Cultura

Isabel la Católica, el armario real más austero de Castilla

A diferencia de la mayoría de la realeza, se crió en el sobrio hogar de Arévalo, junto a su madre y lejos de los excesos de la corte

Desde su más tierna infancia, Isabel la Católica, de quien se cumplieron 515 años de su muerte este pasado martes, dio ejemplo sobrado de abstinencia y mesura en su vida privada, aunque se la juzgue mal. Una infancia y primera adolescencia en el sobrio hogar de Arévalo, al lado de su madre y alejada del lujo y la ostentación de la Corte de su hermanastro y rey Enrique IV. Pocas infantas como ella se criaron entre semejante austeridad. De reina, su sobriedad se hizo incluso más patente, en contraste con el boato de la Corte. Sabemos cómo vestía y comía, y cómo se comportaba en las fiestas de toda clase, sobre todo para atención de embajadores o de tratados con otros soberanos.

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«Era tan sobria y templada que nunca bevió vino», aseguraba Esteban de Garibay y Zamalloa. En cierta ocasión, su confesor Hernando de Talavera la reprendió por el exceso de vestidos y fiestas con motivo de la entrega del Rosellón por parte de los franceses. Disponemos de la carta de respuesta de la Reina, datada en Zaragoza, con instrucciones suyas «para ser quemada». Dice así: «Los trajes nuevos no hubo, ni en mí ni en mis damas, ni aun vestidos nuevos... Todo lo que yo allí vestí había vestido desde que estamos en Aragón… Y aquello mismo me habían visto los otros franceses… Solo un vestido hice de seda, y con tres marcos de oro, el más llano que pude… Los vestidos de los hombres, que fueron muy costosos, no lo mandé, mas y estorvelo quanto pude y amonesté que no se hiziese…».

Conocemos las grandes fiestas organizadas por la reina para celebrar el nacimiento del príncipe heredero y su posterior matrimonio, o la esplendidez con que recibió a los embajadores de Borgoña. Eran exigencias de la Corte. Pero en 1492 escribía ella a su confesor explicándole la sobriedad observada en las fiestas de Perpiñán: «Mi voluntad no solo está cansada en las demasías, mas en todas fiestas, por muy justas que ellas sean». Diego Clemencín, académico de la Historia, concluía así muy seguro: «A esta moderación y templanza se ajustaba todo el tenor de vida de doña Isabel».

Añadía Clemencín que Isabel, su marido y sus hijos comían por menos de 40 ducados al día, cuando pocos años después su nieto Carlos, recién llegado de Flandes y antes aún de casarse, gastaba en su mesa más de 400. Sabemos, además, cómo recibió ella la Hacienda castellana con 100 millones de maravedís y cómo la dejó a su muerte con 550 millones nada menos. Clemencín alababa la compostura en sus trajes, la moderación en sus atavíos, porque, según decía, despreciaba el lujo personal como vicio propio de los corazones empequeñecidos.

Préstamo en Valencia

Austera también con sus alhajas personales, las cuales apenas lucieron en ella porque estaban siempre en casas de empeño, principalmente de Valencia y Barcelona. En 1495 no se había desempeñado aún ninguna, excepto el collar de balajes que le regaló su marido en la boda. Las joyas eran para ella no un ornamento de la majestad real, sino un depósito y reserva para las necesidades del reino.

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En Valencia se empeñaron la corona real, «la corona rica», en 35.000 florines, y el collar de balajes en otros 20.000; los cuales, junto con otras alhajas menores, respaldaron el préstamo de 60.000 florines de la ciudad de Valencia para la guerra de Granada, equivalente a dos millones de reales de vellón en moneda castellana. La mayoría de su guardajoyas lo reservaba para los casamientos de sus hijos. Asombra la relación de alhajas que regaló a Margarita de Austria cuando vino a casarse con el príncipe heredero Juan.

Apretándose el cinturón en la vida privada, predicó así con el ejemplo extendiendo esa austeridad a la vida pública por medio de las pragmáticas o leyes suntuarias de dudoso cumplimiento, pero que aun así ilustran a las mil maravillas el espíritu de la Sierva de Dios. Por la Pragmática de Segovia, del 2 de septiembre de 1494, se prohibía la importación de paños, brocados, raso, oro, plata, paños de oro tirado o bordados de hilo de oro, especificándose que «ni se hagan ropas de estos géneros en el Reino, no siendo para ornamentos de iglesia».

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Y que no se dorase ni platease sobre hierro, cobre o latón, ni espada ni puñal por esta razón: «Es notorio cuánto, de pocos tiempos a esta parte, todos estados y profesiones de personas, nuestros súbditos e naturales, se han desmedido e desordenado en sus ropas e trajes…»

Nada de juego, templanza y sobriedad

Singular atención merecen las prohibiciones sobre el juego, que favorecían la eutropelia. No solo del juego donde se ventilaban fortunas, como sucede hoy con los casinos y otros antros de azar, sino del juego menor que arruinaba familias modestas o comprometía la felicidad doméstica, como es el caso actual de las máquinas tragaperras o las apuestas de cartas. La austeridad se extendía a los lutos y funerales, mediante otra Pragmática del 10 de enero de 1502.

Obsérvese cómo se prohibía el vestido de jerga, sustituyéndolo por el de lana negra. El mismo vestido que ella prohibió lucir en su testamento con motivo de su muerte. Hasta en los más pequeños detalles se impuso la templanza en su vertiente de sobriedad: si en algunos grandes señores llegó el exceso a encender mil quinientos cirios, la Pragmática prescribía para «señores de vasallos» veinticuatro velas, y para los demás, tan solo doce.