El “Sálvame Deluxe” del siglo XIX: de la lujuria de Godoy al pie perdido de la Duquesa de Alba

David Botello publica “Follones, amoríos, sinrazones, enredos, trapicheos y otros tejemanejes del siglo XIX”, un libro en el que no hace falta más que leer el título para saber de su curioso contenido

No se imaginan la de cuernos, celos, amoríos, enredos, rifirrafes y malentendidos que se han sufrido durante la historia de España. Y, en particular, durante el siglo XIX. Un auténtico jaleo. Entre batallas, coronas de un lado para otro, conquistas y rifirrafes entre poderosos, la estampa no podía quedar más caótica para el recuerdo. Pero no se quedó ahí pues, desde entonces hasta hoy, la historia ha ido saltando de un berenjenal hacia otro. Los españoles hemos vivido una Guerra de Independencia, tres Guerras Carlistas, una Guerra Civil, dos repúblicas, tropecientas revoluciones con y sin el pueblo, motines, golpes de Estado, tres dictaduras, cuatro regencias, tres dinastías, siete Constituciones... ¿continúo? Y, por si fuera poco, todos estos escándalos no se han limitado a lo político o lo económico, sino que también ocurrieron en lo privado: los rumores que circulaban en la corte de Carlos IV o en la de Fernando VII también giraban en torno a la parte amorosa y sexual. Así lo explica David Botello en “Follones, amoríos, sinrazones, enredos, trapicheos y otros tejemanejes del siglo XIX” (Oberon), un libro en el que cuenta la historia de España en una época en la que, de haber existido la tecnología actual, se podría haber hecho todo un especial para “Sálvame Deluxe”. Los cuernos entre la realeza, así como las venganzas por despecho o, directamente, las irregularidades políticas y en la monarquía, se recogen en un libro donde el autor narra cada detalle con un lenguaje digno de una charla de amigos en la barra de un bar.

Godoy, el incorruptible "Choricero"

En la primera parte del volumen, el protagonista del “show” es Manuel Godoy. Narra Botello cuán determinante fue este personaje en la historia de España a principios del siglo XIX. Pocas cosas ocurrían sin estar él involucrado de alguna manera. Entró en escena, a grandes rasgos, cuando Carlos IV necesitaba para su reinado a un “amigo incorruptible” que se limitara a obedecer órdenes. Y Godoy lo hizo tan bien que “los reyes se sintieron seguros con él, y le repetían una y otra vez que era su único amigo”, escribe el autor y también guionista. Sin embargo, los demás “grandes de España” no le aceptaron, y “le llamaban ‘Choricero’”, continúa Botello, “las malas lenguas aseguran que su único mérito consistía en satisfacer los deseos carnales de la reina”. Se refiere a María Luisa de Parma, esposa y prima de Carlos IV.

No es ningún secreto el hecho de que a Godoy le encantaban las mujeres. Ejemplo de ello es Pepita Tudó, “una mujer conocida en el mundo entero gracias al pincel de Goya”, expresa el escritor. Y, si bien aún hay quienes ponen en duda este hecho, casi el 100% de los expertos dicen que esta chica andaluza, simpática, morena y con 16 años es la protagonista de “La maja desnuda” y “La maja vestida”. Ambas pinturas pertenecieron a Godoy, quien se las encargó al pintor para que decoraran una de las salas de su casa-palacio de Grimaldi. Este habitáculo se trataba de “un gabinete secreto donde Godoy guardaba su pequeña colección de cuadros subiditos de tono”, escribe Botello, como es el ejemplo de las pinturas de Venus, “unas obras para mayores de dieciocho años”. En aquel gabinete figuraban la “Venus” de Tiziano, la “Venus del espejo” de Velázquez, que “según algunos se la regaló la duquesa de Alba para pagarle un favor político, y, según otros, se la robó”, así como “La escuela de amor”, de Correggio. Entre todas esas obras de arte, estaban las majas de Goya dispuestas de una manera un tanto estratégica: “Eran el juguete erótico favorito de Godoy. Por lo que se ve, ‘La maja vestida’ quedaba a la vista; mediante un ingenioso sistema de poleas, Godoy la levantaba y, oh, delirio, dejaba al descubierto ‘La maja desnuda’...”, narra el autor, interpelando al lector: “Imagínate, ahí, dale que te pego, toda la tarde, maja arriba, maja abajo, Godoy se olvida de los asuntos de Estado y piensa en Pepita Tudó... ¡Menuda fiesta!”.

Cayetana de Alba, ¿ fue envenenada?

