Dinosaurios con cerebros en el culo

Durante bastante tiempo se pensó que el extraño ensanchamiento en la columna de algunos dinosaurios era un receptáculo para un segundo cerebro, pero era una confusión.

Algún día, con un buen chocolate caliente y la calma que solo dan las tardes completamente libres, me gustaría que alguien me explicara qué tienen los dinosaurios de infantil. El estigma está ahí, no es algo que me haya inventado yo, de hecho es casi universal. A los niños y niñas les interesan unos complejos y fascinantes seres vivos que en su día dominaron el planeta evolucionando en una inimaginable variedad de formas y conductas.

Por mucho que les atraiga la aparente ferocidad de un velocirraptor, no sé yo si eso lo convierte en algo infantil. Nadie reniega de quien es aficionado a los coches o las motos por mucho que haya chavales obsesionados con el mundo del motor. Los dinosaurios son fascinantes, tengas la edad que tengas. Sus huesos cuentan historias fascinantes y a veces, lo que contamos nosotros sobre esas historias es todavía mejor. Un ejemplo es el del famoso cerebro en el culo.

Cerebros de mosquito en cuerpos de ballena

La anatomía comparada nos ha abierto un mundo de conocimiento. Gracias a ella podemos entender las relaciones entre las especies, cómo se asocia función y forma y los tortuosos caminos que la evolución ha seguido durante millones de años. No obstante, su mala interpretación y su mal uso pueden enrevesar toda la historia de principio a fin. Un ejemplo es el del cociente de encefalización. La idea es sencilla: el tamaño del cerebro se relaciona con la inteligencia, pero el tamaño del cuerpo también. Así pues, en igualdad de inteligencia, un animal más grande debería tener un mayor cerebro. Pues bien, si asumimos esto como cierto ¿qué conclusión podemos extraer de los dinosaurios?

Por ejemplo, Ampelosaurus atracis era un saurópodo ibérico relativamente modesto, un dinosaurio de “cuello largo” de 15 metros de largo, lo cual no es nada exagerado para estos animales. El tamaño de su cerebro, en cambio, apenas era comparable al de una pelota de tenis. El cerebro no es una caja mágica donde todo ocurre por arte de birlibirloque. Al igual que un ordenador, sus funciones, por abstractas que parezcan, se basan en un soporte material y cuanta más complejidad busquemos más grande tendrá que ser el aparato. Cuando hablamos de cuerpos tan grandes se calcula que una buena parte del cerebro tiene que destinarse a controlar... pues el propio cuerpo, la psicomotricidad de la descomunal mole de músculos en la que viaja el cerebro. Teniendo esto en cuenta, los científicos dudaban seriamente que quedara mucho espacio disponible para la inteligencia en aquella pelota de tenis destinada a controlar las ocho toneladas de animal.

El problema es que la idea del cociente de encefalización es tan popular como imprecisa. La arquitectura celular también es importante, cómo se distribuyen las células que componen ese cerebro, cómo de apretadas están, qué proporción hay de cada tipo, cuántas conexiones establecen entre ellas, cómo está organizada su forma a nivel macroscópico. Todo eso son pequeños “peros” que, sumados, acaban tirando por tierra la capacidad predictiva del cociente de encefalización. No obstante, esto es algo que sabemos ahora, hace años tuvieron que buscar otra forma de explicar que a un cerebro tuviera espacio para controlar no solo a la mole, sino a una rudimentaria inteligencia que asegurare su propia supervivencia. Y bien, la solución que encontraron resultó, literalmente, en pensar con el culo.

El segundo cerebro

La hipótesis fue tal que así: Existen animales, como los insectos, que tienen el equivalente a un cerebro distribuido en varias estructuras, como los ganglios supra y subesofágicos. ¿Y si los dinosaurios más corpulentos y con más cerebro de chorlito se valían de algún truco similar? Pues la especulación desbocada estaba de suerte, porque resulta que el esqueleto de estos grandes animales parecía apoyar esta idea.

Nuestra médula espinal es un conjunto de neuronas que envían información del cerebro a los músculos, de los músculos al cerebro o de los músculos a los músculos. Podríamos imaginarla como una compleja red de carreteras que no procesa información, más allá de transmitir y, como mucho, desencadenar algunos reflejos, como el clásico espasmo que sentimos en la pierna cuando nos golpean la rodilla con un martillo.

