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Antonio Arco: Entrevistas en Abismo

Antonio Arco –periodista y profesor- ha sabido rescatar, durante los últimos veinte años, al género de la entrevista de ese papel marginal y un tanto menor que la deriva informativa le ha otorgado. La inexorable tendencia a la “mediación subjetiva”, a que la opinión y la interpretación en caliente de la actualidad se favorezca sobre las “cosas mismas”, nos ha alejado dramáticamente de la voz de sus protagonistas, de la fuente original. En su libro En qué estábamos pensando. Antes y después de la crisis (Entrevistas con filósofos, poetas y creadores) (CENDEAC, 2017), Arco ha recopilado entrevistas realizadas durante los últimas dos décadas a figuras referenciales de la cultura contemporánea: artistas como Mary Kelly, Liliana Porter, Santiago Sierra, Ulay, Isidoro Valcárcel Medina o Erwin Olaf; pensadores como Arthur Danto, Emilio Lledó, Eugenio Trias, Sami Nair o José Luis Sampedro; y poetas y narradores de la talla de Chantall Maillard, Jorge Edwards o José Hierro.

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Uno de los aspectos que más sobresalen del modo de entrevistar de Antonio Arco es la manera paulatina en la que se va retirando de la conversación conforme ésta avanza. Sus primeras preguntas –más largas y matizadas, creadoras de contexto- procuran la sensación de un diálogo a la par, en el que la voz del entrevistador compite con la del entrevistado, se hace visible y plástica en sus articulaciones. Sin embargo, poco a poco, pregunta a pregunta, las interpelaciones se tornan más escuetas, hasta que una sola palabra puede bastar para dar pie a la respuesta. Gran parte del efecto abracadabrante de las entrevistas de Arco reside precisamente en esta estrategia de poner en abismo la voz del entrevistado, de ir borrando la propia presencia del periodista, de suerte que éste termina por convertirse en una realidad anémica, que apenas si interfiere o filtra las confesiones que le son realizadas. El “minimalismo” que diferencia a Arco convierte cada una de sus entrevistas en una “sutil fuerza” capaz de conducir a cada personaje al desfiladero de sus más íntimos pensamientos, como si, una vez puesta en movimiento, la voz de éste se moviera por su propia inercia y gravedad y no necesitara de acicates externos.

En este sentido, dicha atmósfera de intimidad, de confesión queda, que Arco consigue con cada entrevista viene facilitada también por el sentido de las preguntas. Es muy fácil plantear cuestiones a partir de los trabajos de cada uno de los autores interpelados, formulando insiquisiciones que busquen su análisis e interpretación. Sin embargo, en el caso de Antonio Arco, cada interrogante determina un camino a contracorriente, que no se conforma con los hechos reconocibles, sino que se remonta a ese recóndito timbre emocional que lo activa todo. La capacidad de muchas de sus preguntas para sorprender y descolocar a quienes las reciben obedece justamente a la necesidad del periodista de romper los moldes de la imagen estereotipada y oficial del personaje en cuestión, y de explorar caminos secundarios que alumbran un perfil menos previsible de su identidad. Para Antonio Arco, la cultura solo se concibe como resistencia, como antagonismo del establishment social, económico y político. De ahí que tantas de las interrogantes que abre sean para buscar un posicionamiento expreso y sin ambages del entrevistado. Sacado de su trinchera intelectual, el creador se ve expuesto a reflexionar sobre el espacio común, aquel que comparte –y no le diferencia- con el resto del tejido social. De alguna manera, sus preguntas encienden el fuego del compromiso para que los entrevistados acaben abrasándose en él. Ninguna intimidad es neutra, aseada, políticamente correcta. Y esta condición extrema de nuestro “yo” menos público conlleva que, siempre que es traído a la luz, lo personal se convierta en político.

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