Sarah Baartman, la mujer negra que exhibían en una jaula como la “venus hotentote”

Una de las muchas caricaturas que se hicieron de Sarah al ser exhibida en Londres en 1810
Una de las muchas caricaturas que se hicieron de Sarah al ser exhibida en Londres en 1810La RazónArchivo

El caso de Sarah Baartman es otro ejemplo vergonzante en la larga historia de la humillación y violación hacia la raza negra. Engañada, esclavizada, convertida en un espectáculo de circo, prostituida, el cirujano de Napoleón llegó a decir que su cara era la de una orangután y aseguraba que era el eslabón perdido entre el animal y el hombre. Al morir, y quizá esto es lo peor de todo, su cerebro, esqueleto y órganos reproductivos se exhibieron en un museo de París hasta... 1974.

Su vida siguió pasos similares a los de Oto Benga, el hombre al que dejaron en la jaula de los monos en el zoo de Nueva York. Nacida en 1789, irónicamente el año de la Revolución Francesa, Sarah formaba parte de una tribu de pastoreo de vacas de los joi-joi. Huérfana a una edad temprana, se casó muy joven con un hombre que tocaba los tambores, incluso llegaron a tener un hijo que murió al poco de nacer. Nada hacía presagiar el giro que rápidamente tomaría su vida. Así, cuando apenas tenía 16 años, los colonialistas holandeses asesinaron a su marido y ella fue llevada al mercado de esclavos.

La vendieron a un traficante llamado Pieter Willem Cezar, que se la llevó consigo a Ciudad del Cabo, donde la bautizó como Saartjie, diminutivo de Sarah en holandés. Y allí conoció a William Dunlop, amigo de la familia, un médico y empresario inglés que al verla vio que podía explotar su cuerpo y hacerle ganar mucho dinero. El 29 de octubre de 1810, cuando tenía 21 años, la engañaron para que firmase un contrato en que aceptaba convertirse en la sirvienta de los Dunlop y ser exhibida como espectáculo. La presión en Inglaterra para abolir la esclavitud era grande e incluso la prometieron que le darían un porcentaje de todo lo que ganasen y después de cinco años, la devolverían la libertad.

Ella, sin entender, por supuesto analfabeta, firmó el documento o lo firmaron por ella y se convirtió así en el primer caso registrado de trata sexual de personas. Lo cierto es que los espectáculos circenses de “freaks” e incluso los zoos humanos eran populares en esa época. Sarah, como muchas de las mujeres de su tribu, sufría de esteatopigia, acumulación excesiva de grasa en los glúteos, y en ese momento la fascinación de mujeres y hombres por los traseros grandes la convertía en un fenómeno y un gran objeto de deseo.

Al llegar a Londres, fue expuesta en Piccadilly en una jaula como si fuera un animal exótico. De la una de la tarde hasta las cinco la gente podía pagar dos chelines para verla. Los señores con más recursos podían pagar y así poder tocar sus nalgas y tener encuentros privados. La llamaron la Venus Hotentote, un nombre despectivo que utilizaban los holandeses para hablar de las tribus africanas. La hacían vestir prácticamente desnuda, con ropas que imitaban su color de piel y plumas

De la noche a la mañana, Londres estaba imbuida por la Sarah manía. Consiguió capturar la imaginación de los ingleses. La gente le cantaban canciones, los poetas dedicaban poesías, los ilustradores hacían caricaturas, era mofa para unos y obsesión para otros. Su imagen estaba reproducida en todas partes”, asegura Rachel Holmes en el libro “La Venus Hotentote: La vida y la muerte de Sarah Baartman”.

Sin embargo, su popularidad llamó la atención de movimiento antiesclavista inglés, entonces muy extendido. El gobierno inglés había prohibido el tráfico de esclavos en 1807, aunque no la esclavitud en sí, aunque sí estaba mal vista en ciertos círculos. De esta forma, el activista Robert Wedderburn inició una campaña para liberar a Sarah y acabar con el deleznable espectáculo que habían construido alrededor suyo. Consiguió incluso llevar el caso a los tribunales para demostrar que Sarah había salido de África contra su voluntad. Sin embargo, en el juicio salió su mezquino contrato y se liberó a Dunlop de toda culpa. Eso sí, se le obligó a respetar todo el contrato, o sea, darle a Sarah parte de los beneficios.

Aún así, la novedad había pasado y el nombre de Saraha había dejado de levantar pasiones. Dunlop decidió entonces llevársela de gira por toda Gran Bretaña. Y cansado de las demandas de los antiesclavistas, acabó por llevársela a París en 1814, donde se la vendió a otro explotador que llevaba por nombre Reaux. Éste la llevó a exhibir en una jaula junto a una cría de rinoceronte. En el número que representaban, un domador daba órdenes de levantarse y sentarse y los dos lo hacían al mismo tiempo. La humillación de Sarah era completa.

A veces se la exhibía prácticamente desnuda y era magreada por los visitantes, fascinados por su trasero. Otras se la obligaba a bailar con los clientes. En algunos casos, esto llevaba a la prostitución. En ese momento ella no paraba de beber y fumar para poder olvidar su situación El naturalista Georges Cuvier, que era también cirujano de Napoleón, quedó tan fascinado que pidió llevársela con él y utilizó su poder para confiscarla. De esta forma, en marzo de 1815, un grupo de anatomistas, zoologos y fisiólogos empezaron a estudiar su cuerpo. La desnudaban por completo, a lo que ella se negaba, puesto que, decía, nunca tuvo que después de tantas vejaciones, nunca había estado desnuda por completo.

En 1816, a la edad de 26 años, moría no se sabe si de una neumonía, por la sífilis o por el alcoholismo que sufría. Su cuerpo fue legado a la ciencia para defender las ideas denigrantes y grotescas de los estereotipos raciales. “En nombre de la ciencia”, dijo Cuvier y se quedó su esqueleto, su cerebro y sus genitales. Los colocó en jarrones y los exhibió en el Musée de l’Homme de París. “Sus movimientos me recordaban a los de un mono y su genitales externos recordaban a los de un orangután”.

No fue hasta 1974 que se dejó de exhibir en el museo, pero no fue hasta 2002 que sus restos regresasen a su Sudáfrica natal. El mismísimo Nelson Mandela exigió en 1994 que la decencia obligaba al gobierno francés a devolverles a Sarah Baartman. Roger-Gerard Scwartzenberg llegó a decir: “Esta mujer fue tratada como si fuera un monstruo, pero dónde en todo este caso está la monstruosidad”. El 9 de agosto de 2002 sus restos fueron enterrados junto al valle del río Gamtoos, el lugar que la vio nacer.

Otra de las muchas caricaturas que llenaron Londres por la popularidad que consiguió Sarah
Otra de las muchas caricaturas que llenaron Londres por la popularidad que consiguió SarahLa RazónArchivo