Un farsante llamado Banksy

Parece un antisistema, pero en realidad es arte capitalista: oponerse al sistema es solo el anzuelo

Para gran parte del público, Banksy es el paradigma del artista contracultural: tanto por los temas que trata –conflictos bélicos, inmigración, anticapitalismo– como por la imaginería ideada para representarlos –imágenes de lectura rápida y con una atractiva paradoja–, se ha convertido en un icono mundial, una suerte de gamberro con ética capaz de ganarse la simpatía de decenas de millones de personas a lo largo del planeta. Pero, en realidad, todo lo que rodea a Banksy es un dispositivo industrial perfectamente articulado para exprimir al máximo el sistema económico que sus trabajos a priori critican.

Su obra es la síntesis perfecta de la estética «indie» y de Walt Disney: un proyecto de arte alternativo popular, con inmediata capacidad de globalización. Si Banksy encarna el prototipo del artista contracultural contemporáneo, la primera y triste conclusión a la que se llega es que la contracultura no pasa de ser otro producto más del «mainstream». Desde los orígenes de la Modernidad, los artistas –Courbet, el primero de ellos– se percataron de que la rebeldía vendía: cuanto más te opones al sistema, éste más te desea y tus obras crecen en valor.

Banksy, en este sentido, es una farsa de la que, poco a poco, se conocen sus verdaderas intenciones. El último episodio de su particular historia «todo por la pasta» lo ha protagonizado a propósito de una de sus obras más icónicas: «Flower Thrower», realizada en 2003 sobre un muro de Jerusalén. En ella, se muestra a un hombre con una máscara y en posición de arrojar una bomba en medio de un disturbio; solo que, en lugar de un explosivo, lo que se dispone a lanzar es un ramo de flores. Ejemplo sin parangón del pacifismo de estirpe Lennon-Ono con el que Banksy se ha instalado en el imaginario de todo el mundo, esta pieza ha supuesto un quebradero de cabeza para el británico a cuenta de su «copyright». De hecho, el tribunal que juzgaba la causa le ha arrebatado los derechos de imagen de «Flower Thrower». El fallo, emitido por la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea a principios de esta semana, se produce después de una batalla legal con la empresa de tarjetas Full Color Black, que impugnó los derechos de marca registrada de Banksy.

Durante este largo proceso, inauguró una tienda temporal en Croydon –en el sur de Londres–, en la que se vendían algunas de sus creaciones más emblemáticas –entre las que se encontraba «El lanzador de flores». El objetivo de este montaje comercial no era otro que cumplir con los requisitos exigidos por la Unión Europea para el reconocimiento de la categoría de «marca comercial». Sin embargo, ninguna de estas argucias legales ha servido a Banksy para alzarse vencedor en los tribunales.

La pregunta que se deriva de esta exposición de hechos es: ¿qué inconveniente hay en que un artista reclame los derechos de reproducción de una imagen creada por él? Desde luego, y si éste es el único punto a debatir, no existe reparo alguno. El problema es que el artista en cuestión no es uno cualquiera, sino el mismísimo Banksy. Y, claro, tratándose de él y del personaje en el que se camufla, la historia se complica considerablemente. La primera cuestión: ¿no resulta un contrasentido que un artista que se autoproclama como contracultural invierta tantos esfuerzos en preservar los derechos de explotación de su obra? ¿Puede ser la contracultura una «marca» y, por tanto, rendirse al juego del sistema que combate: el de la cultura como especulación? No en vano, «Flower Thrower» apareció reproducida, en 2006, en la portada del libro «Wall and Piece», en el que el artista exhortaba a desobedecer la ley de marca comercial y de «copyright». En aquel entonces, Banksy consideraba que el «copyright es para perdedores», y animaba a quienes así lo desearan a descargarse sus obras para emplearlas con fines activistas.

Por otro lado –y así se lo ha hecho ver el tribunal europeo que ha emitido el fallo–, no tiene sentido que un artista anónimo, alguien sin identidad conocida, solicite un «copyright». Es más, su fama mundial proviene de grafitis realizados sobre muros y espacios a cuyos propietarios no solicitó ningún permiso. Si jugamos al vandalismo –aunque sea de clase y con «glamour»–, luego no se puede exigir el amparo de la ley. Y es que ahí está la gran contradicción de un personaje como Banksy: su deseo de convertir su aura de antisistema en una marca comercial –esto es, en un producto del sistema. Desde luego, no se trata ni del primer ni del último artista etiquetado como «político» que patina en este terreno tan resbaladizo. Pero, aunque la casuística de la «contracultura capitalista» es abundante, el «caso Banksy» resulta especialmente sangrante porque, además, quiere convertir su anonimato social en una beneficiosa «identidad legal». Banksy es una farsa. Y, afortunadamente, los elementos que la desmontan comienzan a acumularse.