El maestro que no tenía edad

Además del propio Ennio Morricone, hay dos cosas que me vienen a la mente casi antes de todo. La primera, el recuerdo a José Luis Pérez de Arteaga, a quien le hubiera correspondido escribir estas líneas y quien sin duda lo hubiera realizado mucho mejor que yo. La segunda, aún con la pandemia actuando, la cantidad de fallecidos con edades elevadas cuyas vidas se daban en parte como amortizadas. Morricone contaba con 91 años, y su vida no estaba amortizada, como no la estuvo la de Stravinski cuando compuso el «Requien Canticles» a los 85 o Strauss, con esa maravilla que son sus «Cuatro últimos lieder» a los 84 o Verdi, con su «Falstaff», a los 79. Los ejemplos de gente valiosa en música con edad elevada son muchos. El propio Morricone pergueñó «Come un Delfino» y «La migliore oferta» con 82 y 84 años, respectivamente.

Pero he citado a propósito a la ópera verdiana porque muchos, entre ellos, el propio Pérez Arteaga y yo mismo, consideramos que el cine ha sido el arte sustituto o, si se quiere, heredero de la ópera. Al menos, en cuanto a su función social en sus tiempos. Y, especialmente, las películas que integran guion, imagen y sonido con auténtica calidad son obras de arte equiparables a muchas óperas. Ennio Morricone aportó su genialidad a más de cuatrocientos filmes y algunos se encuadran en la categoría mencionada. Igualmente, John Williams, y por eso hay que aplaudir con calor el reciente Premio Princesa de Asturias de las Artes concedido a ambos. Sin duda, todos los de una cierta edad le identificamos con muchos westerns como «La muerte tenía un precio» o «El bueno, el feo y el malo», pero también con «La misión» o esa «Cinema Paradiso» a la que las salas se acaban de agarrar para resucitar tras en confinamiento. También recordamos aquella balada de «Sacco y Vanzetti» que popularizó Joan Báez, una de nuestras heroínas de la época.

No deja de resultar sorprendente que sólo recibiese, en 2016, un Oscar con otro western –«Los odiosos ocho», de Quentin Tarantino– 37 años después de su primera nominación. No desechó la música pop, arreglando para Laura Pausini «La solitudine» o escribiendo un breve «Gloria» casi guaraní, que quizá hubiera sido inspiración para la misa dedicada al Papa Francisco que quedó en el tintero. Cada día son más los promotores de conciertos que incluyen en su oferta monográficos de bandas sonoras y las del maestro italiano son de las más solicitadas.

Él mismo, como el citado Williams, participó en giras sinfónicas y, de hecho, se despidió de los escenarios el pasado año, batuta en mano, frente a una orquesta y coro de más de 200 personas con una selección de sus obras más emblemáticas. En España, el público abarrotó el Bizkaia Arena de Barakaldo y el WiZink Center de Madrid. Casi simultáneamente, nos llegó un CD con su primer álbum de grandes éxitos junto a la Orquesta Sinfónica Nacional Checa y años antes, en 2004, el popularísimo cellista Yo-Yo Ma publicó un CD monográfico de Morricone acompañado por la Roma Sinfonietta Orchestra. Pero también páginas suyas se interpretan en medio de otros repertorios, lo que confirma que sus melodías pasarán a formar parte de la «clásica», si no lo han hecho ya. En el último recital del barítono Leo Nucci en el Teatro de la Zarzuela, dentro del reputado ciclo de lied, el Italian Chamber Ensemble que le acompañó tocó piezas de «La leyenda del pianista en el océano» y «Erase una vez en América». Tenía toda la razón el maestro al declarar que él no escribía bandas sonoras, sino música para cine, porque su música se integraba en las películas para conformar ese séptimo arte que, en buena parte, ha reemplazado a la composición operística contemporánea.