Heparina: El anticoagulante centenario salva 100 millones de vidas cada año

Es el más utilizado en el mundo y España es líder en su producción. Sin embargo, y pese a ser considerado como un fármaco de primera necesidad por la OMS, se administra a sólo el 50 por ciento de los pacientes que ingresan en el hospital

Es el más utilizado en el mundo y España es líder en su producción. Sin embargo, y pese a ser considerado como un fármaco de primera necesidad por la OMS, se administra a sólo el 50 por ciento de los pacientes que ingresan en el hospital

Si la penicilina supuso una revolución antibiótica, la heparina hizo lo propio como anticoagulante. Es una biomolécula extraída de la mucosa intestinal porcina que previene la formación de coágulos en la sangre, y salva más de 100 millones de vida al año. Una cifra que la convierte en uno de los medicamentos de primera necesidad, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Sin embargo, pese al potencial que viene demostrando desde hace cien años, todavía no somos conscientes de las especialidades en las que puede ser útil, entre ellas, la de traumatología, neumología, hematología o cardiología. «Así como la aspirina lleva menos tiempo pero todo el mundo la conoce, la heparina no, porque su uso mayoritario es hospitalario y la mayoría de los pacientes no sabe que se la estamos administrando. En cardiología, se usa sobre todo para síndromes coronarios agudos. También se emplea en cirugía cardíaca para evitar que se formen coágulos», explica Juan Cosín, vocal de la Sección de Cardiología Clínica y extra hospitalaria de la Sociedad Española de Cardiología (SEC) y adjunto de Cardiología del Hospital Arnau de Vilanova de Valencia.

Por su parte, David Jiménez, coordinador del Grupo de Investigación en Enfermedades Respiratorias (Instituto Ramón y Cajal de Investigación Sanitaria) y neumólogo del Hospital Universitario Ramón y Cajal, añade que «la heparina tiene dos aplicaciones fundamentales: sobre los coágulos en las arterias (infarto de miocardio, angina de pecho...), que son enfermedades más conocidas, y por otro lado, sobre los coágulos en las venas (enfermedad tromboembólica venosa), y esta no se conoce prácticamente nada». De hecho, hay estudios epidemiológicos europeos sobre el número de muertes por coágulos venosos (trombosis de las piernas o embolias de pulmón) comparados con las cifras de muerte por enfermedades como el cáncer de mama, de próstata, los accidentes de tráfico y el VIH, «y la trombosis venosa resultó acabar con la vida de más gente que todas las demás dolencias juntas», explica Jiménez. En concreto, mata a una de cada cuatro personas en el mundo.

El problema es que, al no conocer esta enfermedad, no se sabe que se puede prevenir. Por ejemplo, «se han realizado trabajos que encuentran que la heparina se usa en sólo el 50 por ciento de los pacientes que ingresan en el hospital y que se podrían beneficiar de su empleo. Y es tarea de todos darla a conocer, tanto por parte de los medios de comunicación como de los profesionales sanitarios», matiza Jiménez.

En dosis

Hay que distinguir entre la heparina no fraccionada y la de bajo peso molecular. «La primera se usa por vía parenteral o endovenosa, y tiene el inconveniente de que tiene una ventana terapéutica estrecha; hay que ajustar las dosis por peso de forma bastante frecuente, mientras que la de bajo peso molecular es subcutánea y sus dosis son más estables en el tiempo y tiene un efecto más predecible. Es más moderna y nos da mucha comodidad», matiza Cosín.

Otro de los terrenos donde esta molécula compleja se hace indispensable es la hemodiálisis, «en la que se administra una única dosis de heparina de bajo peso molecular al principio de la sesión o de heparina no fraccionada de manera intermitente. Alrededor de dos millones de personas en el mundo se someten a esta técnica para poder vivir», explica Raquel Rodríguez Marcos, enfermera especialista en diálisis.

La hemodiálisis consiste en la depuración renal extracorpórea en la que el paciente está conectado a una máquina de diálisis. «Ésta conduce la sangre a través de un sistema de vías hacia un filtro que limpia las impurezas de la misma y elimina el agua que le sobra al paciente, devolviéndole así la sangre depurada. La heparina previene la trombosis de dicho circuito, así como la pérdida hemática y de hierro. Sin ella, esta técnica se volvería más complicada, menos eficaz, generaría más gasto y por todo ello, intranquilidad y desasosiego en un paciente que está conectado durante cuatro horas tres días por semana, por norma general», añade Rodríguez Marcos.

Y, aunque hay otras opciones, éstas suelen conllevar ciertos inconvenientes. «En ocasiones un excesivo coste (prostaciclina), efecto acumulativo en el cuerpo (fondaparinux) o una compleja y estricta monitorización de electrolitos del paciente (citrato)». Y es que la heparina tiene mucho recorrido y ha dejado competidores en el camino. «En cardiología hubo uno que quiso competir, la bivalirudina, pero se utiliza menos», puntualiza Cosín. Ante tanto beneficio, algunos pueden pensar que es imposible que no exista una letra pequeña. «Si hay que hablar de riesgos o efectos adversos, la trombocitopenia (bajada de plaquetas) es poco frecuente, pero importante», dice Cosín. La buena noticia es que otra de las ventajas de la heparina radica en que «existe un medicamento que revierte sus efectos, el sulfato de protamina», aclara.

Para mujeres

Por su parte, y siguiendo con los campos que abarca esta biomolécula, Rodríguez Marcos también destaca su valor en las cirugías generales, «sobretodo ortopédicas, donde la inmovilidad total o parcial durante unas horas, días o incluso meses, supondría el desarrollo de trombos a nivel venoso. En la misma situación están los pacientes con inmovilidad debido a problemas cardíacos, pulmonares, neurológicos o musculoesqueléticos, «como sería el caso de un paciente con una insuficiencia cardíaca grave, que precise oxígeno domiciliario o que padezca una demencia o una esclerosis múltiple».

Por otro lado, la heparina es el sustituto ideal en pacientes que «toman anticoagulantes orales como el acenocumarol (Sintrom) para situaciones en las que se ha de suspender por riesgo de hemorragia como el ser intervenido quirúrgicamente. Asimismo, en mujeres que previamente necesitaban estar anticoaguladas, la heparina es el anticoagulante de elección si se quedan embarazadas debido a que no atraviesa la placenta», matiza la experta.

Lo que viene

El potencial de la molécula de la heparina y sus derivados para el desarrollo de nuevos fármacos es enorme. Por ello se está estudiando su actividad en el tratamiento del cáncer, la malaria, la EPOC, la artritis, la fibrosis quística, el asma o el enfisema pulmonar, entre otros. No obstante, los expertos se muestran cautos al respecto. «Me preocupa más el presente. Tenemos la obligación de usar la heparina en situaciones en las que ha demostrado que es muy eficaz y segura en la prevención de los coágulos venosos en pacientes con riesgo de padecerlos. Ya hay un campo muy amplio de actuación», concluye Jiménez.