Los rasgos de Beatriz
“El lunes 14, se cumplen 35 años de la muerte de Borges”
Claudia Capel

El lunes 14, se cumplen 35 años de la muerte de Borges y recuerdo el principio y el final de El Aleph.

La inspiración del cuento es la muerte de Beatriz Viterbo y Borges, ante su ausencia, ve con melancolía que ha cambiado una publicidad callejera de cigarrillos rubios y ese cambio es el primero de una serie infinita porque «el incesante y vasto universo ya se apartaba de Beatriz».

Borges ve en la esfera del Aleph (el inconcebible universo) los cambios que nos alejan de los muertos. Y al final, confirma un miedo que quizás todos sentimos: «Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz».

Quizás las fechas existen para no olvidar a alguien, para conservar algún rasgo, para nombrar su ausencia porque nació o murió tal día, como sugiere el verso de El oro de los tigres «las dos abstractas fechas y el olvido».

Quienes me conocen saben que yo lo recuerdo continuamente, difundo su obra, el tesoro literario que nos regala cuando lo releemos y trabajo en acercar a Borges. Uso el verbo acercar por dos motivos, para alejarlo del olvido y para romper el muro de la erudición y el frío. Un muro raro construido por supuestos expertos.

Borges es divertido, tierno, libre, un amigo invisible que nos enseña a sospechar mientras leemos. Nos invita a crear, no a creer.

Discípulo de su padre, de Cansinos Assens y Macedonio Fernández, descubre la magia de las bibliotecas y las palabras mientras transita la realidad con una energía casi ausente en los libros de la época, el universo femenino.

Le agradezco muchas cosas a Borges, las ventanas para aprender a abrir y bifurcar (como Tlön, como el Jardín), las infinitas lecturas del infinito, la naranja, el amarillo, la bandada de pájaros, los patios, la luna de enfrente, el agua leída en el mar, la lluvia y el río. Pero sobre todo le agradezco el universo femenino que hizo visible, en aquella época, solo, cuando nadie entendía ni veía lo invisible. Él siempre vio más allá y está en sus libros. Borges, que admiraba a Milton como poeta pero no lo comprendía como maestro, ya que no enseñó a leer a sus hijas porque eran mujeres.

El universo femenino de Borges empieza con su madre, la omnipresente Leonor Acevedo, su compañera y cómplice literaria durante toda la vida, y su hermana Nora (seudónimo de Leonor Fanny) una pintora exquisita y delicada que es para Borges símbolo de belleza y bondad. Las hermanas Lange, Haydée y Norah, presentes en toda su obra, platónicas, divinas y el doble resplandor. Cecilia y Delia Ingenieros, que compartieron con él su dolor. Margarita Guerrero, coautora del «Libro de los seres imaginarios». Susana Bombal, Alicia Jurado, Silvina Ocampo, Silvina Bullrich, Estela Canto, Esther Zemborain. Las líricas Beatriz Viterbo, Ulrica, Juliana Burgos, Delia Elena San Marco, Emma Zunz, Matilde Urbach, Elvira de Alvear: «Todas las cosas tuvo y lentamente/ todas la abandonaron». Y dos personas incondicionales, Victoria Ocampo y María Kodama.

Victoria y Borges discutían y se respetaban mucho. En una época en la que los hombres apadrinaban mujeres, ella amadrinó a Borges. Publicó en su editorial Sur el primer libro de cuentos: El jardín de senderos que se bifurcan y, ante la injusticia del Premio Nacional de Literatura que despreciaba a Borges, alzó la voz junto a un grupo de escritores en su defensa. Promovió el nombramiento de Borges como director de la Biblioteca Nacional y apoyó incondicionalmente su obra.

María acompaña a Borges desde el encuentro en Islandia y comparte los últimos quince años del escritor. A partir de «El oro de los tigres» la presencia de María late en sus libros; es su compañera de viajes y de vida. Padecen los prejuicios de la época, como la diferencia de edad y el racismo, acusan a María de «piel amarilla» y la culpan (como a Yoko Ono) de las decisiones tomadas por Borges. Treinta y cinco años después, todavía padece algunos ataques pero ella sigue adelante con el cuidado de la obra que Borges le ha encargado.

Borges es eterno, universal, diverso, más moderno que la modernidad. Es cíclico como las estaciones, como el tiempo, como el doble círculo del infinito y el ocho horizontal del libro laberinto.

Dijo que «el tiempo es el mejor antagonista, o el único tal vez» porque el tiempo continúa y olvida a cada protagonista que muere.

La memoria cambia y los recuerdos se borran con los años, pero a veces nos regalan una íntima felicidad si sentimos que es posible conservar una palabra, un perfume, un rasgo, una fecha, un latido, algo personal que nos salva del olvido.