Pues bien, al parecer, el conducto vertebral por el que transcurría la médula espinal de estos dinosaurios no mantenía un calibre más o menos homogéneo (concretamente en saurópodos, sauropodomorfos y el famoso estegosaurio). En realidad, era evidente que se ensanchaba a la altura del sacro, en los cuartos traseros, al pasar de columna dorsal a caudal. Si una cavidad destinada a albergar estructuras del sistema nervioso se ensancha querrá decir que contiene había conformado en ese lugar una suerte de segundo cerebro ¿no? Por supuesto que no, pero así se asumió en algunos círculos.

Se explicó que, de esta forma, podían aligerar el espacio requerido por su voluminosa musculatura y destinar su primer cerebro a otras cosas. Otros comentaron incluso que el segundo cerebro era el verdadero encargado de pensar a posteriori, de reflexionar sobre lo que al animal le había acontecido. Todo esto como burda especulación que, en los círculos equivocados, acabó entremezclándose con la evidencia hasta convertir a ambas en parte inseparable de la cultura popular.

Es cierto que otras voces más moderadas apuntaron a que el engrosamiento podría ser una suerte de repetidor para evitar que su extrema longitud corporal supusiera un problema en el envío de información. A fin de cuentas, las neuronas no son cables perfectos y su velocidad de conducción no es instantánea, a más longitud más tardan en hacer su trabajo.

En cualquier caso, ninguna de estas ficciones resulta tener visos de verdad y los estudiosos de estos antiguos animales tienen claro que, fuera lo que fuera, aquello no era un segundo cerebro. Pero entonces ¿qué era?

No es un cerebro, es un sinvergüenza

Ya he dicho que la anatomía comparada nos ha abierto un mundo de conocimiento, y si lo repito ahora es porque es cierto. Aunque claro, como hemos comentado, hay que usarla bien y no de cualquier manera. Por ejemplo, ante un engrosamiento así en el conducto vertebral de estos grandes dinosaurios, lo lógico sería preguntarnos si otros animales poseen peculiaridades parecidas. ¿Son acaso una excepción? Así nos encontraremos con la grata sorpresa de que, efectivamente, el conducto vertebral de muchos otros animales muestra un engrosamiento a la altura, o bien de los cuartos traseros, o de los delanteros. Incluso nosotros mismos como seres humanos tenemos un ligero ensanchamiento del canal. El motivo es que así pueden albergarse más conexiones que funcionen de forma casi independiente al cerebro: las responsables de los reflejos, o de que cuando contraigamos un músculo se relaje su antagonista (el opuesto, por ejemplo, bíceps y tríceps). Es más, esta relación entre grosor del canal vertebral a la altura de los miembros y el uso que se hace de estos es tan estrecha que ayuda a predecir groso modo, la forma en que deambula determinado animal.

Aunque para ser justo, esta explicación no lo es todo. Parte del insigne engrosamiento se debe a algo diferente, una estructura que debió de dejar impresa su huella en el hueso. Una vez más, si comparamos esto con la anatomía de sus parientes vivos más cercanos (las aves) encontraremos una pista muy relevante. Precisamente en esta ubicación, las aves cuentan con los cuerpos glicogénicos. En los mamíferos el glucógeno tiene una función clara, y es almacenar energía de la que el animal se podrá valer en un futuro. Sin embargo, en el caso de las aves y ese extraño cuerpo de células no parece haber cambios llamativos cuando el animal pasa por periodos de ejercicio extremo o hambruna, lo cual descarta que su principal función sea de reserva energética.

Existen algunas hipótesis sobre que el cuerpo glicogénico tiene una función más relacionada con el equilibrio, otras apuntan a que guarda una estrecha relación con determinadas células de la neuroglia, como los astrocitos, pero también resulta algo controvertida. Dicho con otras palabras: todavía no tenemos ni idea de para qué sirve la estructura, pero sabemos que es muy probablemente lo que ocupaba el espacio atribuido a un segundo cerebro en estos dinosaurios y, lo que es más importante, sabemos que su función, sea la que fuere, no parece tener nada que ver con la inteligencia de estas bestias.

Por eso es tan importante actualizarse y no creerse lo primero que ponga en un libro impreso hace más de una década. La ciencia cambia muy rápido y no suele tardar en desdecirse de sus errores. Errores que, al menos, nos dejan historias increíbles.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Efectivamente, los científicos pueden no saber las funciones de un órgano como el cuerpo glicogénico y, a pesar de ello, tener bastante certeza de que no cumplía determinada función, como por ejemplo la cognición.

REFERENCIAS (MLA):