El drama de la inmigración: Los cínicos sí sirven para este oficio

En «Adú», el nuevo trabajo de Salvador Calvo, el director viaja al corazón de África para narrar tres historias complicadas exentas de moralinas sobre las causas de la inmigración

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No existe una mirada correcta con la que observar el continente africano. Tampoco un manual ético de perfeccionamiento occidental en el que aparezca la fórmula exacta con la que medir la unidad del mundo, evaluar el desigual reparto de la riqueza o calibrar con acierto el precio urgente de la necesidad. Cuando Salvador Calvo viajó a África por primera vez no experimentó ese sentimiento de culpa tan extendido que encuentra su razón de ser en la herencia colonialista ni tampoco esa sensación devastadora iniciática de estar en el infierno. El director de «Niños robados» asegura que existen muchas cosas negativas como la malaria, el ébola, las guerras, la pobreza o el miedo, pero también poderosos elementos menos explotados en términos cinematográficos como la inocencia, la energía o la generosidad.

«Por mucho que en el fondo estemos contando un drama, para nosotros era importante conseguir transmitir una vibración esperanzadora. Hay un momento que me resulta especialmente inspirador y es cuando Adú se desmaya por el calor, la falta de alimento y el cansancio, y su hermana le retiene en sus brazos y le confiesa que pensaba que estaba muerto. “¿Qué hubieras hecho si hubiera sido cierto?”, le pregunta él de forma retadora. Y ella le mira y le contesta: “Seguir”. Ese es el espíritu africano del que tenemos tanto que aprender», comenta Calvo al hilo del estreno de su película, «Adú», que se estrena este viernes. Esta última propuesta del cineasta actúa como diálogo fronterizo, como puente vertebrador de dos territorios: España y África y, como golpe seco a la gestión de los procesos migratorios. Inspirada en la veracidad y la crudeza de dos casos reales, «Adú» narra tres historias paralelas que avanzan de forma progresiva en diferentes orillas del globo y que de manera ilustrativa exponen las fallas de un sistema que no solo da la espalda al de fuera, también precipita sus ganas de marcharse.

El niño que da nombre a la cinta (interpretado por Moustafá Oumarou) sitúa su particular abismo en las entrañas de Camerún, país del que es originario y raíz de la que quiere huir para sobrevivir a su fatal destino. Acompañado de Alika, su hermana mayor, el pequeño senegalés se ve en la obligación de guarecerse en las tripas de las bodegas de un avión que pone rumbo a la costa oeste de Senegal y que supone para él su particular pasaporte a la libertad. Tras su llegada conoce a Massar, un adolescente que arrastra un pasado de abusos y se ve obligado a prostituirse para poder vivir, en cuyos brazos protectores y amigos se resguardará para llegar hasta España.

Viven y mueren

El trayecto se invierte para situar a los dos protagonistas de la segunda historia encabezada por Ana Castillo y Luis Tosar en donde este último encarna el papel de un trabajador de una reserva de elefantes cuya afectividad con los animales resulta ligeramente inferior a la que es capaz de establecer con su propia hija (Castillo). El intérprete gallego reconoce las ganas que tenía de trabajar con Calvo y muestra preocupación por el tratamiento informativo de la inmigración: «La ficción te da la oportunidad de poner cara y corazón a personas como las que salen en la cinta. Los medios te cuentan las consecuencias de ello pero no las causas. Solo vemos número, cifras, datos, cosas que no tienen demasiado que ver con nosotros. Adú, Alika y Massar solo viven, mueren, sufren y buscan un lugar mejor. Esto es un problema global y la realidad en la que tenemos que reparar». El tercer relato entronca con la gestión de un grupo de agentes de la Guardia Civil en la valla de Melilla y cierra el círculo de un trabajo audiovisual que de tan real, salpica.