Dejando a un lado, si es que se puede, la figura de Godoy –pues también armó una buena cuando quería “quitarle” el trono al hijo de Carlos IV, Fernando VII, situación que propició un cotilleo de lo más “sabrosón”- también incluye Botello en el libro historias que conciernen a la Duquesa de Alba, a la corte napolitana o a María Antonieta, archiduquesa de Austria y esposa de Luis XVI de Francia. El escritor comenta cómo ésta última fue “protagonista de una leyenda tirando a bastante chunga. Un buen día, le cuentan que el pueblo francés moría de hambre, y ella va y se pone: ‘Pues que coman pastel’”, relata, señalando que, si bien esto no es cierto, lo que sí parece que ocurrió es que “María Antonieta empolvaba sus pelucas con harina, cuando muchos de sus vasallos no tenían pan”. Por su parte, algo que causó el revuelo de la audiencia analógica de aquella época, fue la muerte de la duquesa de Alba: ¿Fue envenenada? ¿Quién lo hizo?

“Los rumores que corrían por Madrid coincidían en que la duquesa fue envenenada”, explica el autor, “unos dicen que han sido sus sirvientes, porque les dejó una pasta en su testamento, otros, que ha sido la reina, por cochina envidia. Hay quien dice que se la carga Godoy y otros más que la envenena Fernando VII”. Sin embargo, aunque más de uno quisiera que la trama hubiese sido más morbosa, se sabe a ciencia cierta que, en 1945, la familia de Alba exhumó el cadáver y vieron qué paso aquella noche de 1802. “A Cayetana le dio por morirse de un palabro: meningoencefalities de origen tuberculoso”. En otras palabras: la duquesa se contagió de tuberculosis en las visitas a los enfermos de los barrios más humildes de Sevilla. Escribe Botello que, como un misterio saca otro misterio, “resulta que, al desenterrarla, se dieron cuenta de que le faltaba un pie”, lo cual se debió a que “como era más alta de lo que esperaban, no entraba bien en el féretro y optaron por cortarle las piernas”. ¿Dónde estarán esas articulaciones?

Varios de los capítulos del libro de Botello se refieren a los grandes descubrimientos y hazañas que se han hecho desde España y por españoles. Ejemplo de ello fue la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, en la que el doctor Francisco Javier Balmis realizó un viaje en barco por todo el mundo para salvar a la humanidad de la viruela. “Fue un desconocido héroe mundial”, escribe el autor, “ya sabes; si fuese inglés o francés, tendría una estatua en el centro de la capital, pero como es español, nadie le conoce”. Lo mismo ocurrió con la Expedición Malaspina, en la que Alejandro Malaspina y José de Bustamante, exploradores y científicos, realizaron un viaje alrededor del mundo para estudiar las tierras pertenecientes a la monarquía española. Sin duda alguna, quedó para el recuerdo como “uno de los viajes científicos más importantes de Europa y la primera de ámbito global de la historia”, apunta Botello.

Líos de románticos

Adelantando un poco en el tiempo, aparecen en el libro también los nombres de Larra o Espronceda, pues, en el Romanticismo español, también hubo algún que otro escándalo. “El romantiquísimo Mariano José de Larra, el Duende, Fígaro, Larra, es uno de los tipos más interesantes del siglo XIX”, advierte Botello. Lo define como el “jachondo”, ya que una noche pintó un coche amarillo entero de rojo que resultó ser del duque de Alba y, cuando salió de la fiesta, éste fue “incapaz de encontrar su coche. Ni siquiera cuando el cochero despierta y le jura y le perjura que el carro pintado es el suyo. ¡Qué jachondos!”. Por su parte, lo de Espronceda es más por amoroso que por travieso: Botella cuenta cómo el escritor mantuvo una historia de amor un tanto turbia con Teresa Mancha, según la obra “El diablo mundo”. Fue un romance que no comenzó con bien pie: los padres de ella le llamaban “el poeta perroflauta”. Y esto cansó a Teresa y se escapó con un tal Alfonso. “Lo malo no es que se haya ido, que se veía venir. Lo malo es que también abandona a Blanca, su hija”, expone Botello, a lo que añade que, a la muerte de la amada por tuberculosis, Espronceda visitó su cadáver: “Y allí, agarrado a las rejas, la cabeza apoyada en los hierros, se pasa toda la noche. Es, como puedes ver, uno de los momentos top del Romanticismo español”, concluye.

Y, con estos, un sinfín de follones más que continúan entre el Sexenio Democrático y la Regencia de María Cristina II y que Botello reúne en un libro tan ameno que cualquier lector entenderá qué ocurrió con nuestros antepasados. Una serie de historias que definieron al siglo XIX y que, aunque las cosas han cambiado tanto, se podría decir tranquilamente que fueron un espejo del siglo XXI. Imagínese: focos, Napoleón y acción.