La revuelta de Katipunan, héroes españoles frente a una Filipinas en llamas

Entre 1896 y 1898 tendría lugar en la isla de Luzón la revuelta del Katipunan, que el ejército español lograría sofocar no sin denodados esfuerzos

Españoles e indígenas en Filipinas, 1897.
Españoles e indígenas en Filipinas, 1897.© Pablo Outeiral/Desperta Ferro Ediciones

Eran las 19.00 horas del 21 de agosto de 1896 cuando el presidente del Congreso interrumpió la sesión para ceder la palabra al ministro de Ultramar, quien leyó ante los congregados un telegrama recién enviado por el general Ramón Blanco y Erenas, gobernador general de Filipinas: «Descubierta vasta organización de sociedades secretas con tendencias antinacionales». Aquel día, candente la Guerra de la Independencia cubana que había empezado el año anterior, un nuevo conflicto saltaba al escenario militar español, la rebelión de Filipinas. El general Blanco solicitó inicialmente el envío de un millar de soldados de refuerzo, el Gobierno decidió enviar dos mil, que serían los primeros de un numeroso contingente que acabaría ascendiendo a quince batallones de cazadores expedicionarios, cuatro batallones de infantería de marina y diversas unidades de caballería y artillería. La rebelión, que se extendió por la isla de Luzón, adoptó de inmediato un doble cariz. Por un lado, se hizo con la provincia de Cavite; por otro, al este y al norte de Manila, en las montañas y en los pantanos de la Pampanga, se organizó una activa guerrilla que sería combatida por medio de destacamentos de seguridad. Las acciones de la división del general español Lachambre son las que más han acaparado la atención. Desde la toma de Silang el 19 de febrero de 1897, la poderosa agrupación militar descendió de las montañas, de sur a norte, con destino a Imús, capital de Emilio Aguinaldo, que fue finalmente conquistada el 25 de marzo. Para ello los soldados tuvieron que superar terribles dificultades. Las carreteras de la selva, a veces tan solo estrechos caminos de herradura extremadamente angostos, sirvieron no solo para el paso de columnas de miles de hombres, sino también para el traslado de los suministros y de la artillería. Hasta seis bueyes podían hacer falta para arrastrar un cañón pesado, y numerosos soldados y porteadores chinos tenían que arrimar el hombro en hombro en empinadas pendientes y peligrosos descendos.

REBELIÓN EN LAS ISLAS

En medio del avance, la presencia de los rebeldes fue casi constante. En general sometiendo a los españoles a repetidos tiroteos desde la espesura, otras veces, ya cerca de los poblados o en las carreteras principales, bloqueando directamente su paso con trincheras, en realidad elevados parapetos de tierra y troncos, verdaderas murallas erizadas de troneras para fusiles y lantacas (pequeñas piezas de artillería del tipo culebrina, a veces de fabricación casera) que debían ser tomadas por medio de movimientos de flanqueo por la espesura y asaltos a la bayoneta. Mientras los batallones de Lachambre tomaban Pérez Dasmariñas, Imús, Bacoor y otras muchas localidades en la mitad oriental de la provincia de Cavite, el general Polavieja, tal vez por no recibir cuantos recursos había solicitado, pidió la baja por enfermedad, que llevó a su sustitución por el general Fernando Primo de Rivera. Este llegó a Filipinas con la misión de emplear tanto los medios militares como los diplomáticos. Así, bajo su mandato se conquistó la mitad occidental de Cavite y se empujó a las guerrillas hacia los más alejados reductos de las montañas, lugares como Biac na Bató, en la provincia de Bulacán, donde acabaría por firmar la paz Emilio Aguinaldo, que para entonces era el líder supremo de los rebeldes. Terminaba así la primera fase de la rebelión filipina, un conflicto que tuvo más de guerra civil –entre los propios insurgentes filipinos por un lado, entre filipinos pro y anti españoles, por otro, y entre españoles, pues todos lo eran, finalmente– que de conflicto internacional. Este vendría más tarde, en 1898, cuando fracasados los acuerdos de Biac na Bató Aguinaldo volvió a encender la llama de la rebelión en las islas, esta vez con el apoyo de los estadounidenses, que una vez alcanzada la victoria acabarían por entrar en un nuevo conflicto, contra sus protegidos filipinos, para mantener el control del archipiélago.

«La guerra de Filipinas» Desperta Ferro Ediciones nº 36
«La guerra de Filipinas» Desperta Ferro Ediciones nº 36Desperta Ferro Ediciones
Para saber más / «La guerra de Filipinas» /Desperta Ferro Ediciones nº 36, 68 págs, 7 €

¿Provincia o colonia?

Alejadas de la metrópoli pero parte de España desde que las Cortes de Cádiz concedieran a las islas Filipinas la condición de provincia, las élites del archipiélago habían venido luchando, al albur de los vaivenes de la política peninsular, por obtener algún tipo de representación en cortes que permitiera la integración del territorio en pie de igualdad con las demás regiones españolas. El fracaso de los intentos pacíficos por conseguir esta aspiración, centrados en los últimos años del siglo XIX en la Liga Filipina dirigida por José Rizal, y los problemas sociales presentes en las islas, sometidas a una administración militar y dominadas por el clero regular de origen español, llevaron a que un sector importante de las élites nativas decidieran buscar la independencia en vez de la integración, y ello por medio del conflicto directo.
La herramienta forjada por dicho sector de la población filipina para obtener la independencia fue Katipunan, una sociedad secreta de corte violento que pretendía lograr sus fines por la fuerza de las armas. De los combates surgirían jefes carismáticos como Andrés Bonifacio o Emilio Aguinaldo, líderes de sendas facciones que, en medio del conflicto contra España, acabarían por combatirse una a otra. El primero murió fusilado por sus propios compañeros, mientras que el segundo conseguiría erigirse en efímero presidente de la nueva república.