La reinvención apócrifra del Viernes Santo en tiempos del coronavirus: “Hemos cantado línea”

En el Cerro del Águila de Sevilla, como en el hospital de Ifema, juegan al bingo a la espera de ganar las calles, los pasos y los días. En Granada y Córdoba “inventan” procesiones aéreas con réplicas en miniatura de los tronos de Semana Santa

Un Viernes Santo cualquiera cualquier sevillano que se precie amanecería con mil y una alertas de aplicaciones meteorológicas en el móvil. “Cuidado, que vienen nubes de Huelva y son las que mojan”. Este año, con el coronavirus y el confinamiento, también. Por el hecho de imaginar dónde se estaría a tal hora mientras pasa tal cofradía por tal sitio, con la resaca espiritual de “la Madrugá”. El mapa de los sentimientos de la infancia. “A esta hora estaría buscando una copa. Probablemente en el Mundial de las Setas. El Valle estaría para entrar. Y luego a ‘La tostaíta veloz’ para ver la cofradía entera y, quizás, comerme un 'montao’ de lomo y cervezas en vaso de plástico”, confesaba por Twitter Carlos Rocha. La calle Relator, esquinita con Parras, vacía un Viernes Santo es un fenómeno más complicado de ver en Sevilla que el paso del cometa Halley. El flúor no mata a las bacterias, esos microorganismos capaces de romper la parte más dura del cuerpo humano, pero refuerza el esmalte. La Semana Santa y la Feria de Abril no matan la tristeza y el tedio de los días, pero refuerzan las ganas de vivir. La célebre cita de Paco Correal de “Historia de una taberna” de Díaz-Cañabate: “No entran las desgracias, entran los desgraciados”. Con el coronavirus, todo junto, la pena y también la alegría de poder contarlo se encuentran confinadas en el alma como en un Retrato de Dorian Gray que se derrite como la cera de un cirio.

El origen de la salida de las cofradías está en Milán, en 1576. Una peste hizo al Papa sacar los santos a la calle. El génesis de la Feria de Abril está en 1847, en la feria del ganado. Con la peste de estos días, la nueva gripe, el sevillano se reinventa. Sale a tocar las palmas a las 19:58 desde hace tres semanas y ya parece que acierta a aguantar hasta las 20:00 horas. El extraño fenómeno de las palmas precoces. El presente es tan poderoso en Sevilla en el marco de la Semana Santa que el pasado se ha perdido y, a veces, hasta se prende en una hoguera con las reputaciones. «La hoguera de las vanidades» reinventada. La portada de la Feria de Abril -que a ver si puede ser en septiembre- encendida. «Bulla» ya resultaba un sustantivo inadecuado para describir la cantidad de personas ausentes en la calle Feria, uno de los centros neurálgicos de la Semana Santa. La única bulla en España, por desgracia, está en los hospitales y los tanatorios; y con el dolor escanciado a cuentagotas por las medidas de seguridad. Ni llorar a los muertos permite el coronavirus en una crueldad impropia de un microorganismo ante el colosal tamaño de la pena. Skynet era un microbio.

En Córdoba, ramos de flores se amontonaron en la puerta de la iglesia de San Pablo, de donde la hermandad del Cristo de la Expiración no salió por el estado de alarma decretado por el Gobierno. También en Granada, el toque de un cornetín resonó como cada Viernes Santo en el Campo del Príncipe de Granada para marcar la bíblica “hora nona”, un acto centenario adaptado por las limitaciones del estado de alarma pero que ha vuelto a pedir tres gracias al Cristo de los Favores, considerado el Señor de Granada. Un cofrade de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de Montefrío (Granada) fabricó una réplica del santo con una caja de fruta, cartón y tela, e ideó un particular sistema de cuerdas para que este Viernes Santo la imagen pudiera “procesionar” a pesar del confinamiento por el coronavirus. Los vecinos de la calle Jesús Rescatado de Córdoba también sacaron, de balcón a balcón, un paso de Semana Santa en miniatura. El ingenio como vacuna.

Una panorámica aérea de Sevilla demostraría que todo el mundo estaba allí. Encerrados. Esperando las imágenes que no salieron: Carretería, San Buenaventura, el Cachorro, la O, San Isidoro, Monserrat y la Sagrada Mortaja. La Pasión y muerte de Jesús se vivió por dentro. ¿A quién queréis liberar a Barrabás o a Fernando Simón? La ciudad permanece en silencio a la espera de mascarillas y de poder salir. En una vuelta de tuerca al mineralismo exacerbado o a la teoría de la adaptación y la selección natural de Darwin, en el barrio del Cerro del Águila los sevillanos tiran de ingenio y juegan al bingo en los balcones. “He cantado línea”, se escucha en el segundo A. “Bingo”, cuarto C. “Tómate lo que quieras en el bar, que yo te invito”. “Pero si está cerrado y no puedo salir”. “Mala suerte, vecino”.

También en los milagrosos hospitales de Madrid improvisados en el Ifema los enfermeros curan las heridas del alma de los pacientes con providencial ternura: “7-5, 75, la línea está caliente. El dos, ni más ni menos, el 14″. Nadie quiere que le toque el (Covid-)19.

La Semana Santa y la Feria de Abril conocen «el principio de la espera», el que aplicaba con esmero Norma Jean a la vida. A Marilyn le gustaba llegar tarde para sentirse querida y deseada. La fiesta este año ha comenzado, pero no ha llegado. Empezó a llegar con los primeros resquicios de luz entre las nubes y el paso al estado de alerta. Dice la ciencia que los elefantes pueden reconocerse a sí mismos ante el espejo. Los sevillanos no saben reconocerse fuera del espejo de las Fiestas de la Primavera. Ombliguismo. Nepotismo. «Sevilla tiene un color especial». Narciso ante su reflejo en el río. El tiempo detenido en una ciudad vieja y cínica, arrogante, intacta, etérea. Igual que una pompa de jabón que permanece en la memoria como una niñez perdida y de golpe estalla, mientras el azar gira en un biombo de bingo.

La Semana Santa, después de la semiclausura obligada sin más libertad que las terrazas, se doctoró no en el arte de la bulla pero sí en el de la multiplicación del espacio de la casa. Por fin, la curva dicen que desciende y se vislumbra la esperanza de que los días vuelvan a ser ese espectáculo vital intrascendente en el que trascienden las vivencias para que, en estos tiempos de ansiolíticos, antidepresivos y gente narcotizada, lo que tenga que doler, duela, y los ratos de alegría -como la primera vez que se ve un paso de Semana Santa de la mano de un padre o de un abuelo-, se recuerden toda la vida. La felicidad verdadera -ese invento moderno, ese lujo vedado al principal grupo de riesgo del coronavirus- siempre es asintomática e inesperada.