Cuando Manuel de Falla aprendió a hablar en catalán

El compositor convirtió «L’Atlàntida» en un homenaje tanto a Verdaguer como a la lengua en la que fue escrito el poema

En la imagen, de izquierda a derecha: Adolfo Salazar, Francisco García Lorca, Manuel de Falla, Ángel Barrios y Federico García Lorca dentro de la Torre de las Cabezas de la Alhambra, a la que Falla denominó «el subterráneo de Aladino”, 1921.
En la imagen, de izquierda a derecha: Adolfo Salazar, Francisco García Lorca, Manuel de Falla, Ángel Barrios y Federico García Lorca dentro de la Torre de las Cabezas de la Alhambra, a la que Falla denominó «el subterráneo de Aladino”, 1921. FOTO: Cortesía del Archivo Manuel de Falla de Granada.

Estamos a 800 kilómetros del bullicio de Buenos Aires, en un lugar en el que parece que el tiempo se ha calmado. Tiene el bucólico nombre de Alta Gracia y es en esa finca donde un hombre herido por lo mucho vivido y padecido está tratando de seguir trabajando en la que considera su gran obra. Pero el tiempo se le está acabando. Manuel de Falla sigue inmerso en «La Atlántida», su personal lectura musical del poema homónimo de Jacint Verdaguer. El músico sigue inmerso en este proyecto desde que empezó a imaginarlo en 1927, con la idea un poco ingenua que podría estar concluida para las exposiciones universales que se celebrarían en Barcelona y Sevilla dos años más tarde. Nunca acabará la partitura, labor que recaerá tiempo después en su discípulo Ernesto Halffter quien la presentará en estreno mundial en el Gran Teatre del Liceu, en Barcelona, la ciudad de Verdaguer, el 24 de noviembre de 1961.

Esta última fecha supone el último viaje de la relación de Manuel de Falla con Cataluña, de su fascinación por una tierra y una lengua. Lo de lengua conviene subrayarlo porque «La Atlántida» de Falla está en catalán, pese a que el compositor gaditano también contó para su trabajo con traducciones en castellano y francés del célebre poema verdagueriano. En el Archivo Manuel de Falla, en Granada, se conserva el ejemplar de la edición original de «L’Atlàntida» con numerosas anotaciones musicales del maestro.

La inmersión que supuso seguir los pasos musicales del texto poético hizo que Falla, a la par, se adentrara en la cultura catalana, especialmente la musical.

Todo surge cuando en 1926 Falla empieza a leer la obra de Verdaguer. «Mucha y mucha música hay en esa monumental “L’Atlàntida” de Mosén Cinto», escucharía el escritor y periodista Màrius Verdaguer –sobrino del poeta– de labios del mismo Falla. Al año, el músico estaba inmerso en el oratorio: «Estoy aprendiendo el catalán, pues en catalán de Verdaguer va a ser mi oratorio. Allá veremos que sale y Dios me ayude».

Para que no hubiera dudas de las intenciones del autor de «El amor brujo» también se puede citar una cena en el domicilio de Frank Marshall, intérprete, compositor, pero por encima de todo profesor de piano. Durante esa velada, Falla proclamó que «yo dedico “Atlántida” a Cataluña, y cuando la partitura quede terminada será el Orfeó Català, con Lluís Millet y sus cantores, quien la dará a conocer en el Monasterio de Santa Maria de Ripoll».

Falla siguió trabajando en silencio, como él quería, desde su carmen de la calle Antequeruela Alta de Granada, aunque pensando en ocasiones en regresar a Cataluña. Además de la implicación de Millet y el Orfeó Català, el músico pensó en Josep Lluís Sert como responsable de la puesta en escena. En una carta del 10 de noviembre de 1928, el pintor le apuntaba algunas de las características que soñaba para la realización escénica donde «veo cada día con mayor claridad y convicción que los cuadros han de ser SIN MOVIMIENTO, abandonando incluso aquel primer proyecto A VECES movible. Nada de eso. Pero lo que sí se puede hacer es dividir la acción principal de un cuadro, (cuando la situación dramática lo exija) en dos o más partes, separando los cuadros con telones de tul que vayan obscureciéndolos hasta su desaparición y luego a la inversa, levantando los telones de tul hasta descubrir la SEGUNDA parte del cuadro».

Que «La Atlántida» de Falla o, mejor dicho, «L’Atlàntida» es un proyecto enteramente catalán lo atestigua también los encuentro que el autor de «La vida breve» tuvo en Barcelona con Miquel Llobet, Francesc Pujols o Rafael Moragas en 1933, otra vez en Barcelona.

Fue alrededor de ese tiempo cuando Manuel de Falla se puso en contacto por carta con Rafael Moragas. La extensa misiva acababa de la siguiente manera: «Adeu siau, benvolgut Rafael, visqueu molts anys, us desitja vostre Manuel de Falla». Cuenta Màrius Verdaguer que después de leer la misiva, Moragas se apresuró a depositarla en el Archivo Histórico de la Ciudad. Sin embargo, en los inventarios actuales de esta institución no se ha encontrado huella de esa carta.

Falla también contó con un apoyo importante, el del político y empresario Francesc Cambó quien lo ayudó especialmente en los últimos años de su vida en Argentina. Cuando Falla se exilió, Cambó, como dice en sus diarios, «me había hecho la ilusión de ejercer sobre él una afectuosa tiranía que se tradujera en un adelanto considerable en el poema dramático “La Atlántida”». No pudo ser.