Estrenos de la semana: “Un blanco, blanco día”, “Human Lost”, “Oro blanco” y “La cinta de Álex”

Crítica de “Un blanco, blanco día” : Un hombre y su niebla ★★★✩✩

Dirección y guión: Hlynur Palmasson. Intérpretes: Ingvar Sigurdsson, Ida Mekkin Hlynsdottir, Hilmir Snaer Gudnason. Islandia-Dinamarca-Suecia, 2019, 109 minutos. Drama.
Un plano de lento acercamiento al rostro, cada vez más genuinamente asustado, de una niña de nueve años que, en su cama, asiste horrorizada al cruel relato de miedo que le cuenta su abuelo, sintetiza la esencia de “Un blanco, blanco día”. En realidad el filme es el contraplano a ese relato, otra dilatada aproximación al proceso en que la ira reprimida de ese policía jubilado, que ha perdido a su mujer en un accidente de coche, a la que amaba con locura y a la que ahora le ha descubierto un amante, se va desatando, como descorriendo un nudo que parecía clavársele en la boca del estómago. Primero la ira es un sentimiento de duelo que no se puede expresar; luego, hay la necesidad de venganza, de estallar para entender por qué. Hlynur Palmason trabaja esas dos líneas dramáticas para construir un personaje, espléndidamente interpretado por Ingvar Sigurdsson, que, como el asesino de “Aurora” de Cristi Puiu, es una bomba de relojería a punto de estallar. El cineasta islandés envuelve la narrativa en una niebla que se despeja con lentitud, desplegando los elementos de un posible crimen futuro como quien dibuja el mapa de un lugar en el que todos se conocen y del que nadie puede escapar, esa comunidad insular definida tanto por las inclemencias del clima como por una puesta en escena económica, fría y estática. Hay una cierta violencia hanekiana en la deriva justiciera del personaje, aunque Palmason sabe que la única que puede salvar a esa fiera herida es su nieta, que sabrá reconvertir el miedo que le produce su abuelo en una antigua complicidad, que, por desgracia, no podrá neutralizar los fantasmas del pasado que le acosan.
Lo mejor: Su densa atmósfera, apoyada en la rocosa interpretación de Ingvar Sigurdsson
Lo peor: En su tramo final su elusividad parece un pretexto para sortear agujeros de guión
Sergi Sánchez

Crítica de “La cinta de Álex” : Dibujando la reconciliación ★★✩✩✩

Dirección y guión: Irene Zoe Alameda. Intérpretes: Fernando Gil, Rocío Yanguas, Aitana Sánchez-Gijón, Amit Shukla, Aida Folch. España, 2020. Duración: 109 minutos. Drama.
Y otro debut en el largo de una mujer, aunque más exótico en este caso, el de la española Zoe Alameda, que firma la primera coproducción independiente entre España, India y EE UU. Una adolescente llamada Alexandra se reencuentra con su padre tras una separación de diez años, los mismos que estuvo él en prisión acusado injustamente de ser terrorista. Un tipo sin casa fija que se dedica al comercio internacional y que ahora recupera la custodia de una hija que casi no conoce y bastante marisabidilla y cargante. Ambos viajan hasta la India para seguir con los negocios del protagonista mientras la relación entre ambos va previsiblemente estrechándose hasta que una tragedia que sucede en el ultimísimo tramo de la película amenaza con dinamitarlo todo, y nunca mejor dicho. La realizadora intenta luchar contra los estereotipos, aunque alguno se le escape, en medio de un filme, desde el punto de vista visual, potente y convenientemente colorido (así, las escenas en los telares resultan de las mejores), un viaje hacia la madurez y el perdón que no logra, sin embargo, salpicarnos igual que esos tintes empapan y ennoblecen los tejidos orientales.
Carmen L. Lobo

