¿Quién inventó el traje médico contra las epidemias?

Charles de Lorme diseñó en 1619 un uniforme para luchar contra las enfermedades que ya incluía gafas, máscara, bata y botas. La ciencia lo perfeccionaría desde entonces

Retrato impreso de Charles de Lorme
Retrato impreso de Charles de Lorme

Los sanitarios reclaman material para combatir el coronavirus. Batas, gafas, guantes, mascarillas. La primera línea de defensa son los médicos. Nuestra protección comienza con su protección. ¿Pero quién fue la primera persona que introdujo esa indumentaria para atajar los brotes infecciosos que ahora vemos a diario? Su nombres es Charles de Lorme, un doctor de reputación, que trabajó para nobles y reyes a lo largo del siglo XVII. Su padre había ejercido el oficio de la medicina y su prestigio le había llevado a servir para Marie de Medicis. Él heredó una vocación que había visto practicar en su casa desde pequeño. A diferencia de los doctores de la Edad Media, de esos hombres que aprendían sus remedios aquí y allá, y que en muchas ocasiones tenían más de vendedores ambulantes que de auténticos científicos, Charles de Lorme estudió en la universidad de Montpellier. A lo que había aprendido en su hogar había que sumar la experiencia de su progenitor y lo que él añadiría posteriormente a esas lecciones que recibió a lo largo de su juventud.

Escudo de la peste: la muerte con los laureles del vencedor.
Escudo de la peste: la muerte con los laureles del vencedor.

Detrás de él existía ya una larga nómina de personas que habían combatido a las plagas con diferentes remedios y con mayor o menor éxito. En la lucha contra las dolencias y enfermedades hubo implicadas voluntades de diferente talla e influencia a lo largo de los siglos, como Hipócrates, Galeno, Al-Razi, Avicena o Maimónides, pero también otras personalidades más dudosas, como Nostradamus y Paracelso, arropados por una leyenda que magnifica sus nombres, pero que posiblemente resta seriedad a sus posibles logros en este campo.

Los brotes de peste habían asolado Europa desde Grecia. Pericles falleció durante uno de ellos y Roma, en diferentes momentos de su imperio, pagó caro la propagación de algunas infecciones (debilitó, en ocasiones, sus legiones, y para ciertos historiadores es una de las causas que agudizaron sus crisis y decadencia). La viruela fue una de las virulentas (puede haber costado alrededor de 300 millones de vidas desde que apareció por primera vez), pero tampoco queda atrás el sarampión (se calcula que ha cercenado cerca de 200 millones de almas) y, sobre todo, la temida peste negra, que provenía de Oriente y asoló en sucesivas oleadas el Viejo Continente y se llevó alrededor de 90 millones de personas. En la tradición popular ha quedado la del siglo XIV, pero posteriormente golpeó repetidamente distintas ciudades, dejando detrás páginas enteras dedicadas a la desolación que causaba su aparición. La imagen de bubones negros en axilas se convirtieron en sinónimo de muerte.

Grabado con uno de los trajes diseñados para combatir la peste
Grabado con uno de los trajes diseñados para combatir la peste

Para salvar a los doctores que atendían a los enfermos, Charles de Lorme, que trabajó para tres reyes franceses, Enrique IV, Luis XIII y Luis XIV, y que a lo largo de su existencia demostró poseer un enorme tesón y una vocación por el estudio que le llevó a escribir diferentes tratados de su disciplina, decidió introducir unas medidas que ayudaran a los médicos a no contraer infecciones. Hombre de carácter amable, fuerte, con verbo, conocedor de idiomas y con un excelente humor, determinó instituir un traje, hoy reconocible, que ha sido el antecedente del hoy vemos en los hospitales. Para evitar los contagios entre los profesionales de su gemio, decidió que todos los médicos debían llevar un abrigo largo que llegara hasta el suelo, unas botas de caña alta y un sombrero para recubrirse la cabeza. Pero la parte más reconocible es una máscara para cubrirse la cara, provista de algunas gasas y pañuelos en los conductos de la nariz para evitar impregnarse con las miasmas de los pacientes, y unas gafas para evitar exponer los ojos. Era un atuendo tosco, recubierto en ocasiones con sustancias para hacerlo más eficiente, que los siglos han ido refinando y mejorando hasta llegar a los actuales.