La Zaranda, teatro para los muertos

La compañía jerezana abre por primera vez La Nave a las cámaras para que un documental se adentre en sus ensayos y muestre su particular forma de hacer y entender el arte de las tablas

Hace ya tiempo (mucho antes de este descoloque vírico) que encontrarse con una compañía teatral de las de antaño es «rara avis». Por lo que, de antemano, se podría considerar a los jerezanos de La Zaranda como unos ejemplares especiales, que lo son, pero no solo por ello, sino por su manera de entender los escenarios. Ellos ni hacen teatro, aseguran que «juegan»; ni admiten palmas, «eso es para otros». Termina la función, se dan la vuelta y a otra cosa. «El mayor reconocimiento es cuando lo hacen desde el cielo. Hago teatro para los muertos», lo dice Francisco Sánchez (o Paco de la Zaranda) en «La Zaranda, teatro inestable», el documental que se mete hasta la cocina de su última creación paseada por España, «El desguace de las musas». Un proyecto truncado, como otros tantos por estas fechas, que espera su estreno definitivo en el Festival de Málaga cuando el COVID-19 lo permita.

Dicen que el teatro tiene algo de oráculo y La Zaranda lo demuestra: habló de epidemias y se enfundó trajes asépticos. «Eso ya lo hemos dado», reconoce Eusebio Calonge durante un confinamiento que entiende como un «recogimiento para encontrarse con lo esencial». Como hombre de teatro, se siente próximo «a la carencia y a la adversidad. Un palo más del que no sabemos cómo saldremos, pero lo haremos».

LA RAZÓN ha accedido así a una filmación dirigida por Germán Roda y Venci D. Kostov en la que se muestra por primera vez el proceso de montaje de un equipo que cumple la cuarentena alejado de su Nave, esa caverna platónica en la que afilan la mirada para ver dentro de la sombra, «que, a veces, no muestra nada, pero que en otras confirma que el arte merece la pena. Intentamos arañar a la muerte alguna verdad», apunta Calonge. Esa palabrería, sumada a sus maneras, es la que engatusó la mirada del documental: «Para ellos hay dos cosas innegociables, el respeto y el compromiso con la actuación. Solo buscan que el teatro llegue hasta ellos», comenta la dupla de un rodaje en el que la obsesión fue captar la atmósfera de la experiencia, «indescriptible».

Porque La Zaranda no guarda un orden coherente fuera de La Nave. Allí, en ese antiguo almacén de grano, todo empieza con un impulso por descubrir muchas cosas en poco tiempo. Con solo el movimiento de unas mesas se les dispara la imaginación. Así lo cuenta Gaspar Campuzano: «Se van creando espacios diferentes con los que alucinamos. El teatro empieza a darte muchas cosas»; o, como firma Calonge en «Teoría y práctica de lo incierto» (La pajarita de papel), «un espacio. Así sea en el blanco del papel como en el negro del escenario, se desbroza con una imagen». El teatro de La Zaranda «es un fluir de la energía que tiene como combustión la palabra». Palabra que, sobre el papel, escribe Calonge, dirige Paco de la Zaranda e interpretan Campuzano, Enrique Bustos y los oportunos añadidos (en «El desguace de las musas», Gabino Diego, Inma Barrionuevo y María Ángeles Pérez-Muñoz). «Es un reto encontrar gente con la que encontrar un vínculo», comenta Bustos de un teatro «íntimo» y «sin horarios».

Aunque la premisa es siempre la misma: «Jugar». Palabra del director. No hay otra. No parten de una obra cerrada. «Yo puedo pautar, pero esas marcas no valen. Surgen cosas. Lo importante es que nosotros, como actores, podamos ir acercándonos a los personajes». «¡Ni se os ocurra memorizar el texto!», abronca Paco de la Zaranda mientras levanta la trama de ese cabaré en horas bajas al que el público le dio la espalda hace meses. En esta compañía no vale lo impostado. Se detiene el ensayo: «No hagas teatro porque eso está prohibido», clama el director apoyado en un Calonge que le sigue: «Tienes que “cotidianizar” esos brazos».

El que quiera encontrar el camino dentro de La Nave, debe perderse, «tener la osadía de despojarnos de las reglas y leyes artísticas», en palabras del autor. Y es que los jerezanos no quieren saber el final de sus espectáculos. Lo tienen escrito en el libreto, «pero si coincide con él [al final de los ensayos] es porque la obra ha sido muy mala. El teatro tiene que decirte lo que es, no lo que tú piensas». Son las normas de La Zaranda, la forma de vida de «unos viejos en peligros de extinción», cierra Calonge.