¿Por qué alzar la voz contra la intolerancia y las nuevas censuras?

LA RAZÓN ha defendido y defenderá desde estas páginas el pensamiento libre contrario a la llamada cultura de la cancelación que quiere derribar de Woody Allen a David Hume

Porque aspiran a purgar a todos los librepensadores, quemar los cuadros y cancelar las bibliotecas. Por Cocteau, Bukowski, Oscar Wilde y Dylan Thomas. Porque no les vale con arrasar los museos y desollar la historia: también quieren impugnar la vida privada del artista, las inclinaciones del científico, las hazañas inguinales del filósofo, los jadeantes deseos de los ángeles, fieramente humanos, y el angélico aleluya de la carne encendida y el pensamiento impuro.

Porque los nuevos comisarios husmean en el catre ajeno, persiguen al réprobo y azotan a María Magdalena para que cambie de vida o elija una forma homologada, correcta, de morirse de hambre. Porque en lugar de meter mano a los concursos truchos que sexualizan a las niñas atacan a la documentalista que muestra y destripa esos concursos. Porque muerden el cebo y rechazan el tuétano. Porque todos los textos los entienden al revés, o no los entienden en absoluto. Porque aspiran a juzgar los hechos del pasado y a sus protagonistas mediante inquisiciones anacrónicas y dispositivos puramente surreales, reactivos a las mutaciones históricas y a las cambiantes mareas del pensamiento. Porque consideran esencial actuar sobre el envoltorio y juegan a perseguir las palabras. Porque viven convencidos de que todo es representación, juego verbal, artificio mental, y por tanto no merece la pena bucear en las causas estructurales de ningún fenómeno.

Por Harold Bloom, que hace ya treinta años advertía contra la corriente del resentimiento y llamaba a resistir frente a la epidemia postestructuralista de unos departamentos de humanidades donde el activismo y la punción política iban a sustituir la indagación en pos de la verdad. Porque entienden la literatura como farmacopea social. Porque desprecian los valores artísticos y el cabotaje estético. Por las señoritas desnudas de Avignon y por la niña Lola/Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, pecado mío, alma mía, y porque la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes, Lo. Li. Ta., y porque quieren detener al ruso que escribía novelas desesperadas para meterlo en formol como una mariposa y olvidarlo en el fondo de un sótano negro y porque uno ya no puede escribir negro ni describir la pigmentacion melánica de la pantera sin ser acusado de cheerleader de KKK.

Porque para que en las orquestas haya más diversidad racial los ofendidos, farisaicos e hipócritas no apuestan por mejorar la vida ni mucho menos ampliar el horizonte de oportunidades de los de abajo, que a lo mejor entonces sí podrían aspirar a tocar el violín en el Lincoln Center, y porque su ingeniería social, fanática y epidérmica en más de un sentido, todo lo que aconseja es que los tribunales de las sinfónicas desechen el talento y los méritos de los aspirantes y elijan a sus nuevos músicos en función del color de la piel o el sexo. El anhelo de todos los racistas pero justificado/redimido por unas (teóricas) buenas razones. Porque como dijo Walter Benjamin, cuanto más viejo soy, más dispuesto estoy a dudar de mi propio criterio, porque en el himno de Isaac Watts leemos que «Él redime y perdona», y porque un error no define a un hombre y porque pensar a la intemperie, retratar las propias obsesiones, asomarse a los límites y apurar la copa del deseo y el temblor del vértigo no son errores sino condiciones del hombre libre.

Por Woody Allen, condenado por las letrinas de Hollywood después de que su caso ni siquiera llegase a juicio, por el filósofo David Hume, por Winston Churchill, por Camille Paglia, y por Richard Dawkins, al que abuchean en la misma Berkeley que hace medio siglo abanderaba la lucha contra el oscurantismo, por Ayaan Hirsi Ali, escritora, activista por los derechos humanos frente al machismo atroz y el fanatismo altomedieval de un Islám que no pasó por las Luces, por Salman Rushdie, perseguido a sol y sombra por los pistoleros de la «fatwa» asesina, por Charlie Hebdo y sus mártires, porque ningún verdugo crea justificado ametrallar al dibujante obsceno o ejecutar al poeta sacrílego, al pensador blasfemo y al columnista incómodo, y porque ningún canalla justifique con reservas (o sin ellas) la bayoneta, la pistola o la soga, por Steven Pinker.

Por el editor del «Philadelphia Inquirer», Stan Wischnowski, al que despiden por un titular, por James Bennet, jefe de Opinión del «New York Times», liquidado por publicarle un artículo de un senador republicano, por Claudia Eller, editora de «Variety», purgada por osar polemizar con una periodista de ascendencia asiática, Piya Sinha-Roy. Por David Shor, ex asesor de Obama, despedido de su empresa por advertir que Omar Wasow, profesor de Princeton, tras analizar los efectos demoscópicos de las protestas violentas en 1968, concluyó que fueron cruciales para la ulterior victoria de Richard Nixon y que algo similar puede ocurrir en 2020.

Shor y Wasow fueron acusados de demonizar el movimiento Black Lives Matter. Porque a Harald Uhlig, profesor de la universidad de Chicago, lo han despedido de la Reserva Federal del Banco de Chicago y del Journal of Political Economy por criticar la rampante demagogia del BLM. Porque al profesor W. Ajax Peris, de la Universidad de California en Los Ángeles, querían botarlo tras leer en clase la palabra «nigger», incluida en la «Carta de la cárcel de Birmingham», firmada por un tal Martin Luther King. Por Steve Hsu, profesor de Física Teórica de la Universidad de Michigan, al que acusan de «racista» y «sexista». Por el cantautor Peter Yarrow.

Por Scarlett Johansson, por Plácido Domingo, por el editor Adam Rapoport, por el locutor Grant Napear, el ex ministro de Canadá, Stockwell Day, el profesor de química en Cornell David Collum, el futbolista Aleksandar Katai, o la periodista Wendy Mesley o el científico Francisco Ayala y por Maïmouna Doucouré, directora de «Cuties», por la autora de «Harry Potter», J. K. Rowling, y por los 150 del manifiesto de Harper´s, donde explicaron que «la restricción del debate, ya sea por parte de un gobierno represivo o una sociedad intolerante, perjudica invariablemente a quienes carecen de poder y hace que todos sean menos capaces de participar democráticamente». Porque las mejores causas son susceptibles de pudrirse al contacto de la chatarra argumental. Porque los cruzados del ideal más pacato apenas si nos dejan decir que somos quien somos y porque los que calumnian al artista y canallean con su obra son los viejos y nuevos burócratas del odio, la mordaza y la hoguera. Por todo eso y más, mucho más, nace Contracultura.