Opinión

Historias del metro

Señalización del Metro de Barcelona
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1.

–Oye, ¿y los ángeles de la guarda? Los que decían antes que asistían a los niños, que estaban siempre pendientes de nosotros, volando sin parar o suspendidos en el aire con sus alitas para protegernos de cualquier peligro, así los pintaban en las estampas... ¿Te acuerdas? Dicen que ya no los hay, porque no se atreven a volar del cielo a la tierra, por miedo a los satélites esos que se pasean por la atmósfera, y a las naves espaciales, y a los aviones...

2.

–Pues sí, tengo un pequeño olivar, en una parcela que compró mi padre hace ya muchos años, por la parte de Tarragona, cuarenta árboles en total, y créame si le digo que cada uno tiene su carácter y su comportamiento, exactamente igual que las personas, sí señor, que parece mentira, y sus dolencias y debilidades, basta con prestarles un poco de atención para darse cuenta, y por lo mismo necesita cada cual sus cuidados, este un poco más de agua porque siempre está sediento, aquel que no le dé tanto el sol de cara, el otro que no le molesten las hormigas, el de más allá que le poden a menudo... Los hay además querenciosos, de la hierba alrededor del tronco, o del riego con aspersor, y algunos hasta se permiten sus rarezas, como el que no soporta a los pájaros, o el que arruga las hojas cuando tiene frío, o el que se encoge y deja caer el fruto antes de madurar si no le pongo un rodrigón en cada rama... Por eso, para tenerles bien atendidos, los he bautizado a todos con nombres de personajes históricos, músicos, hombres de ciencia, filósofos, emperadores, navegantes, literatos...: Mozart, Newton, Lope de Vega, Pitágoras, Magallanes, Napoleón Bonaparte, Gengis Kan...

3.

–En los libros se deberían contar las vidas de los fracasados y no las de los héroes o los triunfadores. Estos, además de ser un puñado, muchos menos desde luego que aquellos, no enseñan nada, porque el héroe es por lo general fruto del azar o de un cúmulo de casualidades, o de la buena suerte, o de la naturaleza, que fue pródiga en cualidades con él, mientras que el fracasado, el perdedor, lo ha sido a base de experiencias frustradas y de esfuerzos inútiles; el triunfo adormece o atonta, el fracaso enseña. El hombre aprende, dice el dicho, de sus errores, no de sus aciertos.

–Sí –asiente el que va a su lado, los dos de pie y agarrados a la misma barra vertical para no perder el equilibrio–, el fracaso es una escuela de vida.

–Porque la mirada del fracasado –insiste el primero, que habla con mucha prosopopeya–, se alimenta del conocimiento, que es siempre destructivo, y si no acuérdate del árbol de la ciencia del bien y del mal...

–Eso es cierto –refrenda el segundo–, el conocimiento trae la infelicidad, conocer es dudar, y dudar es padecer.

–Por eso mismo –concluye el primero, alzando el puente de las gafas con la punta del dedo– las enseñanzas del fracasado, del perdedor, son las únicas que sirven.