Jaime Rocha, el espía español que colaboró con la CIA para localizar a Gadafi

Publica, “Operación El Dorado Canyon” un libro novelado en el que cuenta verdades y mentiras sobre sus tres años en el Magreb trabajando para el CESID

He entrevistado al espía español Jaime Rocha, 28 años al servicio del CESID primero y del CNI después, pero no tengo pruebas. Al otro lado del teléfono, desde su casa de Cádiz, Rocha, o Roig o Reyes, desvela a LA RAZÓN, cómo fue antes espiado que espía y entró en el servicio de inteligencia español a las órdenes del General Manglano, “sin llamar a la puerta”, porque fueron a por él. Ahora, este especialista en cambiar de pasaporte, hasta 20 tuvo, cuenta una pequeña parte de sus secretos en “Operación El Dorado Canyon” (Doble Identidad), una novela en la que todo es verdad y todo es mentira, o eso quiere hacernos creer. Todo empieza y termina con una “cerveza envenenada”.

En los últimos meses de 1978, el español Jaime Rocha, hijo de un oficial de artillería, llevaba sólo un año y medio en una cuadrilla de Harriers de la base naval de Rota en Cádiz y, a pesar de que quiso hacer carrera en el Ejército de Tierra, “en Cádiz todos iban a la Armada”. Disfrutando de su rango de Teniente de Navío, recibió la invitación de un compañero a una charla en un hotel de la ciudad. Y empieza la historia, primera “cerveza envenenada”: “Te necesitamos Jaime”, le dijo este amigo cercano perteneciente al recién creado Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), fruto de la unión del Servicio de Inteligencia del Alto Estado Mayor y del Servicio de Inteligencia de Presidencia del Gobierno, creado por Carrero Blanco.

“Yo sólo hice tres preguntas”, explica el escritor y columnista, “¿Qué tengo qué hacer?”, a lo que le respondieron que ya lo averiguaría; “¿seguro que valgo para eso?”, “claro que sí, te hemos estado observando”, fue la contestación; “¿Se cobra más?”, fue el último interés de Rocha. Ni mucho menos, le dijeron, y él no dudó en dar un sí rotundo, a pesar de que no podía decírselo a nadie (“se lo dije a mi mujer inmediatamente”) y que su padre, que falleció por esas fechas de un infarto, le recomendó que no aceptase: “Tengo amigos metidos en eso, no deberías hacerlo”. Ahora Jaime Rocha casi no duda de que fue una conversación entre espías: “estoy convencido de que por eso me advirtió”. También descartamos que su mujer, Carmen en la novela y en la vida real, sea espía, a pesar de que nunca preguntara nada y se conformara con llamadas desde aeropuertos de Frankfurt y Roma: “Sería buenísima”.

Destino Libia

Tras aceptar el reto y sortear la negativa de sus mandos en Rota, Rocha se dirigió a Madrid para realizar un curso de seis meses para entrar en el CESID, aunque en la nota oficial se incorporaba al “ente” “Subsecretaría de Defensa”. Junto a otros candidatos (si no pasaban las pruebas eran devueltos a su vida anterior) aprendieron técnicas y algo de “inteligencia emocional” e incluso, confiesa, les sometieron a “situaciones de estrés”. Tras conseguir su ingreso en 1979, reconoce que no era la mejor época para pertenecer a los servicios de inteligencia, en una época convulsa, todavía agitada por la salida de la dictadura, huelgas salvajes de los astilleros (con KGB de por medio) y en la que campaban a sus anchas ETA y los Grapo. Recuerda momentos difíciles como “cuando tenía que llevar a mi hijo a la universidad, bajaba primero yo solo al garaje, miraba debajo del coche y lo arrancaba y si no pasaba nada, entonces le avisaba para que se subiera”. Probablemente ahí es cuando se le ocurre utilizar sus siglas, J. R., para todos sus alias: “Fue idea mía” y recuerda que “el primero fue Juan Reyes” y el último, casualmente, el que aparece en su libro, Roig.

Tras el intento de golpe de Estado del 23 de Febrero, el general Emilio Alonso Manglano es nombrado director de “la casa”, como la llaman sus “habitantes”. Gracias a su relación con él y a sus conocimientos de inglés y francés, Jaime Rocha es nombrado jefe de las redes clandestinas del Magreb. “La vida te lleva por donde quiere”, confiesa el ex espía cuando le preguntamos por el nombramiento. Y ahí es cuando el libro se mezcla con la realidad. Bajo la tapadera de una empresa de ingeniería “que no nombro en el libro”, Jaime Rocha, ahora con otro nombre, aterriza en el área del Magreb para comenzar una aventura que durará tres años y 20 pasaportes y que incluye todos los ingredientes. “Me presentaron a Muamar el Gadafi”, del que asegura que tenía poco sentido del humor, se creó archienemigos (Sayed en el libro, fue uno de ellos, fue un personaje real, “pero no es su nombre”), intentaron captarle para el yihadismo y tuvo que salir corriendo de allí en una de las dos ocasiones en las que creyó que no volvería a ver a su familia (en la otra, tras una hora de interrogatorio en francés en una gendarmería, “corrí delante de la policía hasta conseguir un vuelo a Barcelona").

