El desgarrador testimonio de Ana Frank: vuelve la voz infantil contra el Holocausto

Las directoras Sabina Fedeli y Anna Migotto recuperan las vivencias de Ana Frank, con la colaboración de Helen Mirren, en un documental que pretende mantener viva la memoria sobre el horror nazi

Los ojos de los alemanes parecían llevar años llenos de raspaduras de vidrio, plagados de cal viva, cuando el 15 de abril de 1945 las tropas británicas liberan Bergen-Belsen, uno de los campos de concentración nazis de la Baja Sajonia, y les obligan de forma inmediata a entrar en las instalaciones de ese particular y abigarrado depósito de muerte con el fin de que contemplen todo lo que había estado sucediendo a escasos metros de sus confortables casas. Para que miren de frente las consecuencias del horror perpetrado y observen la devastación de las pilas de cadáveres que se habían construido entre los muros de aquel escenario dantesco para el que habían decidido fingir que estaban ciegos.

Como si el horror del mundo se pudiera tapar con un paño blanco. Como si el mayor exterminio de judíos de la Historia se borrara de las esquinas del tiempo poniéndose de espaldas. Si no lo verbalizas, no existe. Si no lo ves, no ha ocurrido. Si no estás presente, no puedes ser cómplice. Pero ocurrió, existió, se produjo, fue verdad. Y entre los más de 50.000 cuerpos cuya vida se quedó en el corazón del campo se encontraba el de la joven Ana Frank. Exponente de la memoria escrita del Holocausto, icónica víctima de su destino y cronista improvisada de un tiempo para el que nadie merecía haber nacido, esta perspicaz y vitalista judía hija del teniente Otto Heinrich Frank y la ama de casa de familia acomodada Edith Frank, pronto encontró en la palabra un aliado contra el miedo, pero más aún contra el aburrimiento. La figura encuadernada de una voz amiga a la que recurrir para dejar constancia de sus ideales, de su crecimiento, del perfilamiento progresivo de su ética e incluso de esos incipientes despertares amorosos y sexuales que rompen durante la adolescencia.

El mismo día en el que cumple trece años, sus padres le regalan junto con una blusa azul, un puzle, un tarro de crema, unas flores y dos peonías, un diario: “Para realzar todavía más la idea de mi anhelada amiga en mi imaginación, no quisiera apuntar en este diario los hechos sin más, como todo el mundo, sino que haré que este diario sea como una amiga y llamaré a esa amiga Kitty”, escribe el 12 de junio de 1942 para bautizar las páginas de un depositario de confesiones que la acompañaría fielmente durante los dos años y medio siguientes que pasó escondiéndose de los nazis con su familia en una casa de Ámsterdam ubicada en el número 263 de la calle Pinsengrancht.

Generaciones perdidas

Con el objetivo de rescatar la memoria de todos los que un día pensaron que había dejado de pertenecerles y establecer un recorrido de tintes didácticos por los diferentes puntos clave del auge y posterior desarrollo del nazismo en Alemania a través de las descripciones que Ana va plasmando en el diario, las directoras italianas Sabina Fedeli y Anna Migotto construyen en “Descubriendo a Ana Frank. Historias paralelas”, documental que se estrena hoy en la sala virtual de A Contracorriente, una destacable reconciliación con el pasado. Pero también inciden en una advertencia urgente para el futuro de las nuevas generaciones.

“Los jóvenes de hoy en día no son totalmente conscientes de lo que sucedió con la comunidad judía. Saben qué pasó, pero no creo que el mundo adulto haya podido transmitir de forma coherente lo que fue en realidad. Ahora bien, aquellos que entran en contacto con el testimonio directo de un superviviente, sí que completan ese aspecto de la conciencia que muchas veces hace falta. Me gusta trabajar el concepto identitario. Cuando uno es joven se hace muchas preguntas, intenta encontrar su sitio en el mundo de maneras muy diferentes y en el caso de los grupos nazis, por ejemplo, muchos de ellos se meten en este tipo de agrupaciones para sentir que forman parte de algo. Para paliar su sed de identidad. Los jóvenes saben lo que es el nazismo, sí. Pero, ¿quién lo ha entendido?”, señala Anna Mingotto por videoconferencia desde su apartamento italiano.

Después de quince años

La oscarizada Helen Mirren ejerce como narradora del relato y a través de su voz van sucediéndose algunos fragmentos del diario mientras cinco mujeres supervivientes del Holocausto, Arianna Szörenyi, Sarah Lichtsztejn-Montard, Helga Weiss y las hermanas Andra y Tatiana Bucci van intercalando sus demoledores testimonios. Algo que llama poderosamente la atención es el tiempo transcurrido entre la atrocidad cometida y las denuncias públicas de quienes la sufrieron. Tuvieron que pasar quince años, desde 1945 hasta el primer juicio de Adolf Eichman en Jerusalén durante el 61, para que la comunidad internacional comenzara a escuchar los testimonios de los supervivientes.

La juventud, heredera de un pasado inamovible, hija de un presente enrarecido, invade todos y cada uno de los espacios del documental de manera aleccionadora y en cierto modo redentora. Excepto en casos como el de Irma Grese. Las guardias de las SS eran terriblemente jóvenes. Tan solo tenían un par de años más que Ana y su hermana Margot y pronto se convirtieron en cruentas torturadoras. Una de las más conocidas y feroces era Irma Grese quien posteriormente terminó siendo condenada a muerte en un juicio celebrado por las mismas fuerzas británicas que liberaron el campo. “Eché a correr, pero justo cuando estaba llegando al barracón me detuve porque vi llegar a tres cuatro nazis bien vestidos que venían hacia mí de frente. Detrás de mi espalda tenía a Irma Grese. Todos estaban enamorados de ella. En un momento dado me giré por curiosidad y vi que me estaba apuntando con una pistola. Ese fue el único momento en el que me di cuenta que podía morir”, reconoce con voz quebrada Arianna Szörenyi, superviviente italiana de Auschwitz.

