El ciego que atrapó al nazi más buscado: Adolf Eichmann

Se cumplen 60 años del vuelo que llevó al arquitecto de la Solución Final hasta Israel para ser juzgado. Un viaje que no se hubiera producido sin la colaboración e intuición de Lothar Hermann y su hija adolescente

En su tesis sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt destacó que uno de los aspectos clave del “caso Eichmann” era que “hubo muchos hombres como él”. Personas que, lejos de ser pervertidas y sádicas a simple vista, pasaban desapercibidas: “Fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”. Tan naturales como para huir por la puerta de atrás de la Alemania vencida y rehacer una nueva vida lo más lejos posible: principalmente, en Suramérica.

Así llegó el “normal” de Adolf Eichmann hasta Argentina. El arquitecto de la Solución Final había tenido que hacerse pasar por un par de Ottos (Eckmann y Heninger) para huir de Europa antes de adoptar el rol de Ricardo Klement, un hombre que huía de la devastación nazi en el Viejo Continente. Evidentemente, omitió que él era parte de ese terror. No era raro encontrar a un alemán por aquellas tierras, ya que fue lugar de destino décadas antes de la subida del nazismo al poder.

El que también salió a la carrera de Alemania fue Lothar Hermann, aunque sus motivos fueron bien distintos. Este abogado judío y militante del Partido Comunista de Alemania no quería más que vivir. Con Hitler ya en el poder, y con las Leyes de Nuremberg sembrando el antisemitismo por los rincones germanos, Hermann decidió que poco o nada debía hacer allí. Ya había sufrido las penurias del campo de concentración de Dachau, en el que las torturas de los carceleros le hicieron perder un ojo y casi toda la visión, así que cedió todo lo que tenía para emprender una nueva vida en Argentina. La Segunda Guerra Mundial ni siquiera había comenzado, pero el tufo a tragedia era evidente (Hermann perdería en ella a casi la totalidad de su familia). Era 1938.

Quedaba mucho para la llegada de Eichmann al Cono Sur, que se produjo al finalizar la guerra, pero aún faltaba más para que los caminos de ambos se cruzaran a través de sus hijos: Silvia Hermann y Klaus Eichmann, cuando, a mediados de los 50, los adolescentes se conocieron en un cine de Olivos (provincia de Buenos Aires). Él se presentó y la procedencia alemana de ambos hizo el resto. De aquel encuentro surgió una especie de romance que continuaría por carta.

Con Lothar Hermann al tanto de la relación de su pequeña, y de un apellido que no había ocultado el muchacho, la situación cambió cuando los diarios locales informaron de los nuevos juicios a los criminales nazis en Europa. Entre ellos, faltaba un nombre, el de Adolf Eichmann, del que no se sabía con certeza su paradero. Unos apuntaban a Egipto, otros a Kuwait... Eso fue como un resorte para que hija y padre atasen algunos cabos. Silvia no mandaba la correspondencia a casa de los Eichmann sino a la de un amigo, y, además, las historias familiares que Klaus había dado a la joven variaban dependiendo del día; a veces vivía con su tío, otras con su padrastro...

De esta forma, comenzó una investigación “amateur” que terminaría con una carta a la fiscalía alemana proporcionando la información recabada, pues la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA) y la embajada de Israel les desoyeron. Tuvo que ser Fritz Bauer, amigo y ex compañero de Lothar en Dachau, el que tomase el caso. La cautela le hizo huir de la ayuda de sus propios compatriotas para evitar filtraciones, así que recurrió a Israel, al tiempo que contestó con una vieja fotografía del nazi para que los informantes cotejasen el parecido con el actual Eichmann.

Con esa prueba en la mano, a Lothar y a Silvia no les quedó otra que ir a comprobar quién era verdaderamente el padre de Klaus, así que allí que se presentó la adolescente, en el 4261 de la calle Chacabuco (en esta situación, el padre, evidentemente, no podía aportar más que su intuición). Consiguió estar cara a cara con “el buscado” con la excusa de ir a ver a su amigo. Sin embargo, no fue un encuentro cómodo. No la esperaban y Adolf Eichmann hizo su aparición como padre de la familia, aunque Klaus se contradijo. Algo no cuadraba.

Hermann escribió a Bauer para contarle los avances (en total se intercambiaron más de veinte cartas), aunque el proceso iba a ir muy lento. El Mosad (la agencia de inteligencia israelí) envió a un agente para comprobar las informaciones, pero, al llegar, le dio poca credibilidad al testimonio de una joven y de un señor prácticamente ciego. No cabía la posibilidad de que el alto mandatario nazi viviera en una barriada pobre ni de que la familia continuara utilizando su apellido, él, recordemos, se movía como el señor Klement.

Ante la falta de noticias, Lothar, ya mosqueado, volvió a la carga: “Parece que ni alemanes ni israelíes están interesados en apresar a Eichmann”. Una pasividad que permitiría al fugitivo trasladarse. Cambio de hogar, pero el runrún ya estaba ahí. La investigación ahora se centraba en la provincia, muy lejos del Oriente Próximo en el que se había focalizado el principio de la búsqueda.

Así, al tiempo, se pudo comprobar que era gerente de Mercedez-Benz y que vivía en San Fernando, no muy lejos de Olivos, en la calle Garibaldi. De ahí que se pusiera en marcha la “operación Garibaldi”: el 11 de mayo de 1960 todo estaba listo para darle caza. Mientras Eichmann volvía del trabajo en autobús, el dispositivo fingió una avería. Le interrumpieron: “Un momentito señor”. Se paró y le atraparon. Los agentes del Mosad le introdujeron en un coche para llevarle hasta un piso en el que interrogarle. Aquel “hombrecito suave” terminó cantando: “Era pequeño, algo patético y normal, no tenía la apariencia de haber matado a millones de los nuestros... pero él organizó la matanza”, comentó uno de los agentes encargados del secuestro, Peter Malkin. El día 20, hace hoy 60 años, “el buscado” era subido a un vuelo que le llevaría a Israel.

“Adolf Eichmann ya está en la cárcel en Israel y pronto será juzgado bajo la Ley de 1950 para el Castigo de Nazis y sus Colaboradores”, comunicaba el primer ministro David Ben-Gurión. Su sentencia sería la horca, pero antes dejaría perlas como la de que se iba a la tumba “con alegría, porque tener más de cinco millones de judíos en la conciencia me da una sensación de gran satisfacción”.

Pero la lucha de Hermann continuó para reclamar los 10 000 dólares de recompensa por haber ofrecido detalles clave sobre unos de los hombres más deseados del nazismo, aunque no fue hasta entrado el siglo XXI cuando Israel reconocería la importancia de las cartas de un Lothar Hermann que, en los años posteriores a la captura de Eichmann, hasta fue acusado de ser el mismísimo Josef Mengele.