Literatura

«La madre de Frankenstein»: la posguerra en un país de locos

Almudena Grandes publica el quinto de sus «Episodios de una Guerra Interminable»

Almudena Grandes presentó el pasado martes en Sevilla su última novela
Almudena Grandes presentó el pasado martes en Sevilla su última novela FOTO: Manuel Olmedo

Dos obras de psiquiatras irrumpieron en las lecturas de Almudena Grandes (Madrid, 1.960) dejándole una huella indeleble. La primera fue hace treinta años, justo cuando el sueño de ser escritora se hacía realidad con la publicación de «Las edades de Lulú». Ese año se topó con «El manuscrito encontrado en Ciempozuelos», un pequeño ensayo de Guillermo Rendueles donde analizaba el internamiento en el manicomio de Ciempozuelos (Madrid) de una mujer singular, Aurora Rodríguez Carballeira. Recluida de por vida por el asesinato de su hija Hildegart, su historia –y la manera de relatarla de Rendueles– marcó a la escritora y le sirvió de anclaje para escribir «La madre de Frankenstein» (Tusquets), quinto de sus «Episodios de una Guerra Interminable». El otro psiquiatra que sobrevuela la novela es Carlos Castilla del Pino, pensador empeñado durante del franquismo en combatir con sus estudios las teorías pseudocientíficas que la dictadura imponía. Sus memorias salieron al encuentro de Grandes y le inspiraron uno de sus protagonistas, Germán Velázquez, un joven exiliado a Suiza por las ideas de izquierdas de su padre que regresa en los años 50 a una España irreconocible para él.

Hace una década «Inés y la alegría» inauguraba su plan para retratar la España de posguerra, desde el final de la contienda hasta el año 1.964. Todavía hay un capítulo por escribir, aunque «2020 será un año perdido» por el ritmo frenético de promoción que le espera hasta junio. después vendrá Rota, una escapada a Guatemala y el descanso de nuevo en su refugio gaditano. Esos meses le valdrán para desprenderse de los personajes de su última novela, a los que califica de «hijos ingratos que después de mucho tiempo juntos pasan días sin llamarte. Todas las noches sigo pensando en ellos antes de acostarme», confiesa.

El punto de partida son los últimos años de vida –de 1.954 a 1.956– de Aurora Rodríguez, aquella mujer superdotada que decidió hacer de su hija su obra suprema. La concibió y la instruyó, convirtiéndola en un referente intelectual, especialmente por su precocidad –a los dos años leía, a los tres escribía, llegó a hablar tres idiomas, fue la abogada más joven de España e impartía conferencias sobre sexualidad y el papel de la mujer, todo antes de cumplir los 18 años–. Su precocidad la llevó a mantener relación con intelectuales como Gregorio Marañón o H. G. Wells, quien trató de que viajara a Reino Unido. Esa invitación, que Hildegart aceptó, fue el detonante para que su madre considerara fallido su experimento y decidiera dispararle mientras dormía. La condena llevó a Aurora a prisión y dos años después a su internamiento en aquel centro donde en la ficción coincide con el doctor Velázquez y con María Castejón, una joven auxiliar de enfermería con la que mantiene una relación muy cercana.

«Era una mujer que tenía todas las condiciones para haberse convertido en un nuevo icono de la España moderna. Superdotada igual que su hija, cultísima, autodidacta y rica y con una proyección social, un referente del protofeminismo español y de la eugenesia progresista. Lo tenía todo –explica– y es lo que más me fascina: se le cruzaron los cables, mató a su hija y la enfermedad lo arruinó todo».

Con una historia narrada a tres voces, retrata la España de los años cincuenta «desde el margen del margen, desde un lugar donde viven personas que no le importan a nadie». «Me apetecía contar esa época tan complicada desde un manicomio de mujeres porque se convierte en un microcosmos donde se condensan e intensifican las partículas que hacen irrespirable el aire del exterior, en una época en la que este país era casi un manicomio», asegura. En su opinión, «los años cincuenta tienen fama de década pacífica y, sin embargo fueron muy oscuros. En los cincuenta había el mismo hambre que en los cuarenta, menos fusilamientos y las mismas epidemias pero España era un túnel y no se veía luz por ningún sitio», lamenta. Para la autora «era muy difícil ser feliz en aquella época, viviendo tu cuerpo y tus emociones como un peligro permanente», como propugnaba el nacionalcatolicismo. «A mí me parece que es una forma de terror», concluye. En este punto, destaca la importancia de la psiquiatría por el «control brutal» que permitía sobre la vida íntima de las personas, teniendo como estandartes en el franquismo a López Ibor y Vallejo-Nájera, «con sus tesis eugenecistas, que parecen un chiste pero fueron verdaderas. Justificaban la represión con unas teorías que no estaban muy lejos de las que soportaron el Holocausto nazi».

A sus páginas asoman personajes llegados de otras ficciones suyas, en un claro homenaje a Galdós, que abrió sus Episodios Nacionales y sus novelas contemporáneas para que transitaran a su aire. «En un proyecto como este mío, de contar 25 años desde una perspectiva determinada de ser un país, todas esas conexiones le dan una apariencia de verdad a lo que no es más que ficción», detalla, celebrando que el centenario de la muerte del escritor «esté haciendo mucho ruido, aunque salgan anti-galdosianos. Es una oportunidad para él de ampliar mercado».