“Nos hacían jugar al corro y cantar una canción en alemán: “Enseñad los pies, enseñad los zapatos”. Yo tenía los pies enfermos y no tenia zapatos. Solo unos sin suela. Me fastidiaba mucho tener que cantar en alemán y sobre todo tener que jugar al corro sabiendo que mi madre estaba fuera y quizás, estaba esperando la comida. Sentí tanta rabia…porque la “kapo” me gritaba “¡canta, canta, da vueltas!” y tenía las piernas llenas de marca porque esas brujas usaban un látigo de goma con un alambre dentro”. Nos hacían recoger los cadáveres. Teníamos que cogerlos dos por los brazos y dos por las piernas. Pero cuatro niñas no teníamos la fuerza suficiente y terminábamos arrastrando los cuerpos muertos", prosigue Szörenyi.

El sonido de las porras

Uno de los elementos generacionales que introducen las cineastas italianas en el documental es través del personaje de Karina. Una millennial que emprende un particular viaje por los lugares descritos en las páginas del diario y se pregunta en voz alta por los sueños, deseos y esperanzas de la judía mientras los escenarios van cambiando y la voz de Mirren, contextualiza y personifica las emociones extraíbles del diario, sentada en la silla de una reconstrucción del escritorio y el cuarto de Ana. Un habitáculo que la joven tuvo que compartir durante los dos años de refugio con un dentista cuarentón llamado Fritz Pfeffer. En este microcosmos escondido detrás de la librería de la casa de Ámsterdam, las referencias culturales de Deanne Durbin, Ginger Rogers, Greta Garbo en “Ninotchka” o Sonia Heine, campeona de patinaje de Noruega, cuelgan de las paredes y alimentan los anhelos de una vida mutilada con infame rapidez.

El sábado 15 de julio de 1944, escribe con una asombrosa agudeza: “Querida Kitty: Me es absolutamente imposible construir cualquier cosa sobre la base de la muerte, la desgracia y la confusión. Veo como el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto. Oigo cada vez más fuerte el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas. Y, sin embargo, cuando me pongo a mirar el cielo, pienso que todo cambiará para bien, que esta crueldad también acabará, que la paz y la tranquilidad volverán a reinar en el orden mundial. Mientras tanto, tendré que mantener bien altos mis ideales. Tal vez pronto llegue el día en que pueda hacerlos realidad…Tuya, Ana Maria Frank”.

Un concepto, el de los ideales, que se ha desvirtuado sorprendentemente en las generaciones actuales según Mingotto: “Considerábamos que la historia del Holocausto merecía ser contada otra vez, sobre todo por los tiempos que corren. En nuestro continente, pero también en América. Las señales que nos llegan son bastante peligrosas. Movimientos antisemitas, neonazis, racistas, supremacistas, nacionalista… Es decir, todo aquello que divide y no une. Era necesario recogerlo para refrescar la memoria", señala la cineasta. "De alguna manera queríamos hablar con un público joven a través del documental. Y es que toda esta historia si te das cuenta está rodeada de ellos. Ana Frank era joven, las propias supervivientes eran jóvenes cuando estuvieron en los campos de concentración, las personas de la cuarta generación que todavía guardan en la memoria lo sucedido también son jóvenes (refiriéndose a la violinista, a los tres nietos y al joven que se tatúa en número de la abuela en el brazo).

Entre tanto, las miradas endurecidas por la dignidad de las supervivientes se van intercalando: “Escuchamos el ruido de las porras. Nos golpeaban constantemente con ellas. Nos decían: “Aquí se entra por la puerta, pero se sale por la chimenea”. No siento odio hacia las personas. Al contrario, allí aprendí a amarlas. Pero sí odio a los nazis. Nunca les perdonaré lo que les hicieron a los niños que acabaron en las cámaras de gas. Mi mejor venganza contra ellos son mis hijos, mis nietos y mis bisnietos”, afirma la polaca afincada en Francia, Sarah Lichtsztejn-Montard, después de haber pasado por los campos de Drancy, Auschwitz y Bergen-Belsen. Durante una de las mayores redadas llevadas a cabo en suelo francés por parte de los alemanes, Sara fue arrestada como tantos otros miles de judíos en el Velódromo de Invierno de París. Tras conseguir escapar de allí y vivir durante dos años escondida en la capital, se la llevaron. Solo tenía 14 años, un año menos que Ana.

“Da la sensación de que estas mujeres han entendido mejor que nosotros lo que realmente importa. La intención originaria de los nazis era deshumanizar a estas personas. Y el efecto que se consiguió fue precisamente el contrario”, apostilla Mingotto. Supervivientes como Sarah han aprendido a refugiarse en esa vida que brota. En esas ramificaciones de sangre que actúan como la mejor estocada. Como la revancha más humana y más limpia contra la barbarie del nazismo. Nacer y ver nacer para vencer a la muerte, para quemar el odio, para invalidar la locura de la destrucción. Qué hermosa contradicción. Qué arrebatado triunfo.