Crítica de “Human Lost” : “Cyberpunk” vintage ★★✩✩✩

Dirección: Fuminori Kizaki. Guión: Tow Ubukata, según la novela de Osamu Dazai. Japón, 2019, 110 minutos. Animación.
En el Japón de 2036 han desaparecido las enfermedades, la esperanza de vida es de 120 años, resucitar es coser y cantar y nuestro sistema nervioso está controlado por la nanotecnología. Es un escenario clásico de la literatura “cyberpunk”, y es difícil sustraerse al recuerdo de la fundacional “Akira” viendo el diseño urbano de “Human Lost”, que, deliberadamente, toma como modelo la obra maestra de Katsuhiro Otomo -a veces de un modo literal, como en la espectacular secuencia de la persecución motorizada- para retratar un mundo dominado por las grandes corporaciones, que ha tomado el control de nuestras vidas convirtiéndonos en inmortales títeres del sistema. Los que se desconectan de la red se transforman en “lost”, monstruos gigantes que parecen haberse escapado de un ‘kaiju eiga’ de la vieja escuela.
Como “Akira”, cuya tendencia a reventar las leyes de la narrativa -con una sucesión de clímax en la que las metamorfosis y la destrucción del mundo desbordaban la abstracción mutante de la animación- corría paralela a un discurso sobre la hiperbolización de los cuerpos, el terror atómico y la metafísica cibernética, “Human Lost” parece sumergirse en un magma de información indescifrable -aquí, por ejemplo, traducida en siglas de significado forzado (SHELL) o directamente opaco (HILAM, GRMP)- que deriva en verborreas redundantes que intentan clarificar lo que el alambicado relato no resuelve por sí mismo. Este crítico desconoce la novela en que se inspira (“Indigno de ser humano”, de Osamu Dazai), una de las más leídas de la literatura japonesa, de la que parece conservar la estructura capitular pero con la que se toma todo tipo de licencias poéticas, sobre todo en lo que se refiere a su aproximación del género de ciencia-ficción, pero lo cierto es que las sobreexplicaciones que apelmazan el resultado final de la adaptación, densas y reiterativas, no provienen del origen literario.
Es decir, el vertiginoso dinamismo del manga, que cristaliza en ese ‘continuum visivo’ del que hablaba Iván Pintor en su imprescindible “Figuras del cómic”, se interrumpe con el excesivo peso de la palabra, que no aporta nada al diseño de personajes y a la construcción de un universo cyberpunk que el conocedor del género se sabe de memoria. De impecable ejecución técnica, “Human Lost” se queda a medio camino de casi todo, empezando por la insipidez de su presunto héroe, un pintor suicida que podría ser la versión ‘emo’ del Neo de “Matrix”, hasta lo melifluo de su interés romántico. Solo es disfrutable en su evocación de un cierto tono ‘vintage’, que, claro, empalidece cuando lo comparamos con los originales a los que imita.
Lo mejor: La preciosa persecución motorizada que acaba con la transformación de dos humanos en monstruos gigantes.
Lo peor: Sus prolijas sobreexplicaciones, que paralizan la acción y no clarifican la trama.
Sergi Sánchez

Crítica de “Oro blanco” : La islandesa empoderada ★★★✩✩

Dirección y guión: Grímur Hákonarson. Intérpretes: Arndís Hrönn Egilsdóttir, Sigurdur Sigurjónsson, Sveinn Ólafur Gunnarsson. Islandia, 2019. Duración: 90 minutos. Drama.
Trabajan como bestias, pobres bestias, de sol a sol, en la granja, ordeñando a las vacas, asistiéndolas en los partos, dando de comer a los animales. En este pequeño rincón de Islandia (sí, en todos los países cuecen habas), Inga pierde de manera sospechosamente trágica a su marido y, de pronto, comienza a conocer los desmanes perpetrados por la poderosa cooperativa local que más parece una mafia. Inga, una mujer callada, decide entonces hablar y convencer a los vecinos de que debajo de ese manto parece que perenne de nieve, existe una corrupción escandalosa. Pero las amenazas comienzan, y nadie sabe si ella puede resistir. Con una marcada sobriedad, Grímur Hákonarson (”Rams, el valle de los carneros”) cuenta una aparentemente sencilla y compacta historia de empoderamiento y pequeñas revoluciones, de seres humanos que deciden cambiar las tornas aunque deban cambiar también sus vidas. Pero, a veces, es mejor largarse a Dios sabe dónde que seguir trabajando como una bestia, recuerden, y de rodillas.
Carmen L. Lobo