Pero aún así tuvo la brillante idea de ofrecerse voluntario para volver a Libia en el peor momento. Tras los atentados contras las FAS americanas en Beirut en octubre con 241 muertos, el del restaurante El Descanso, próximo a la base hispano-americana de Torrejón de Ardoz en Madrid en 1985 con 18 fallecidos y los 3 asesinados en el atentado contra la discoteca La Belle en Berlín en 1986, el presidente norteamericano Ronald Reagan ordena la “Operación El Dorado Canyon”. La CIA solicitó entonces la ayuda del CESID. Y Jaime Rocha levantó la mano cuando Manglano, fracasado el primer intento de mandar un espía entre periodistas que no dejaron desembarcar en Trípoli, preguntó de nuevo. Sólo fueron 10 días los que nuestro espía pasó por las calles del Líbano fotografiando artillería, “que no se movía”, radares y residencias de Gadafi, que lo mismo “dormía una noche en una jaima que en palacio”. Todo esto se cuenta en el libro, pero Rocha ha tenido la picardía de alterar el orden de los hechos para que no sepamos leer entre líneas.

Al otro lado del muro

A su vuelta, se incorporó a la dirección de una estructura que se llama Infraestructuras Operativas, que lo que hace “es crear empresas pantalla y cobertura para gente que está infiltrada en alguna unidad”. Su siguiente destino fue Checoslovaquia, en plena caída del muro de Berlín, como consejero de Educación, Cultura y Prensa de la Embajada de España en Praga de 1989 a 1994, y que contará en su próxima novela “con título provisional “El muro””, en el que narra los cinco años que estuvo destinado allí con pasaporte diplomático.

Después de conocer a líderes como el libio Gadafi, el sirio Afez Al Assad, el tunecino Zine El Abidine Ben Ali y al checoslovaco Václav Havel (“buena persona, muy tímido”), y de haber ostentado en el ahora CNI, a parte del Magreb, la Jefatura del Área de Europa y América del Norte de la División de Inteligencia Exterior, disfruta jubilado de su casa de Cádiz, de sus cinco hijos y de sus 14 nietos. Incluso le ofrecieron una subdirección general en el 96 en La Moncloa, que no consiguió superar los recelos de un vicepresidente a que un espía estuviera en el Gobierno.

Cambió entonces de tercio, y, alejándose ya de “la casa”, estuvo trabajando cinco años en una empresa de la familia Michavila en Castellón. Al montar su propio negocio después, cinco malditas hernias le postraron y eso lo aprovechó Jenaro Jiménez para quedarse con 730.000 euros de Rocha, una fortuna. Aún sigue en contacto con los servicios de inteligencia a través de un grupo de ex espías que dan a conocer este mundillo en conferencias por toda España y asegura que lo de “ex” es cierto, aunque “podría pasar” que alguna vez le pidan consejo desde “la casa”.

Ahora disfruta del éxito de su novela, fruto de la última “cerveza envenenada” que se tomó con Ángel Expósito que le convenció para publicarla tras cuatro años, parte de ellos escuchando a sus hijos, para quienes estaba destinada: “Papá, la novela, papá, la novela”, . Tras pasar la censura del CNI (“no me tocaron ni una coma”), donde todavía le invitan a la copa de Navidad, ahora el libro se encuentra en los despachos de la FOX, para ver si ve la luz como miniserie o película.

En sus recuerdos, aquella vez que estuvieron a punto de saludarle dos personas que le conocían por dos nombres distintos, cuando no pudo ir a la boda de su hija con el uniforme de Capitán de Navío (fue nombrado “en secreto” en el 93). Sigue sentándose de cara a la puerta cuando va a un restaurante o a un bar, pero ahora, huye de las “cervezas envenenadas”: “He tenido muchas. Cada vez que un amigo me llama y me dice “te invito a una cerveza” me espero lo peor”. Esta es la entrevista que grabé, y que tras colgar con Jaime Rocha, se borró de mi teléfono...

Reivindicando a Manglano
Jaime Rocha sólo trabajó tres años en el gabinete del general Manglano, pero su relación “profesional y personal”, le impulsa siempre a reivindicarle, e incluso le dedica la novela. “Los medios enseguida informaron cuando le condenaron por las escuchas. Pero no publicaron nada cuando le absolvieron. Los únicos que lo hicieron fueron Felipe González y el que le nombró para dirigir el CESID, el ministro Oliart”. Rocha siguió teniendo encuentros con él “en su casa de Francisco de Sales para tomar un café. Lo que le hicieron fue un agravio tan injusto". Por eso no deja de repetir que el general, fue el verdadero “creador del moderno servicio de inteligencia español”.

Título: «Operación El Dorado Canyon»,

Autor: Jaime Rocha

Editorial: Doble Identidad