Kapaun, el capellán que fue un héroe en la Guerra de Corea y que quieren canonizar

Falleció en un campo de concentración y recibió por su generosidad y sacrificio multitud de condecoraciones

Todos lo conocían como el padre Kapaun, pero su nombre bautismal era Emil Joseph Kapaun y fue un héroe condecorado en la Guerra de Corea del norte, conflicto que ahora cumple su 70 aniversario. Nació en 1916 en un pueblo de Kansas, en el seno de una familia de inmigrantes que procedían de Checoslovaquia. Su vocación no provino de ninguna iluminación o de la caída de un caballo, sino de una fe que le condujo al seminario en vez de a la universidad a una edad temprana. Su vida es casi una paradoja. Un hombre de paz en tiempos de guerra. Vino al mundo, en medio de la Primera Guerra Mundial, asistiría a docenas de hombres durante la Segunda Guerra Mundial en el frente del Pacífico y estaría junto a las tropas norteamericanas durante la Guerra de Corea. Pocas veces un sendero volcado en paliar el mal se lo encontró tan a menudo.

Su renombre comenzó cuando abandonó Massachusetts y aterrizó en Birmania. Para paliar la conciencia de los soldados y apoyarlos en el frente o en la retaguardia en 1945, recorría en un jeep los diferentes emplazamientos para no dejar de ofrecer la comunión o acoger en confesión a quien lo deseara. Los que le recuerdan todavía mencionan su voluntad, su esfuerzo y su implicación con la vida castrense. No vivía apartado de los combatientes, sino con ellos, afrontando sus penurias y participando en las mismas actividades deportivas que celebraban. Creció en medio de la pobreza, una realidad que dio impronta a su carácter y que le ayudó a perfilar su disciplina y voluntad con las tareas comunes que suelen llevarse a cabo en una granja de Estados Unidos. No obviaba sus deberes, no dejaba para mañana lo que podía hacer hoy y siempre mostró una fortaleza física inusual. Desde pequeño se vio atraído por la vida religiosa y antes de alcanzar los años para estudiar un grado superior, decidió tomar el sendero de la religión. Antes de que nadie lo hubiera previsto, ya había regresado a su aldea natal y oficiaba misas en la misma iglesia a la que solía acudir cuando era chico.

Todo cambió con la guerra. No dudó en sumarse como capellán en el ejército americano y muy pronto se vio que la disposición de su temperamento casaba bien con la ajetreada existencia que hay cerca de los frentes. Después de ayudar en la Segunda Guerra Mundial y tras pasar una estancia de tres largos años en su país, fue destinado a Japón en 1949. En ese momento no podía vaticinar que su destino estaba ligado a esa parte del mundo y a una contienda esencial para comprender hoy en día la geopolítica internacional: la guerra de Corea. En 1950 comenzó el conflicto que dividiría ese país entre el norte y el sur a la altura del paralelo 38. Un conflicto cruento que todavía no es tratado con la atención que se merece. Fue destinado como capellán en el 8º regimiento de Caballería. Su unidad fue una de las primeras en unirse a esta lucha. Cruzaron el Mar del Japón, fueron los primeros en desembarcar en esas nuevas tierras asiáticas y en tan solo unas pocas semanas ya estaban en la primera línea de las batallas.

Junto a sus fieles

Cualquier otro hubiera permanecido en retaguardia, pero él se negó. Acudió la lucha al lado de los demás pelotones. Padeció el hambre, el cansancio de las marchas y el estrés de los combates. Cavó zanjas, ayudó a levantar defensas, asistió a los heridos, dio consuelo a los que se estaban muriendo y enterró a los muertos, algunos de ellos, muchos, amigos suyos, muchachos con los que había caminado a su lado. A pesar de los disparos, los bombardeos, el ataque los morteros, los golpes y las carreras, mostró templanza y jamás perdió una ocasión de celebrar una misa o de dar la comunión a unos chicos que podían morir en cuestión de horas. Una leyenda cuenta, incluso, que una bala le arrancó un pitillo de la mano. Para muchos, un milagro que confirmaba que era un hombre de Dios.

La suerte cambió en Unsan. Los americanos tuvieron que retroceder, pero él prefirió quedarse con unos soldados heridos que apenas podían caminar. El 2 de noviembre era capturado por los chinos junto a los infortunados combatientes que no pudieron ser trasladados. La marcha que siguió fue demasiado para muchos. Los que estaban débiles, eran abandonados. Kapaun, a pesar de tener síntomas de congelación, ayudó a muchos de ellos a mantenerse de pie y seguir caminando. La fila de prisioneros era enorme, pero él nunca desfalleció y su ejemplo hizo que muchos se unieran a él en su lucha por sacar adelante a los compañeros más graves. Fueron internados en un campo de concentración cerca de Pyoktong. Atrás habían quedado docenas de muertos.

Él nunca se dejó doblegar y continuó ayudando y consolando en un lugar tan extremo y aislado. No le importaba que su salud se debilitara: siguió ofreciendo su comida a los que se encontraban peor que él. Incluso robó a los guardianes alimentos y medicinas para poderlos suministrar a los presos. Sin embargo, la neumonía, la desnutrición y la debilidad pudieron con él. Los chinos lo trasladaron a lo que llamaban el hospital, un lugar que en realidad estaba hecho para abandonar allí a los enfermos y dejarlos morir. Su cuerpo fue enterrado en una fosa común, en la rivera del río Yalu. Pero su fama trascendió, se convirtió en alguien legendario, recibió incontables reconocimientos y medallas, y ahora existe un movimiento que exige su canonización. Cientos de hombres dan testimonio de todo lo que hizo por ellos y de la capacidad de generosidad de un hombre que al final entregó su vida para que otros la salvaran.