Sobrevivir a los Rolling Stones

Stanley Booth pasó una gira en la caravana de la banda y las secuelas le han durado hasta hoy. Tardó 20 años en escribir un libro, ahora reeditado con motivo del 50 aniversario de la banda. Otro volumen reúne las mejores fotos en medio siglo.

Mick Jagger, en el rodaje de «Performance», fotografiado por Baron Wolman en 1968, de «Rolling Stones 50 x20»
Mick Jagger, en el rodaje de «Performance», fotografiado por Baron Wolman en 1968, de «Rolling Stones 50 x20»

Contar la historia del rock en el último medio siglo es contar la historia del mundo. Y hablar de los Rolling Stones es hablar de la más grande banda de rock, de los únicos supervivientes a todas esas décadas en las que el orbe dejó de ser el que era muchas veces. Mientras aquella banda de rock dejaba de ser un grupo de niños, llegaron las drogas, los fans, la guerra, los hippies, la violencia, más drogas, la fama, la muerte, la Guerra Fría, los disturbios sociales, el dinero, los yuppies. Aún más: esos chicos del entorno de Londres, algunos muy escasitos de formación, llevaron la vida con la que todos los artistas sueñan: gloria, dinero, reconocimiento, diversión. Pero no crean, no fue fácil: que se lo pregunten a Stanley Booth, periodista nacido en el medio Este americano que se propuso escribir un libro sobre el grupo en el fatídico año 1969. Hoy sigue pagando las consecuencias de ese atrevimiento. El libro, «La verdadera historia de los Rolling Stones», vio la luz mucho tiempo después, en 1984, y ahora aparece reeditado para celebrar el medio siglo de la banda.

Pérdida de la inocencia

La historia de los Rolling Stones está dominada por un misterioso designio, el de un grupo pequeño de personas flotando en una balsa frente a la historia, mecidos en el océano del cambio de los tiempos. Es complicado saber leyendo a los testigos si la banda quería cambiar el mundo; más difícil aún resulta saber si eran conscientes de que lo estaban provocando, aunque, atendiendo a las diferentes versiones que se dan de su historia, lo único que parece claro es que permanecían ajenos a los tiempos convulsos en los que vivían. El retrato de Booth es el de unos jóvenes asidos a una especie de frivolidad infantil hasta que llegaron los setenta, hasta que una persona perdió la vida en su concierto de Altamont (San Francisco) y, en parte por culpa de ese fallecimiento, se desmoronó el sueño de los sesenta. Fue una pérdida de inocencia colectiva. Booth era un don nadie, un «plumilla» que había escrito una pieza de 180 palabras sobre el juicio por posesión de drogas en Inglaterra. Pasó aquel año junto al grupo con un propósito difuso, con la idea de escribir una especie de biografía no autorizada, pero no tenía ni idea de lo que iba a ocurrir. Lo que en ese año consiguió fue obtener mucha información sobre los orígenes del grupo, hablando con la banda acerca del pasado –menos con Mick Jagger, que sigue siendo el Stone al que menos voz se le ha dado con mucha diferencia–, y obteniendo una versión que Richards avala.

