Maldita autopercepción

Fernando Botella, CEO de Think&Action

Una de las experiencias sensoriales más extrañas e inquietantes que existen es escuchar tu propia voz en una grabación por primera vez. En un 99% de los casos, a las personas que lo hacen les cuesta reconocerse. ¿Quién es el que está emitiendo ese sonido atiplado y hasta desagradable? Se expresa como yo, utiliza mis mismas palabras y tiene una entonación clavada a la mía, pero no soy yo. ¡Ese no puedo ser yo! Pues sí, lamento confirmar que no solo somos nosotros, sino que además ese es el verdadero sonido de nuestra voz. Este fenómeno se debe a que normalmente escuchamos el sonido de nuestra voz modificada por el paso de las ondas sonoras a través de los huesos de la cabeza, que actúan como caja de resonancia, haciendo que a nuestros oídos nuestra voz suene más grave y, en definitiva, distinta a cómo es en realidad.

Así pues, hay una explicación física y perfectamente lógica para esa engañosa autopercepción de nuestra propia voz. Sin embargo, ese mismo autoengaño también se produce en otros ámbitos de nuestra existencia, solo que las causas ya no tienen un origen tan definido. Me estoy refiriendo a nuestra autopercepción como individuos en conjunto, a la manera en que nos vemos a nosotros mismos como personas. En ocasiones, nuestra autopercepción se encuentra muy por debajo o por encima de lo que marca nuestra realidad. Nos creemos mucho peores o mejores de lo que en realidad somos, y en ambos casos esto puede suponer un gran problema.

Antes de entrar en materia conviene hacer una importante puntualización. Y es que a menudo se confunden una serie de conceptos que están íntimamente relacionados entre sí pero que no son lo mismo. Me refiero a autopercepción y autoestima. La distinción entre ambos términos puede resumirse en que una baja autoestima suele ser consecuencia directa de una mala autopercepción. Por terminar de diferenciarlos, mientras que la autopercepción puede definirse como el concepto que una persona tiene de sí misma, la autoestima es la valoración que le da a ese concepto.

Cuestión de expectativas

La autoestima está muy ligada a nuestro nivel de expectativas, es decir, tiene mucho que ver con el grado de conocimiento de nuestras propias posibilidades y limitaciones, y cómo ese conocimiento está en consonancia con nuestros objetivos profesionales o vitales. La satisfacción y, por tanto, la autoestima, están directamente relacionadas con la capacidad de manejar tu realidad de manera acorde con las propias expectativas. Si lo que esperamos está fuera de nuestro alcance porque nuestras expectativas son mucho mayores que nuestras posibilidades reales, estaremos condenados a la frustración. Como decía Sócrates, sabio es aquel que conoce los límites de su inteligencia. Aquel que sea capaz de conocer sus límites y, en función de ellos, modular adecuadamente sus expectativas, tendrá más posibilidades de tener un buen nivel de autoestima.

Bajo ese prisma, cualquiera diría que el secreto de una alta autoestima radica en mantener bajas las expectativas... pero en realidad no es así. La ausencia de objetivos retadores condena al aburrimiento y, de nuevo, a la frustración. Solo la sensación de crecimiento, de permanente estado de desarrollo conduce a la satisfacción. Aquel que sea capaz de conocer sus límites y, en función de ellos, modular adecuadamente sus expectativas estará en disposición de alcanzar unos buenos niveles de autoestima.

La realidad no es única, sino que somos el producto de la suma de diferentes realidades. Estas surgen de nuestras creencias, valores, experiencias, cultura y conocimientos. Todos estos elementos generan una multiplicidad de realidades. Mi satisfacción dependerá de mi capacidad para acotar y distinguir entre esas distintas realidades.

Por otra parte, la realidad que vivimos es el resultado de una serie de hábitos, dinámicas y comportamientos que se repiten en el tiempo. La buena noticia es que es posible modificar esos hábitos, dinámicas y comportamientos y, en consecuencia, cambiar esa realidad. Si tu realidad es que tienes sobrepeso, está en tu mano transformar esa realidad cambiando tus hábitos de alimentación y haciendo deporte con regularidad.

La principal conclusión que podemos extraer de todo esto es que la autopercepción es un concepto modulable. Podemos modificarlo con un cambio de hábitos. Como indica el neurólogo Antonio Damasio en su libro “El error de Descartes”, el filósofo se equivocó al formular su célebre frase: “pienso, luego existo”. En realidad, señala Damasio, es justo al revés: existo y, precisamente por ello, puedo pensar. Y esos pensamientos son los que determinan mis creencias y el concepto que tengo de mi mismo. Por tanto, si cambio esos pensamientos, estaré en disposición de modificar mi autopercepción y, en definitiva, mi existencia entera.