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Picaduras y anafilaxia: el descubrimiento que valió un Nobel de Medicina

Es conocido desde el siglo XIX que la exposición de una persona o cualquier otro ser vivo a una sustancia nociva puede provocar su inmunización ante futuras exposiciones. Es por ejemplo el fundamento de la mayoría de las vacunas, en las que se inocula el patógeno en dosis bajas o atenuadas para provocar una reacción en las defensas del organismo. A partir de entonces, el sistema inmunológico queda reforzado para luchar con éxito ante un eventual contagio futuro de ese mimo patógeno.

Lo que tardó más en descubrirse es que dicha exposición a sustancias nocivas puede provocar el efecto contrario. Es decir, en vez de proteger, agudiza la sensibilidad del organismo con consecuencias graves y hasta mortales. Es lo que se conoce como anafilaxia, de la que todos hemos oído hablar asociada a picaduras de abejas y avispas.

Este descubrimiento no se produjo hasta 1902 gracias al médico francés Charles Richet y su colaborador Paul Portier, que investigaban en perros cómo inmunizar contra las toxinas de un tipo de medusa llamada Physalia. En el experimento, los perros fueron expuestos a dosis subletales de la toxina. Posteriormente, observaron que los animales reaccionaron casi de manera instantánea y mortal a un nuevo contacto con cantidades diminutas de esa toxina.

Richet concluyó que una inmunización o vacunación exitosa creaba filaxis, o protección, pero que también podía producirse un resultado opuesto (anafilaxis), en el cual una exposición al antígeno podía precipitar una sensibilidad potencialmente letal si se repetía la exposición. Este importante hallazgo le valió el Premio Nobel de Medicina en 1913.

Vacuna contra abejas y avispas

A diferencia de la medusa del doctor Richet, las abejas y avispas viven en nuestro entorno cotidiano, ya sea urbano o rural, aunque lógicamente abundan más en el campo. La picadura de ambos insectos puede provocar una reacción anafiláctica en las personas alérgicas a su veneno, que en España representan un 3 % de la población. Se estima que cada año mueren en nuestro país unas 20 personas de media por esta causa.

“La buena noticia es que, a diferencia de otras alergias, esta sí tiene curación gracias a una vacuna basada en extractos del veneno de abejas y avispas cuya tasa de efectividad es del 90 %”, afirma la doctora Pilar Cots, especialista en alergología del Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo, de Madrid.

Según explica, “su administración se realiza mediante inyecciones en el antebrazo una vez al mes durante tres a cinco años. Con estas vacunas se consigue tolerancia frente al veneno del insecto, de manera que la persona con alergia reaccionará igual que otra que nunca ha padecido alergia. Eso sí, hasta que se consigue este efecto, la persona alérgica debe continuar con las mismas precauciones”, advierte.

Y una de esas precauciones es llevar siempre consigo dos dispositivos de adrenalina precargada autoinyectable. “Una vez que se ha producido la picadura, la adrenalina es el único tratamiento capaz de frenar la evolución de una anafilaxia, reacción severa al veneno que puede llegar a producir la muerte, fundamentalmente por colapso cardiovascular o del sistema respiratorio. E incluso si se inyecta adrenalina, su efectividad dependerá también de otras variables como el lugar de la picadura, su número, la edad del paciente o la existencia de otras enfermedades que pueden agravar la situación”, precisa la alergóloga Pilar Cots.

La segunda dosis será de utilidad si la persona es especialmente sensible al veneno, pesa más de 60 kilos y no reacciona a la primera transcurridos cinco o diez minutos. “Y, en todo caso, debe llamarse de inmediato al 112 o acudir al hospital más cercano para una adecuada evaluación y control médicos”, subraya la especialista de Ruber Juan Bravo.