Caballero Bonald y las plumas del mar

“Nos deja un tesoro literario y humano que disfrutaremos eternamente, nos queda un amigo invisible para releer y compartir un refugio, una charla secreta, un abrazo lírico”

El escritor José Manuel Caballero Bonald, en una imagen de archivo
El escritor José Manuel Caballero Bonald, en una imagen de archivoJosé Oliva / Europa Press Europa Press

«Hoy la Fundación Caballero Bonald es una casa sin su padre», así cuenta mi querida Pepa Parra desde la fundación la muerte del Poeta. Una noticia muy triste que nos hace sentir una enorme ausencia en la familia poética.

Caballero Bonald es un maestro, un referente, un único.

Me identifico con la poesía de este escorpiano de Jerez, lírico, astrológico y transmutante en su poesía de las mil vidas: «Seguir estando vivo consiste en no saberlo».

«He aprendido a vivir al borde de la vida».

«La vida exige siempre empezar a vivirla».

«Feliz aquel que nunca / puso nombre a su vida».

La noche y el mar son la geografía de este hombre que escribe la felicidad fugaz, las máscaras, la página en blanco, minutos, pájaros, vasos, pequeñas esperanzas, preguntas y ojos.

De madre francesa, Julia, bisnieta del Vizconde de Bonald, y del cubano Plácido Caballero que se dedica a los negocios del vino, aunque al hijo no le interesa la industria sino la alquimia de convertir uvas en un líquido mágico.

José Manuel descubre que ha nacido poeta cuando lee a Juan Ramón Jiménez y siente el relámpago de la poesía en los veranos adolescentes en Sanlúcar.

Un jerezano que encuentra en Colombia la fusión de las músicas del idioma, el mestizaje y otros inicios: nace su primer hijo, escribe su primera novela. Tres años decisivos a principios de los 60 que pautan su futuro y marcan las despedidas de la juventud y los anticipos de la madurez. Así lo cuenta, con plurales. En aquel momento, él quería ser solamente poeta pero la vida le muestra que no es posible vivir de la poesía. Trabaja de profesor, escribe novelas, artículos de periódico, prosas, fábulas, pensamientos y emociones sin género, como todo poeta de fondo. No cree en los géneros porque no se fía de las jaulas.

Amante del lenguaje, cuidador de la palabra, creador de miniaturas líricas que construyen la gran belleza literaria, se inspira en la naturaleza, la humanidad, el mítico corazón que late todavía, Doñana, Ágata, el ojo de gato que es el ojo del poeta, el erotismo, la libertad, el barro, la sombra y las adivinaciones. Poesía es premonición y los barcos que viajan noche adentro.

La simbología de Caballero Bonald es pura y húmeda. «Te está mirando el mar desde el confín sedoso de Sanlúcar. / Todo el tiempo me mira». Se niega a escribir la realidad porque es aburrida, monótona y nada tiene que ver con lo esencial. Prefiere contar la piel, la soledad, el amor, el ombligo, la biblioteca y cosas más importantes que «lo real».

Es difícil elegir qué versos citar ahora del infinito universo de Caballero Bonald. Del poema «Diagnóstico precoz» elijo algunos: «Entonces / busca otra vez el sitio maniatado / en la trampa del tiempo, justo / donde empezó a zaherirte / la irracional arenga del deber: / tu dosis de alcohol fue insuficiente».

Noventa y cuatro años poéticos hablan de su vida más allá de la muerte. Nos deja un tesoro literario y humano que disfrutaremos eternamente, nos queda un amigo invisible para releer y compartir un refugio, una charla secreta, un abrazo lírico.

Andalucía es madre de poetas enormes. A mí, como lectora, me regala felicidad y belleza continua y Caballero Bonald disfrutó esos regalos con plenitud, desde Juan Ramón como origen del relámpago poético, momento esencial en toda persona que no sabe qué le pasa hasta que descubre que ha nacido poeta y le toca convivir con esa duplicidad, ese otro yo invisible, para escribir hasta la muerte.

Un abrazo grande a Pepa Parra, poeta espléndida y directora de la Fundación Caballero Bonald, querida Casa que nos recibe para que la poesía y la literatura no dejen de latir en presente. Hoy sientes la desolación de la orfandad, la casa sin padre. Tus hermanas y hermanos poetas estamos a tu lado Pepa.

Y a ti José Manuel, muchas gracias por cada palabra de tu página en blanco, por tu oficio minucioso de poeta, por tus noches y tus mares sin paredes, por tus miedos que son los nuestros, por tu soledad que nos acompaña, por tu amor a la música matemática de la poesía, tan difícil, tan divina y por tus muchas vidas, que releo y ando como los gatos.

Que difícil elegir con cuál de tus poemas terminar esta columna. Elijo «Diario reencuentro» porque creo que así son los ciclos de la vida, un continuo revivir y reencontrarnos. «Desde donde me vuelvo / a la pared, en medio de la noche, / desde donde estoy solo / cada noche, cautivo / bajo mi propia vigilancia, allí / me hallo según la fe que me fabrico / cada día. / Lavada está mi vida / en virtud de su asombro. Ayer, mañana, / viven juntos y fértiles, conforman / mi memoria conmigo. / Únicamente soy / mi libertad y mis palabras».

Descansa en paz, Poeta.