Los Stones son hijos de la generación de postguerra, en la que «cualquier niño del mundo, con independencia de dónde estuviera, podía meterse en la cama temiendo por su vida. Algo va mal en un mundo así», describe el autor. Esa especie de psicosis nuclear es la que, según Phil Spector, le daba a los niños ingleses una condición parecida a los hijos de los esclavos negros de América: «Cuando ves un niño inglés en el noticiero, puede tratarse de Paul McCartney. Parece una tontería, pero hay algo en la imagen: un apagón, una sirena, el sonido de las bombas incendiarias». En la narración se van intercalando episodios del pasado mientras se acercan los momentos fatídicos. Pisos compartidos que parecen estercoleros, compañías que siempre tienen drogas a mano, escenas de histeria que no son las de chicas que se sujetan la cara y gritan, sino la descripción de mareas humanas hundiendo el techo de un automóvil mientras los Stones lo sujetan desde el interior, o fans que pierden dedos de una mano tirando para agarrar una pandereta que Mick Jagger ha arrojado desde el escenario. La narración de Booth –en la que él es demasiado protagonista– está llena de ese tipo de imágenes que presagian la tragedia. Por el relato desfilan Janis Joplin, B. B King, Jimi Hendrix, Chuck Berry, Ike y Tina Turner... todos como fantasmas sin alma, envueltos en el sinsentido de actuaciones en pabellones deportivos o en convivencias en autobús y aviones privados donde se fuma marihuana sin pausa ante la mirada de agentes de la policía. «Era como estar en un rodeo –describe el periodista–. Con una mano te sujetas el sombrero, mientras con las espuelas enfureces al animal, que está haciendo todo lo que puede por matarte».

El «idiota» Brian Jones

Toda la narración parece estar partida en dos: el antes y el después de la muerte de Brian Jones, que Booth no vive con el grupo pero que retrata en varios capítulos. Jones ha pasado a la historia como un mito amable, pero de él se dan definciones bien distintas. «Tenía una veta odiosa», dicen, achacándolo, en parte, a su origen galés. «Era guapo y tonto», «siempre buscaba destacar», «era un paranoico», «un idiota antisocial», son algunas de las descripciones que se hacen de su carácter. De su inestable personalidad dan muestra los intentos de suicidio poco convincentes, o el hecho de que se rompiera la mano pero nunca revelase que fue golpeando a su novia de entonces, Anita Pallenberg. Sobre su muerte, Richards afirma que «se lo ganó a pulso. Si tú tomabas 1.000 dosis de LSD, él tenía que tomar 2.000». De Wyman se traza un retrato acomplejado, inseguro, constantemente necesitado de compañía femenina, mientras que las disputas entre Mick Jagger y Keith Richards ni siquiera se vislumbran por entonces: «Su relación funciona porque Keith no sabe lo que dice, pero Mick es el único que sabe interpretarlo. Habrían formado juntos un grupo igual aunque no se hubiesen topado con ninguno de los demás».

La banda, que en sus comienzos intentaba evitar el consumo de drogas, empezó a utilizarlas a la misma velocidad que cambiaban sus fans: «Ya no eran treceañeras que se orinaban en los asientos. Eran anarquistas distribuyendo panfletos», escribe Booth. El lujo también está muy presente. Los Stones llegaron a ganar ese año 2,5 millones de dólares en apenas 42 días, a razón de conciertos que no llegaban a la media hora, ya que invariablemente terminaban en disturbios o escenas de histeria femenina. El libro «Rolling Stones 50 x 20», que acaba de editarse, capta esas escenas de interior con limusina en la puerta, y, de paso, nos enseña sin querer el perfil más humano de «Sus satánicas majestades»: el que envejece. En el punto opuesto al lujo, en la oscuridad («por la que sentían verdadero interés», escribe Booth) está el paisaje del triste concierto de Altamont, que se asemeja a un «Jardín de las delicias» de El Bosco pasado por el tamiz de una película de terror. Los hechos están muy bien contados también en «Gimme Shelter», el documental que cuenta cómo lo que iba a ser una fiesta de paz y amor de cientos de miles de jóvenes terminó en el asesinato de uno que blandió un arma en plena actuación. En un alarde de ingenuidad, The Rolling Stones encargaron la seguridad del multitudinario evento a los Ángeles del Infierno, una banda motera de matones barbudos, porque desconfiaban de la Policía. El concierto se convirtió en un festival de enajenación y con aquelloos hechos se desmoronaron ideales incluso dentro de la propia banda, un proceso que el libro de Booth cuenta mejor que ningún documental, desde una perspectiva íntima, como la de «una mosca en la pared». Lo interesante es que todo queda en el aire, las dudas no se despejan. ¿Ocurrió de verdad o fue solo un sueño?