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«Post mortem»

«La sociedad había convertido la muerte en un fructífero y tétrico negocio (...), se les hacía cirugías de estética»

La Razón
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Es el título de la primera obra teatral que interpreté. Tenía 15 años, la edad de la protagonista que, junto a otro personaje varón adolescente y otro llamado «hombre», que representaba al poder, véase el Estado, los medios, la iglesia, la banca..., contaba una historia peculiar y vanguardista. Su autor, Luis Matilla, nos hablaba de lo que sería el negocio de la muerte en el futuro. Algo que ya se percibía y que un excelente reportaje sobre este asunto, firmado por Álvaro Suarez, me ha recordado. En la obra, como en toda buena literatura, se condensaba el conflicto. La sociedad había convertido la muerte en un fructífero y tétrico negocio en el que a los muertos no sólo se les maquillaba, también se les hacían cirugías de estética para que, al menos, en su velatorio pudiesen lucir lo más pulcros posibles. Yo a los 15 no comprendía la dimensión de todo esto, pero recuerdo que a mi madre en la obra, la ponían unas jóvenes hermosas manos de cera que, según el agente funerario, siempre había deseado. Recuerdo, como si fuese hoy, una frase que yo decía conmocionada al descubrirlo: «Sus manos. ¿Por qué? No deberían haberlo hecho». El chico descubre que a su padre fallecido también le han hecho transformaciones absurdas que desorbitaban la factura. Entonces, convence a la chica, a mí, a la que ha conocido allí mismo, para huir con los cadáveres de sus padres y buscar un lugar donde enterrarlos dignamente. En la huida descubren que la tierra está contaminada y saturada de muertos. Y que los vivos les persiguen para meter en vereda su rebeldía. La muerte, en ese futuro imaginado, costaba un dineral y hacia ricas a las empresas. No existían crematorios y tampoco quedaba tierra libre de corrupción; una metáfora sobre la autodestrucción humana. Sin embargo, gracias al autor, el adolescente y la adolescente se enamoran. Y gracias a la vida, mi compañero de reparto, Ignacio Moreno, y yo nos enamoramos por vez primera. Y vivimos el deseo, lo opuesto a la muerte, durante muchos años.