Palmira, la joya grecorromana del desierto sirio

Surgida de las arenas, fue objeto de ensoñaciones orientales desde su redescubrimiento en el siglo XVIII merced a la figura de la reina Zenobia

Palmira, joya grecorromana del desierto sirio, es la última ciudad de esta lista veraniega de siete ciudades perdidas de la antigüedad, reencontradas en la modernidad, que dejaron honda huella en la historia de las mentalidades. Palmira, surgida de las arenas del desierto, fue objeto de ensoñaciones orientales desde su redescubrimiento en el siglo XVIII merced a la figura de la reina Zenobia, mujer poderosa que desafió a Roma y declaró la independencia de un efímero imperio. Esta historia ha sido materia de leyenda y novela desde antiguo: la reina guerrera, que puso en jaque a las tropas romanas e hizo de Palmira su capital. La ciudad espléndida, florecida como enclave y cruce de caminos en la legendaria Ruta de la Seda, se enriqueció en ese «corazón del mundo», parafraseando el título del estupendo libro de Peter Frankopan.

Orgullosa ciudad «entre dos imperios», que decía Plinio el Viejo, Palmira creció gracias a los favores de emperadores como Adriano y, luego, entre las turbulencias romanas del siglo III. El padre de Zenobia fue el gobernador romano de la ciudad Julio Aurelio Zenobio y antecesor de su marido Odenato, que destacó en tiempos de Galieno como defensor de la romanidad ante los bárbaros. Pero Palmira tendía a la secesión y ambicionaba la independencia de Roma. Cuando una intriga palaciega acabó con la vida de Odenato, la ciudad y su poderío quedaron bajo el mando de Zenobia, a la sazón descendiente de monarcas helenísticos. Ella reclamó el trono y supo aprovechar la debilidad de los romanos para poner en jaque al ejército de Galieno y de Claudio II Gótico y enseñorearse de todo el Oriente romano. El extenso imperio que edificó Zenobia –gracias a la crisis romana y, por otro lado, a la flaqueza del poder sasánida– llegó a dominar la región sirio-palestina, Egipto, y amplias zonas del sureste de la actual Turquía.

Un poder con pies de barro

Sin embargo, su poder tenía los pies de barro pues Aureliano, el nuevo emperador, un militar forjado en los Balcanes, fue recuperando esas pérdidas desde Egipto –donde se dice que se destruyó parte de la Biblioteca Alejandrina– hasta la propia Palmira, restaurando el poder de Roma y llevándose presa a Zenobia en el año 273. En la urbe se perdió su rastro, no sabiéndose si fue ejecutada, si murió por enfermedad o si, como quiere una tradición, fue perdonada por el emperador –impresionado por su belleza y su sagacidad– de la traición a Roma, que ella achacó a un consejero, y se le concedió un dorado exilio en Tívoli. Como quiera que fuese, la belleza de Zenobia corre parejas con la capital que edificó, como atestiguan sus imponentes restos: el valle de las tumbas, el «tetrapylon», los relieves –tanto romanos como orientales–, el teatro, el decumano o el templo de Bel se alzan en el contexto seductor y fascinante del desierto.

Palmira fue redescubierta, como otras grandes ciudades perdidas de la antigüedad, en el siglo XVIII, en el ambiente del Grand Tour, que llevó a los europeos a buscar las ruinas del mundo clásico griego y latino no solo en sus emplazamientos originarios –las penínsulas itálica y la balcánica–, sino más allá, en el oriente helenizado en este caso. Palmira fue testigo, desde 1750, de varias expediciones que visitaron el lugar después de su redescubrimiento para Occidente durante el siglo anterior. R. Wood y J. Dawkins publicaron una obra que impactó en el imaginario occidental, como también las acuarelas del francés Cassas. Recreaciones literarias como la del Conde de Volney llevaron a un «boom» palmireno en Europa, donde la historia de Zenobia fascinó a pintores como Tiepolo y se dio carta de naturaleza a diversas óperas y obras teatrales con el tema de la reina romántica cautiva de Roma.

Hasta el XIX no empezarán las excavaciones científicas y habrá diversas ficciones posteriores hasta llegar, entre nosotros, a estupendas novelas como las de José Luis Sampedro («La vieja sirena», 1990) y José Luis Corral («La prisionera de Roma», 2011). Como sabemos, Palmira, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1980, fue tristemente conquistada por el Estado islámico durante la Guerra de Siria: su viejo teatro, emblema de la civilización grecolatina, devino horrible escenario de ejecuciones cruentas (entre otras, la del ex director del yacimiento arqueológico) y los bombardeos causaron graves daños, pero, por fortuna, en 2017 fue liberada. En fin, como las ciudades anteriores de esta serie, Palmira representa de algún modo la conjunción de la parte material del legado clásico que acompaña siempre a la inmaterial y eterna de los textos literarios grecolatinos: una simbiosis entre mito e historia, arqueología y fascinación literaria. Como puede verse, larga es la sombra de estas ciudades perdidas de la antigüedad y su arqueología sentimental, heredada del mundo clásico, que ha impactado sobremanera en la historia cultural de Occidente.