Un dolar que vale diez millones

Una moneda del año 1794 se ha convertido en la más cara de la historia tras ser subastada

Suele suceder: en tiempos en los que la economía se desmorona, las casas de subastas se convierten en una suerte de Matrix o mundo paralelo, en el que el coleccionismo de élite paga auténticas obscenidades por objetos cuyo principal valor es su rareza. El último ejemplo lo proporciona una moneda de un dólar, acuñada a finales del siglo XVIII, y que la semana que viene se subastará en Las Vegas con un precio de salida de diez millones de dólares. ¿Qué diferencia a esta moneda de cualquier otra de curso corriente para que su valor se dispare hasta cotas inasumibles desde el punto de vista racional? Para entender esta disimetría entre el «valor material» real de la moneda y su precio de mercado, hay que introducir un concepto aplicable a todo objeto precioso: el «valor simbólico». Por «valor simbólico» se entiende el conjunto de factores intangibles que elevan la cotización de un determinado objeto muy por encima de su coste de producción. Un cuadro de Picasso tiene un escaso valor material –lo que cueste la tela, el bastidor y los tubos de pintura. En cambio, su cotización en el mercado del arte le puede llegar a marcar un precio de venta de doscientos millones de euros.

El valor simbólico de un objeto es tan subjetivo como imprevisible, y en el caso de esta moneda de un dólar se explica por dos razones: en primer lugar, forma parte de la primera edición de 1.758 monedas de plata que fueron grabadas nada más alcanzar Estados Unidos la independencia, y decretarse el dólar como piedra angular del sistema monetario del país. En segundo lugar, la pureza de la plata que presenta dicha moneda ha llevado a concluir que los troqueles con los que se acuñó se encontraban en un estado perfecto, y que, por tanto, se trataría del primer dólar de plata acuñado en los Estados Unidos independientes. El coleccionista propietario de esta joya de la numimástica, Bruce Morelan, ha decidido deshacerse de ella para emprender nuevos retos dentro del coleccionismo. Y, claro está, el precio de salida de la moneda hace presagiar que el remate del lote será de los que hacen historia y dejan titulares a lo largo y ancho del planeta. En momentos de turbulencias económicas –y éste sin duda alguna lo es-, el mercado del arte se escinde en dos realidades completamente antagónicas: de un lado, están las obras de «clase media», que sufren todos los rigores de la crisis; y, de otro, emerge el sector de las rarezas, de los objetos de élite. Frente a la dinámica económica mundial, este nicho de mercado se refuerza y bate récords impensables. Como lo demuestra esta moneda de dólar, el coleccionismo de nivel más elevado constituye una burbuja aislada de las eventualidades de la economía. Su juego no atiende a lógicas globales ni éticas: es una isla de excentricidad que se abastece de su propia sed de extravagancia.