La estatua de un perro que causó grandes disturbios en 1907

El escándalo de los abusos animales en la Universidad de Londres hizo levantar un monumento que provocó airadas protestas de la comunidad médica y dividió a la sociedad en dos

La estatua del perro, obra de Joseph Whitehead, en 1907
La estatua del perro, obra de Joseph Whitehead, en 1907La RazónArchivo

La historia es un poco extraña y disparatada, pero demuestra cómo las estatuas siempre han sido objetos de polémica y discusión a lo largo de la historia, siempre muy afín a levantar monumentos para luego derribarlos. Y es extraña y disparatada porque incluye feministas suecas de incógnito, batallas entre médicos y policías, sufragistas, sindicalistas y en el centro la vivisección de un pobre perro todavía vivo. Ha todo esto se le bautizó como “The brown dog affair” (El caso del perro marrón) y convirtió Londres en un polvorín cuando se decidió levantar una estatua para recordar al pobre can.

El 4 de febrero de 1903, William Bayliss, del departamento de Fisiología de la Universidad de Londres realizó una vivisección por completo ilegal de un perro, un terrier marrón, al que anestesió y abrió en canal delante de 60 estudiantes de medicina. En esa época se realizaban más de 19.000 vivisecciones al año y habían levantado la ira de los animalistas. Incluso la Reina Victoria estaba en contra de estas prácticas. Entre la audiencia había infiltradas dos activistas pro animales y feministas suecas, que habían oído hablar de las prácticas de Bayliss y los suyos, y acusaron al profesor de malas prácticas y de tortura a los animales. Aquella era la tercera vivisección realizada al pobre animal. Al acabar el experimento, se le permitió a un estudiante quitarle el páncreas. Su nombre era Henry Dale, que luego ganaría un Nobel. Mataron en ese momento al perro atravesándole el corazón con un cuchillo.

Bayliss, indignado por la intromisión, contraatacó con una demanda por injurias y ganó el juicio, pero la ira que los grupos pro animales y la comisión anti viviseccionista estaba desatada y despertó grandes tensiones en la opinión pública entre partidarios de los experimentos con animales y los contrarios. Después del juicio, en diciembre de 1903, Mark Twain publicó el relato “El cuento de un perro”, en que hablaba desde el punto de vista de un perro cuyo cachorro ha sido secuestrado por médicos y al que, después de múltiples experimentos, le han matado. Los antianimalistas repartieron copias del cuento por todo Londres.

Sin embargo, la polémica tuvo su efecto y el 15 de septiembre de 1906 se levantó una estatua de bronce en memoria del perro en el parque de Battersea de Londres. Su responsable era el escultor Joseph Whitehead y en su inauguración leyó un discurso el dramaturgo George Bernard Shaw. “Hombres y mujeres de Inglaterra, ¿hasta cuándo sucederán este tipo de cosas?”, se leía en la placa conmemorativa.

Los médicos no creían que estuvieran haciendo nada malo con estas prácticas. De hecho Bayliss desarrolló avances en el conocimiento de las hormonas gracias a sus investigaciones con perros y descubrió cómo funciona la peristalsis. Así que los profesionales y estudiantes de medicina montaron en cólera. ¿Cuántas estatuas estaban levantadas en memorias de los médicos que salvaron las vidas de las personas que habían puesto allí ese monumento? Rabiosos, nunca mejor dicho, empezaron a atacar la estatua del perro con martillos, lo que al final obligó a la policía a colocar un guarda las 24 horas que velara por la seguridad del

El 10 de diciembre, centenares de médicos marcharon con pancartas en contra de la estatua por el centro de Londres, con la intención de esta vez sí derribar la estatua del perro. Hicieron coincidir su protesta con el partido anual de rugby entre Oxford y Cambridge con la intención de que algunos de sus alumnos se unieran a las protestas. En total, unos 3.000 estudiantes se reunieron en la plaza de Trafalgar con la firme idea de que la estatua acabase aquella tarde en el fondo del Támesis.

Tanta era la expectación que en las calles se vendían pañuelos con la frase “La inscripción del perro marrón es una mentira y su estatua un insulto a la Universidad de Londres”. La policía consiguió cerrar la marcha y desviarla para que no llegase al parque de Battersea, pero hizo que unos 1.000 estudiantes furiosos se volviesen a reunir frente a la estatua de Nelson en Trafalgar Square y atacase a una fuerza pública de 300 policías. Detuvieron a un estudiante por “ladrar como un perro” y se iniciaron los enfrentamientos que acabaron con más de 40 detenidos.

A partir de aquí las protestas y disturbios fueron constantes. Médicos y veterinarios estaban decididos a derribar aquella “insultante estatua”. Boicotearon numeros actos de las asociaciones antivivisección, lo que incluía tirar bombas fétidas y gritos de protesta. Esto también incluyó sabotear reuniones de sufragistas. AL final hubo una coalición de animalistas, sufragistas y sindicalistas contra la irrupción de este colectivo de futuros médicos y veterinarios que estaban convirtiendo Londres en un polvorín. Hubo marchas encontradas entre ambos bandos que siempre acababan en violencia y disturbios.

De pronto, las sufragistas quisieron convertir el enfrentamiento en una guerra entre el viejo machismo y la nueva era feminista. Mientras tanto, los médicos y científicos hablaban de un choque entre el progreso y el conocimiento contra la superstición y el sentimentalismo. ¡Quién nos dará el progreso, la ciencia o los sindicatos! Todos querían ganar el concepto de futuro, como con el procés catalán todos quieren ganar el concepto democracia.

La polémica llegó al Parlamento cuya única preocupación consistió en saber cuánto les costaba aquella estatua de un perro. Según el tesoro, sólo la vigilancia de la estatua, que constaba de 6 agentes alternándose las 24 horas al día, costaba 700 libras al año. Esto equivalía a la contratación de 27 inspectores, 55 sargentos y 1.083 agentes de calle durante un día. La estatua parecía que iba a caer en manos de la economía. Incluso se llegó a estudiar la posibilidad de construir una jaula de hierro que rodease al perro para protegerlo de los vándalos. La esperpéntica situación iba a levantar un monumento a un perro enjaulado.

En marzo de 1910 volvieron las marchas, esta vez a favor de mantener la estatua, y reunieron a 1.500 personas en Trafalgar Square, así como las firmas de otras 20.000 que reclamaban que nadie tocase el monumento. En Hyde Park, poco después, se realizó otra manifestación, esta vez con todos llevando caretas de perro. La decisión, sin embargo, hacía tiempo que estaba tomada.

El 10 de marzo, antes de los primero rayos del amanecer, cuatro operarios quitaban la estatua del perro. Estaban custodiados por 120 policías. No hubo incidentes y la estatua fue derretida por un herrero una semana después. Los antiviviseccionistas, escandalizados, volvieron a las calles y tomaron la estatua de Nelson, como antes lo había hecho los médicos, y reclamaron que el perro volviese a su lugar. Y lo consiguieron, aunque tuvieron que pasar 75 años. El 12 de diciembre de 1985 un recordatorio de la estatua volvió a Battersea Park. Esta vez nadie protestó, pero en 1992 volvió a desaparecer. Dijeron que era para restaurarla. Se dicen tantas cosas, pero regresó, en un espacio más escondido, dos años después. Las estatuas son, sin duda, la broma infinita, simplemente eso.