Aparecen los primeros inéditos de Kafka entre sus papeles personales

La Biblioteca Nacional de Israel continúa con la catalogación del archivo del escritor que fue guardado por Max Brod

No cabe ninguna duda de que una parte importante de la literatura del siglo XX está marcada por la influencia de un escritor que no quiso que su obra fuera leída. Franz Kafka, como es sabido, pidió a su amigo Max Brod la destrucción de una serie de papeles que puso en sus manos. Afortunadamente para el mundo, Brod no respetó las últimas voluntades de Kafka y salvó aquellos papeles donde estaba la gran obra literaria que hoy conocemos. Otra cosa es si realmente los textos de Kafka, desde sus diarios a “El castillo” o “América” se han publicado tal y como el escritor los concibió. Brod fue el único que tuvo acceso a esta documentación y no dejó que nadie pusiera las manos en los manuscritos, salvo su secretaria Ilse Esther Hoffe.

Brod huyó de Praga en 1939 cuando Europa comenzaba a vivir la Segunda Guerra Mundial. Cogió todos los papeles y se los llevó a Israel. Fue allí, con la ayuda de Hoffe, que siguió trabajando en dar a conocer la narrativa kafkiana. Nunca se ha sabido qué grado de relación tuvo con su secretaria, pero lo que sí es conocido es que tras su muerte en 1968, ella heredó todos los papeles personales de Franz Kafka, aunque ruega que en algún momento pasen a la Biblioteca Nacional de Israel o a otro archivo competente. No fue así y todo pasó posteriormente a la hija de Hoffe. Durante el tiempo que esos documentos fueros guardados por la familia Hoffe, algunos de ellos acabaron en subasta, como es el caso del manuscrito original de “El Proceso”.

Durante años, el gobierno israelí litigó contra la hija de Hoffe para que todo ese fondo acabara en la Biblioteca Nacional de Israel, lo que era, en realidad, la voluntad de Brod. En 2019 ingresó por primera vez el archivo de Kafka y desde entonces se ha estado catalogando esa ingente cantidad de cuadernos, hojas sueltas, fotografías y documentos personales, muchos de ellos inéditos. Pero una parte ha empezado a ver la luz. Echemos un vistazo a lo que por ahora se ha inventariado y dado a conocer.

Además de un grandioso escritor, Kafka fue un interesante dibujante, aunque esta es una faceta a la que no se ha dado mucho espacio. En el archivo Brod han aparecido algunas nuevas muestras de la obra dibujística de “La transformación” y que refuerzan el deseo de Kafka por expresar su propia angustia a partir de estos apuntes. “Mis dibujos son una escritura de imágenes puramente personales, cuyo significado ni siquiera yo puedo descubrir pasado el tiempo”, le confesó el escritor a Gustav Janouch. Lo que hasta ahora se ha podido conocer son figuras caricaturescas, alargadas, en su mayoría masculinas y que parecen caminar en una misma dirección. Parecen hombres elegantes, contemporáneos al artista, perdidos en la hoja en blanco. Alguno, incluso recurre a un carruaje para continuar su camino. Kafka no presta atención por los detalles, los rostros son un esbozo de lo que podrían ser. No necesita más para retratarlos.

Todo este material lo encontramos en un cuaderno de tapas negras. Hay otro ocho de color azul que también ya ha sido abierto. En su interior se nos revela su interés por estudiar hebreo. Todo empezó en 1917, cuando al escritor se le diagnosticó tuberculosis. Durante el tiempo en el que estuvo cuidándose, Kafka se propuso conocer el hebrero, entre otros motivos por su deseo de leer la Biblia en su idioma original. El escritor fue anotando las palabras en esa lengua y su traducción al alemán con gran cuidado. Siguió trabajando en estas libretas mucho tiempo después. Este detalle se ha podido precisar porque en uno de las páginas ahora estudiadas hay noticias de la huelga de maestros que hubo en Palestina en 1922. Procedente de esa tierra era Puah Ben Tovim, la que fue maestra de Kafka para el mejor conocimiento de ese idioma que tanto le fascinaba. Hay un epílogo a todo esto y es el deseo del mismo Kafka de establecerse en Israel y abrir un restaurante, según le confiesa a su querida Dora Diamant, su último amor. En este sentido, Kafka quería que Dora fuera con él y ella se encargara de ser la cocinera del citado establecimiento. Por desgracia esa aspiraciones se las hizo públicas cuando le quedaba poco, muy poco de vida.

La Biblioteca Nacional de Israel continúa la clasificación y reconoce que ha aparecido una suerte de texto autobiográfico que se inicia con la frase “Entre los estudiantes que estudiaron conmigo yo era tonto, pero no el más tonto”, además de cartas familiares y algunas postales escritas por Kafka a Brod y que son inéditas.

Aún hay mucho que hacer, pero lo que es evidente es que estos manuscritos supondrán una nueva lectura sobre Kafka y su personal universo literario. Será ahora cuando sepamos si Brod fue realmente fiel a lo escrito por su amigo.