«Blue Jasmine»: El pasado siempre vuelve

Dirección y guión: Woody Allen. Fotografía: Javier Aguirresarobe. Intérpretes: Cate Blanchett, Sally Hawkins, Alec Baldwin, Bobby Cannevale. EE UU, 2013. Duración: 98 minutos. Drama.

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«Por eso nadie quiere mirar a los enfermos. Son pacíficos monstruos inocentes/que saben recordar el porvenir». En estos hermosos versos de Carlos Marzal podría reflejarse la miseria de Jasmine, esa versión Chanel de la Blanche Dubois de «Un tranvía llamado deseo» que también podría ser una Ruth Ma-doff de turno. Lo más incómodo de la última película de Woody Allen es que su mirada carece de la arrebatada poesía con que Tennessee Williams salvaba a su heroína de la quema. Allen la comprende pero no la compadece. Cuando Jasmine llora desconsoladamente después de recibir una llamada que la puede rescatar de los infiernos de un barrio obrero de San Francisco, Allen corta el plano a los tres segundos. Ni un asomo de indulgencia ni sentimentalismo, ni hacia el personaje, al que desprecia, ni hacia Cate Blanchett, que se basta y sobra para recoger sus pedazos buscando matices en cada cuenta de collar. De repente, Allen se ha convertido en el Todd Solondz de «Palíndromos». «Blue Jasmine» tiene una estructura circular, palindrómica, para demostrar que nadie cambia, y que para sobrevivir hay que resignarse o entregarse a la locura.

Al principio, puede parecer que va a hacer una caricatura de la mujer rica pero arruinada que se ve obligada a adaptarse a lo que considera un medio hostil –la casa y el entorno social de su hermana (excelente Sally Hawkins), cajera de supermercado en los suburbios de San Francisco–, pero esta materia prima, que podría haber derivado en una moderna «screwball comedy», se transforma en una tragedia seca, implacable. El cine de Allen ha explotado con frecuencia el poder del «fatum» griego, pero el nihilismo de «Blue Jasmine» alcanza cotas insospechadas. No hay adornos: ni referencias a Bergman («Interiores», «Otra mujer», «Septiembre») ni disquisiciones sobre la moral de Dios («Delitos y faltas») ni coartadas autobiográficas («Maridos y mujeres»). Abusa de los «deus ex machina», y en algún momento da la impresión de que idealiza las vidas-vulgares-sencillas-y-felices de la clase trabajadora con un punto de condescendencia (la crisis económica sirve como eficaz e insistente «macguffin»), pero cuando se decide a repartir hachazos, el resultado pone los pelos de punta. En «Alice» o «La rosa púrpura de El Cairo», sus heroínas podían escapar a través del sueño o la ficción. En su misantrópica tercera edad, Allen le procura a Jasmine un solo punto de fuga: un pasado que vuelve a devorar sus esperanzas, castigándola así a convivir con el horror de ser una mujer bajo la influencia.