Los premios Ig Nobel de 2020: cómo distinguir a un narcisista por sus cejas

Levitar una rana en un campo magnético o demostrar que los avestruces se excitan sexualmente ante la presencia de humanos, estas son algunas de las investigaciones premiadas durante la historia de los Ig Nobel.

El deporte tiene los Juegos Olímpicos, el cine los Óscar y la ciencia los premios Nobel. No son necesariamente los premios más relevantes para quien aspira a ellos, pero son sin duda los más mediáticos. No obstante, en el caso de la ciencia existe un primo hermano de los Nobel. Una suerte de “hermano tonto” que primero nos hace reír y luego (presumiblemente) pensar.

Se trata de los famosos Ig Nobel, a veces otorgados a investigaciones tan lamentables que despiertan una sonrisa, como la interpretación de la mecánica cuántica de Deepack Chopra en 1998; y en otras a buenos trabajos, pero que a simple vista parecen absurdos por un motivo u otro. De hecho, en el 2000 Sir Andre Geim ganó un Ig Nobel por hacer levitar una rana en un campo magnético y en 2010 un premio Nobel en toda regla por sus investigaciones sobre las propiedades electromagnéticas del grafeno.

El propio nombre ya es una declaración de intenciones. Se trata de una parodia de los premios Nobel que juega con la palabra inglesa para “innoble” y puede que el premio en sí no sea demasiado importante, pero la ceremonia es, sin lugar a duda, mucho más divertida que cualquier otra en el mundo de la ciencia. La entrega de premios se intercala con números musicales y fragmentos cómicos, cuentan con una niña que llora si los ponentes se pasan del tiempo acordado, el diploma se envía por correo electrónico a los ganadores como un documento de seis páginas que han de imprimir y pegar formando un cubo y, pecuniariamente, cada ganador recibe un billete de 10 trillones de los extintos dólares zimbabuense (que no llegan a valer ni siete euros en el mercado negro, la verdad)

Los ganadores de 2020

La pregunta ahora es ¿quién ha recibido esos 10 trillones de dólares zimbabuenses? Como cada año, los ganadores de 2020 no han dejado indiferente a nadie. Y, como las categorías cambian cada año, cabe decir que en esta edición ha habido una especial variedad de temas, de los cuales, el más sonado ha sido el de ciencia de materiales. Este fue otorgado al equipo de Metin Eren por desmentir la leyenda urbana de un inuit que, ante la falta de recursos, tuvo que congelar sus propias heces para fabricarse un cuchillo con el que descuartizar a uno de sus perros y así poder alimentarse. Las buenas noticias son que la investigación de Metin Eren ha demostrado que las propiedades de los excrementos humanos congelados no permiten hacer tal fechoría, por lo que, posiblemente, la historia no sea más que un mito.

El premio de medicina lo ha recogido el equipo de Nienke Vulink, por su contribución al diagnóstico de una particularidad llamada misofonía, que no son más que fobias ante determinados sonidos muy específicos. En concreto, se enfocaron en ese desagradable sonido que producimos al masticar. Su aplicación no contribuya significativamente a aliviar la situación de quienes la padecen, pero no deja de ser curioso.

Siguiendo con las fobias, la entomología también ha tenido su premio. Concretamente por la investigación de Richard Vetter, que ha estudiado la fobia a las arañas que profesan los entomólogos. Un entomólogo es un estudioso de los insectos, los cuales se caracterizan por tener seis patas, a diferencia de los arácnidos, como las arañas. Al parecer, algunos entomólogos no tenían reparo en sostener cualquier tipo de insecto, pero las arañas despertaban en ellos un terror atávico. Aunque pueda parecer broma, el análisis hecho por el equipo reveló que, entre los principales motivos de esta fobia era que “las arañas tenían demasiadas patas”. Las seis de los insectos eran perfectamente normales para ellos, pero dos más se salían de sus esquemas. No obstante, su particular forma de moverse, el veneno de algunas y su relación con la noche eran otros factores aparentemente igual de importantes.

Al parecer, ha sido un año bastante zoológico, porque el premio de física lo ha ganado la investigación de Ivan Maksymov y Andriy Pototsk. Esta consistía en estudiar la forma en que se deformaba una lombriz de tierra al ser sometida a rápidas vibraciones de arriba abajo, como las que produciría la membrana de un altavoz tumbado boca arriba. Al estar formada por una gran cantidad de agua, sin estructuras rígidas y con un “esqueleto” formado por tubos repletos de líquido, la vibración hacía ondear el cuerpo de la lombriz en oleadas regulares, como la cuerda de una guitarra. Algo que puede parecer anodino, pero ayuda a profundizar en las propiedades de los tejidos biológicos.

El premio de la categoría de “acústica” lo ha ganado el equipo de Stephan Reber por hacer bramar a un caimán chino dentro de una cámara llena de un aire con alto contenido en helio. Todos sabemos lo que ocurre cuando alguien aspira el aire contenido en un globo de helio, su voz se vuelve chillona, y el motivo es que las ondas sonoras producidas por nuestras cuerdas vocales viajan más rápido de lo normal a través del helio debido a su densidad. Al hacerlo detectaron un tipo de vocalización que, hasta ahora, solo se conocía en mamíferos y aves. Esto podría arrojar luz, no solo sobre las formas de comunicación de los cocodrilos, caimanes y gaviales, sino del sonido que hacían sus parientes extintos, como es el caso de los dinosaurios.

Finalmente, el premio de psicología fue concedido a la investigación de Miranda Giacomin y Nicholas O. Rule, la cual mostró hace un par de años cómo creemos reconocer el narcisismo de otras personas en su rostro, en especial fijándonos en sus cejas. La investigación apuntó a que el grosor y densidad de estas son las principales claves en las que nos fijamos.

De este modo, unos cuantos investigadores han pasado a formar parte del panteón de los Ig Nobel. Han sido inmortalizados y puestos en el punto de mira por sus ingeniosas y divertidas formas de buscar respuestas a preguntas poco convencionales. ¿No es ese el espíritu de la ciencia? Algunos no lo ven así. Otra interpretación posible es que los premios Ig Nobel contribuyen a perpetuar la imagen popular de la ciencia como algo alejado de las preocupaciones de la sociedad. Como si tan solo fueran preguntas caprichosas que se hace un puñado de genios con demasiado tiempo libre. Se trata de una crítica legítima, porque es difícil que de ellos trascienda algo más que su excentricidad.

Las investigaciones premiadas con un Ig Nobel pueden sonar ridículas, pero suelen tener su razón de ser. Las aplicaciones de los descubrimientos científicos no siempre son directas. A veces hacen falta décadas o siglos para que un conocimiento pueda ser usado en beneficio de la humanidad. En ciencia todo suma y la mejor forma de asegurar su progreso es apostar por una amplia gama de disciplinas y preguntas, por alocadas que parezcan (siempre y cuando sean plausibles, claro).

QUE NO SE LA CUELEN:

  • Las opiniones del mundo académico sobre los premios Ig Nobel son realmente variadas y no todas son positivas. No obstante, hay algo en lo que la mayoría está de acuerdo, y es que popularmente se les da demasiada importancia a estos premios. Es más, incluso los premios Nobel tienen sus detractores por personificar en un puñado de sujetos los logros científicos que debemos a toda una comunidad de investigadores y becarios que nunca serán reconocidos.

REFERENCIAS (MLA):