrontarlo. «Me parece la más cabal», confiesa el autor, que descarga en su personaje masculino «todas las imperfecciones, fobias y obsesiones» a partir de las que la escritura surge, aunque solo tengan en común la cara externa: misma edad, libreros ambos y el sueño –frustrado en la ficción, cuajando en la realidad– de ser escritores. «Manu es un pesado –asegura riendo–. A mí me sirvió para librerarme de muchos demonios, de cierta pedantería. Lo puse ahí como diciendo: ‘esto eres tú a veces, así que cuidado’».

También deja su huella personal en el intenso andar por las ciudades, convirtiendo a Madrid en un personaje que abandona por una noche su intenso ritmo para dejarse pasear con la incertidumbre de cuánto tardará en llegar el siguiente amanecer. «Más que cogerlo como autoficción, lo que hago es hacer referencias queridas», explica, como la librería «Pasajes» en la que trabaja, convertida en «La Pasajera» para su personaje. Precisamente su faceta de librero le brindó la oportunidad de que Antonio Muñoz Molina, cliente habitual y uno de sus autores preferidos, hiciera una lectura previa antes de publicarlo.

«Es muy difícil tener una voz propia. Lo que haces cuando estás empezando es coger muchas cosas que te gustan de otros escritores y eso se parece a algo que podría ser tu voz», relata. En «Yas» se adivinan algunas de esas referencias, que él corrobora: «Hay cosas que uno no se puede quitar de encima. Yo tuve como referentes muy claros a Roberto Bolaño y a Muñoz Molina, que al ser escritores tan distintos me dieron espacio para escribir con cierta libertad. Lo que más me llama la atención de Bolaño es esa fuerza narrativa tan salvaje y esa capacidad para desengancharte de la trama para hablar de un personaje y volver a ella luego. Y de Muñoz Molina había una vocación muy clara de precisión lingüística, la palabra exacta, la elegancia en el estilo», confiesa.

De los Santos es tremendamente honesto y reconoce cada aportación externa. «Para un escritor es fundamental perder ese miedo porque cualquier obra de arte se enriquece tremendamente compartiéndola con otras personas que te dan su opinión. El jazz es el mejor ejemplo de ello porque se construye colectivamente», asegura. Y así, tomándolos de sus compañeros de promoción en la Fundación, logró que sonaran igual de realistas todos los acentos del español que comparecen. Pequeños detalles que evidencian que detrás de la aparente improvisación, sea en el jazz o en la literatura, hay un gran (y prometedor) trabajo.