Una Educación despolitizada

No hace falta inventar un nuevo sistema educativo para lograr una educación de calidad en España; lo tenemos a escasas horas de vuelo, por ejemplo en Finlandia. Su sistema está funcionado; copiémoslo, seamos prácticos, no perdamos más el tiempo en encontrar una fórmula magistral si ya existe.

Sin lugar a dudas, al desafío más importante al que se tiene que enfrentar nuestro futuro gobierno en esta legislatura es a la mejora de la educación. Y en este desafío debe entrar la educación en la diferencia, en la equidad y en la igualdad, porque si no, estaría mal llamada educación de calidad. El sistema deberá adaptarse a las características del alumno, y no el alumno al sistema.

Uno de los objetivos que se debería dejar resuelto en esta inminente legislatura, es la despolitización total de la educación, como ocurre en otros países de la CEE, una educación igual para todos los españoles.

Estaremos todos de acuerdo, -y el que no lo esté que se vaya haciendo a la idea-, que nuestro sistema educativo ha fracasado, no funciona, está obsoleto y manipulado. Los maestros deben recuperar su prestigio social y los alumnos tenemos que estar atendidos y motivados. Por lo que un pacto entre todos los partidos políticos, en el que se comprometieran a no tocar la educación sería un buen principio. El futuro de los proyectos educativos no puede depender de quién gane las elecciones. Si un proyecto, sea del partido que sea, es bueno para todos, debe aprovecharse; es de sentido común.

Un sistema educativo ‘real’ de calidad sería libre de ideales políticos, con maestros de vocación; reconocidos socialmente, bien preparados y remunerados, y con las necesidades individuales de cada alumno atendidas. Nadie debe quedar descartado ni por razones intelectuales ni económicas, porque entonces no sería ni igualitario ni equitativo. El talento no entiende de clases sociales, las oportunidades sí; esas son las que hay que retocar para que a ellas podamos acceder todos por igual.

Actualmente, en la escuela pública y concertada, en muy pocos casos se nos evalúa la creatividad, la iniciativa, el compromiso, el entusiasmo, la capacidad de liderazgo, las habilidades tecnológicas, la adaptación al trabajo en equipo, y por supuesto, la capacidad de desenvoltura en la vida real y -ni que decir tiene-, no se tienen en cuenta nuestras propuestas ni contribuciones. El cambio tiene que llegar por sustituir la rígida y anticuada mentalidad de “yo hablo y tú me escuchas”, a una emprendedora, en la que todos podemos aprender de todos.

Debemos también erradicar el corporativismo. Estoy harto de ver cómo se pisan los derechos de algunos alumnos solo porque a una institución no le intereses o no le convengas. Y en esto englobo a profesores, inspectores, AMPAS y al gobierno de turno.

La era de la revolución industrial fue muy importante, pero es historia. Vivimos en la era de la comunicación, la vida va muy deprisa, todo crece exponencialmente, mientras que en el colegio parece que se ha parado el tiempo. La vida real son apps, webs, blogs, robots, hologramas, 3D, HTML, microchips, pastillas inteligentes, mundos virtuales, lenguajes bursátiles, redes sociales... Hay que crear nuevas asignaturas y nuevas formas de evaluación, hay que evolucionar, enseñando a pensar con espíritu crítico para ser los arquitectos de nuestras propias vidas.

Otro punto a tener muy en cuenta y que no se está haciendo bien, es el reconocimiento de la excelencia desde edades tempranas. Parece que la sociedad interpreta esta palabra como algo discriminatorio, y no es así en absoluto. La exigencia y el reconocimiento del esfuerzo es lo más equitativo que hay. Anular o no apoyar el talento, y no premiar el esfuerzo, sí que lo considero desigualdad, porque deja fuera a los alumnos que no tienen dinero suficiente para irse a otros países donde sí que se les da esa oportunidad.

En fin, habrá que tener fe, paciencia y disposición, porque el camino que queda por recorrer es todavía muy largo.