La silla 47

La RAE pide perdón por primera vez en tres siglos de historia y «admite» de Emilia Pardo Bazán entre sus integrantes

El director de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, participa en un homenaje organizado por la RAE y dedicado a la escritora Emilia Pardo Bazán, con motivo del centenario de su fallecimiento
El director de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, participa en un homenaje organizado por la RAE y dedicado a la escritora Emilia Pardo Bazán, con motivo del centenario de su fallecimientoFERNANDO VILLAREFE

Trescientos ocho años después de fundada, la Real Academia Española pide perdón y, de repente, aparece la silla 47. Una silla simbólica a Emilia Pardo Bazán, muerta hace un siglo, para compensar la injusticia académica que padeció en vida. Emilia no fue admitida en la Academia por ser mujer, igual que Gertrudis Gómez. Podríamos decir que peor es nada, que más vale una silla virtual que cien silencios volando. Esperemos que esta silla invisible se concrete en decisiones cuando toca asignar las 46 sillas reales. Pensemos que no fue solo un acto simbólico para tapar el sol con un dedo.

La cuestión es que entre 1713 y 1978, doscientos sesenta y cinco larguísimos años y casi tres siglos, no hubo mujeres en la RAE. En 1978 ocurre el primer milagro y se admite a Carmen Conde. Para el segundo milagro hay que esperar seis años, en 1984 Elena Quiroga puede ocupar una silla y catorce años después, gracias a un tercer milagro, entra Ana María Matute a la Academia. Ya es 1998, casi termina el siglo XX, y con 3 mujeres, una por década, se «maquilla» la participación femenina en las 46 sillas de la RAE: 43 hombres y 3 mujeres. No calculemos el porcentaje porque es desolador.

Llega el XXI, la Academia continúa con su ritmo de una por década y nombra en 2002 a Carmen Iglesias. Con ese nombramiento, cubre doce años más de desolación, cambio de siglo incluido, y sostiene el símbolo «hay mujeres en la Academia». A partir de 2010, hay un ritmo de vértigo: seis mujeres en siete años. Soledad Puértolas (2010), Inés Fernández Ordóñez (2011), Carme Riera (2013), Aurora Egido (2014), Clara Janés (2016), Paz Battaner (2017). Y eso es todo. En las 46 sillas del presente, hay 40 hombres y 6 mujeres. Más la virtual para Emilia. No calculemos el porcentaje porque es desolador. De casi quinientos académicos, apenas once mujeres en la Historia de la RAE.

Escribo estos números porque el perdón a Emilia es necesario, nos alegra y la silla 47 intenta un mensaje reparador, una promesa de evolución, una diminuta empatía en el paisaje masculino de la Academia, pero no es más que un símbolo hasta que las 46 sillas reflejen la realidad. El universo no está compuesto por un Enorme % de hombres y un Mínimo % de mujeres. La literatura tampoco. Y mucho menos la vida. Más de veinte academias de la lengua repiten ejemplo de números en el mundo: Argentina, 17 hombres y 6 mujeres; en Colombia 17 hombres y 6 mujeres; México tiene 26 hombres y 10 mujeres; Nicaragua, 14 hombres y 7 mujeres; Norteamérica, 33 hombres y 12 mujeres.

Por leer el presente en académicos del idioma. En el periódico «El Día» de Madrid del 7 de febrero de 1916, hay una entrevista a Emilia que suena muy actual: «Lo que dice la Pardo Bazán de la Real Academia Española». La Pardo Bazán dice: «Yo no he luchado por la vanidad de ocupar un sillón en la Academia, sino por defender un derecho indiscutible que, a mi juicio, tienen las mujeres. A mí no se me ha admitido en la Academia, no por mi personalidad literaria –según han dicho todos los que podían votarme– sino por ser mujer. Esto no lo han confesado explícitamente sino algunos; pero es el hecho. (…) Creo que mientras la Academia se elija a sí misma, enteramente y sin cortapisas de opinión, habrá que lamentar siempre idénticos errores y anacronismos. (...) Hasta ahora, la Academia, ha influido muy poco en nuestro idioma. Son los escritores los que ponen en uso las palabras nuevas, los que las naturalizan, los que modifican la estructura del lenguaje, los que la hacen evolucionar. (…) No espero entrar nunca en la Academia pero, en este caso especial, la lucha vale más que el triunfo».

Ante sus palabras, la silla de Emilia alcanza dimensión máxima, es la silla que lucha por la igualdad. Que sigue luchando por la igualdad. No puedo evitar el recuerdo de una frase de Borges: «Hay derrotas que tienen más dignidad que una victoria». Los tres milagros anteriores simbolizan los tres intentos de Emilia por entrar a la Academia cuando los que podían votarla no la votaron, como ella cuenta, y solo algunos, no dice quiénes, lo confesaron explícitamente. Tampoco fue dicho explícitamente el motivo del veto a Emilia en los «discursos del perdón» del pasado 12 de mayo. Hay quien dijo que fue un error de trámite al solicitar su admisión. Viejas excusas grabadas en antiguas memorias. Sería genial que los discursos se actualicen como las apps. Mientras, Emilia nos acompaña desde su «silla 47» para iluminar a tantísimas mujeres y custodiar las verdades del perdón.