Cómo se producía alcohol en Chicago cuando cerraron los bares

La Ley Seca sirvió para que aparecieran todo tipo de industrias clandestinas de bebidas

Una protesta bajo el lema "Queremos cerveza" durante la Ley Seca
Una protesta bajo el lema "Queremos cerveza" durante la Ley SecaLa Razón

Los bares están cerrados en toda Cataluña. Es como si hubiera una Ley Seca, aunque la que hubo en Estados Unidos fue demoledora por su vigencia -trece años- y las lamentables consecuencias que trajo con ella, gracias a la distribución ilegal de bebidas alcohólicas. Todo ello fomentó la aparición de algunas figuras míticas en el mundo de la delincuencia organizado siendo probablemente el nombre más mediático el de Al Capone. La Prohibición entró en vigor el 17 de enero de 1920 y los días previos fueron muchos los que compraron alcohol en masa para su propio consumo. La legislación, vigente hasta el 6 de diciembre de 1933, acarreó que se produjera clandestinamente estas bebidas. ¿Cómo se hacía?

Con la esperanza de que no tengan la tentación de repetir en casa tan asombrosas proezas, nos remontaremos a los primeros días de la llamada Ley Seca. Nos tenemos que trasladar, como es lógico, hasta Chicago, probablemente en ese momento una de las ciudades más corruptas de Estados Unidos donde todos estaban comprados, desde policías a jueces pasando por los responsables del ayuntamiento. Eso hizo que se hiciera la vista gorda cuando en el Little Italy de Chicago empezaron a trabajar una banda de seis hermanos, los Genna, más conocidos como los Terribles Hermanos Genna. Estos obtuvieron una licencia federal para fabricar alcohol que ellos vendían de manera ilegal. Fue en este barrio donde se comenzó a poner en marcha una serie de “cocinas alquiladas” de cobre de un galón o alambiques con los que se podían hacer alcohol casero aunque en pequeña escala. Los Genna proporcionaron a los “cocineros” el material necesario, así como los ingredientes: azúcar de maíz y levadura. El negocio era redondo para los hermanos porque pagaban entre 50 y 75 céntimos por galón para revenderlo por 6 dólares a bares clandestinos. Era la manera más fácil de ganar dinero, sobre todo porque no disminuía la demanda.

Pero el caso de los Genna no fue el único en Chicago. Algunos se dedicaron por su cuenta y riesgo a la fabricación del brebaje que todos querían creando lo que se conocía popularmente como “ginebra de bañera”. Para ello empleaban, además de un alambique pequeño para poder fermentar, los siguientes ingredientes: azúcar de maíz o fruta, remolacha, incluso cáscaras de patata con los que producir alcohol de 200 grados. Todo ello se mezclaba con glicerina y se le daba un toque de aceite de enebro como saborizante, algo que constituía un elemento fundamental en este proceso. La cosa no acababa aquí. Lo resultante de esa fórmula debía ser diluido a la mitad. El problema es que las botellas en no pocas ocasiones eran muy altas para poder ser colocadas debajo del grifo del fregadero de la cocina. Eso es lo que provocó que se tuviera que acabar yendo a la bañera de casa para completar el trabajo.

Pero los materiales podían agotarse. En los primeros tiempos de la prohibición, Al Capone se asoció con un tipo llamado Raphael Capone. No eran familiares, pero se cayeron bien e iniciaron una alianza que fue fructífera para ambos, tal vez demasiado. Durante los primeros días de la Ley Seca empezó a moverse mucha gente por las tiendas de Raphael, buena parte de ellos empleados de Al Capone. Supuestamente buscaban productos de importación recién traídos de Italia, aunque en realidad era todo lo necesario para hacer alcohol en casa.

Había otro inconveniente no menos importante en esta industria. El sabor podía ser desastroso y eran pocos los que aguantaban aquel alcohol casero. En los bares se mezclaba ese producto con gaseosa o zumo de frutas que hacían más llevadero todo. Algún combinado nació en esos días de la Prohibición.

Otros prefirieron recurrir a los métodos más clásicos. Algunas fábricas cerradas por la normativa, volvieron a abrir de manera clandestina gracias a los enlaces entre mafiosos y fabricantes. Ese fue el caso de un oscuro tipo llamado Johnny Torrio que se unió con Joseph Stenson, un tipo conocido por ser productor legítimo de cerveza de cierta calidad. No se lo pensaron dos veces y produjeron litros y litros que eran distribuidos por una red que se metía en bares clandestinos en zonas muy concretas de Chicago. Las ganancias llegaron a los 12 millones de dólares. Cuando Torrio pensó que había ganado lo suficiente con ese contrabando, pasó el testigo a Al Capone.

También pasaron cosas curiosas que eran como una manera de corromper la Ley Seca. A los médicos con licencia se les permitió recetar y vino whisky que era vendido en locales autorizados por el Gobierno. No hace falta decir que según qué recetas eran muy bien pagadas por enfermos que se curaban con un buen trago. Igualmente, las iglesias podían tener vino para el uso de los sacramentos y contaban con el privilegio para venderlo y fabricarlo.

Todo acabó en 1933 cuando se derogó la absurda ley. Muchos lo celebraron volviendo al bar y bebiendo un trago.