Diario de una cuarentena con niños: Día 24

“¿Pasaremos de curso?”, pregunta preocupada Camila que empieza a creer que seguirá toda la vida en casa y en tercero de primaria

El exceso de videollamadas está haciendo que los niños crean que los otros seres humanos no son más que personas en una pecera, peces descoordinados, cuyas voces llegan antes que el movimiento de los labios o al revés y que a veces desaparecen o se quedan estáticos o, simplemente, no tienen definición y parpadean granulados. Es la misma sensación que mirar una pecera muy sucia. ¿Y éste es el futuro que nos espera? En su cabeza, ya no existen adultos en tres dimensiones, son un rumor, un bulo, una “fake news”. “¡Camila, te llaman!”, le digo, pero ella ya está aburrida de la rutina de hablar a una pantalla y dice que prefiere ver la tele, que al menos es grande y se ve bien.

Estamos en el día 24 de encierro y hemos comprobado que tal vez el dicho es cierto, el hombre no puede hacer dos cosas a la vez. Eso sí, hemos descubierto que sí puede hacer cinco a la vez. Hace unos minutos estaba limpiando el culo al niño después de hacer caca, poniendo en el ipad los ejercicios de dibujo para la niña, escribiendo un artículo sobre la historia del apretón de manos, pasando la aspiradora por la cocina y discutiendo con Carmen, la madre de mis maravillosos hijos, todo a la vez. Y las cinco cosas me han salido de fábula. He utilizado una toalla blanca para limpiar el culo al niño, se me ha caído el ipad en el pie de la niña, he escrito que “las banos de los gringos en el siglo VI antes de Pisto eran grandes” y en lugar de la aspiradora he pasado la fregona sobre la porquería, lo que me ha hecho discutir tan tranquilo y con argumentos sesudos con Carmen, y como tenía razón, está claro que he ganado.

Si es cierto que nos encaminamos a un desconfinamiento progresivo y que lo primero que se cerró, los colegios, será lo último en abrir, habrá que preguntarse si después de tanto tiempo los niños no sufrirán alguna especie de mutación en su capacidad de percepción de la realidad. Quizá los ojos se les achinen hasta que puedan ver en infrarrojos o su percepción de profundidad se atrofie y crean que todo está pasando aquí y ahora. Cuando vuelvan a ver un tren huirán como esos primeros afortunados en !899 que vieron un tren acercarse en la película de los hermanos Lumiere y huyeron despavoridos.

El viernes, Camila tuvo una videollamada con su profesora y otros compañeros de clase de tercero de primaria. Su pregunta, angustiada, fue directa: “Gloria, ¿pasaremos a cuarto?”. “Claro que sí, Camila”, contestó la profesora, sin prestar atención a la preocupación real de la pequeña. Porque la pregunta en realidad era ¿el mundo continuará donde lo dejamos? Y está claro que no. Mejor, creo, porque el mundo no es como el juego de la Oca, donde hay un objetivo donde llegar y luego el juego se ha acabado, sino que hay que avanzar siempre, te toque lo que te toque, y si ahora todos los niños tienen rayos láser en los ojos, pues les miraremos a la nariz, o mejor, no les miraremos durante una temporada, que la sobreexposición con niños tampoco tiene que ser bueno para la salud.

Al final, he decidido sólo hacer una cosa, jugar con ellos. Y ha venido Pablo llorando porque Camila se aprovecha de ser la mayor. “Sólo manda, es una reina, la odio”, ha dicho. Me encantaría pensar que ahora el padre de la Reina Letizia está castigándola por mandona. Al menos eso es lo que ha pasado en esta casa, una tan buena como cualquier otra.