Eichmann, así vivió en Buenos Aires «el arquitecto del Holocausto»

Ariel Magnus reproduce la vida de este tenebroso personaje en Argentina y el ambiente de viejos oligarcas nazis que le rodeaba

Para entrar en Argentina expidió un pasaporte donde su nombre no era su nombre, la fecha de nacimiento no era real y, para abundar en tantos errores intencionados, tampoco el lugar de alumbramiento correspondía con la ciudad donde vino al mundo. Quizá es porque el documento era falso y porque Ricardo Klement, como lo conocían en Buenos Aires, nunca existió y el hombre que afirmaba serlo se llamaba Adolf Eichmann, era autriaco-alemán y no argentino. Después de la Segunda Guerra Mundial vivió cinco años escondido en una aldea haciéndose pasar por granjero. Un oportuno disfraz que le permitió sobrevivir en libertad hasta 1950. Ese año, aprovechó los resquicios de la seguridad extendida por los vencedores a lo largo de Europa, las vías de escape conocidas por los soldados aliados como «Ratlines», para refugiarse en Latinoamérica y eludir la justicia que sufrieron otros jerarcas del Tercer Reich.

Cuando llegó a Suramérica, ya existía allí una colonia de antiguos fieles de Hitler que conocían su «honorable» currículum de crímenes y la vieja aristocracia de los galones que ahora se había visto obligado a quitarse para disimular su identidad. Unos 9.000 nazis que decidieron asentarse allí eligieron Argentina para reiniciar sus vidas y ganarse un salario alejado de los perseguidores que los buscaban por los crímenes de guerra que habían cometido en esa orgía de asesinatos que había sido la dictadura nazi.

El sueño del Cuarto Reich

Pero ni el trabajo ni la vuelta a una existencia hogareña eclipsó su ideología. «En la obra se muestra que, si bien él no estaba activo en el círculo nazi de Argentina que soñaba con un Cuarto Reich, sí tenía contacto con ellos y sucumbió al encanto de ocupar algún lugar de preponderancia en esa quimera. Hay una ambigüedad ahí que traté de retratar en su marca más evidente, que es el resentimiento», comenta a este respecto Ariel Magnus, autor de «El desafortunado», donde describe la vida sosegada de Eichmann en Argentina hasta que el Mossad lo secuestró el 20 de mayo de 1960 para sentarlo en un tribunal de Israel por su responsabilidad en el Holocausto. Durante el juicio, Hannah Arendt, una alumna judía de Heidegger, un pensador fundamental pero al que no le tembló el pulso al colocarse una esvástica en la chaqueta, se encontró con él. Jamás había visto a un nazi. No sabía cómo eran, qué aspecto tenían o qué impresión producían. Probablemente aguarda la reencarnación de algún Lucifer, pero lo que encontró fue a un hombre corriente, un burócrata con gafas de oficinista y el descuidado aspecto de un ferroviario. Alguien anodino, sin grandeza en la mirada ni aura en su gestualidad. Una sensación que cuajó en «Eichmann en Jerusalén», que le procuró críticas, enemistades y abrió una agria polémica en las comunidades judías. Pero a Magnus lo que le preocupaba era la sucesión de días que completan su biografía. Su texto arranca con la llegada de su familia en 1952, «el día en que velaban a Evita», y «reconstruyo su vida desde su inicio en la provincia de Tucumán (y antes, en Alemania) y sus diferentes moradas en Buenos Aires, hasta llegar al secuestro y su partida a Israel». Una secuencia, como asegura el autor, donde se aprecia «cómo fue mejorando su calidad de vida hasta llegar a la casa propia, aunque sin alcanzar los niveles que se esperaban de un ex jerarca nazi. De eso trata el capítulo que nace de la foto de la cubierta, una de las pocas que Eichmann se hizo en Argentina, donde se lo ve como criador de conejos de Angora».

Imagen que le inspiró a Magnus una pregunta inquietante: «¿Cómo soportaba un trabajo tan básico alguien que se había propuesto participar en la conquista del mundo?». La respuesta es este texto. Siempre se ha creído que Eichmann fue un prófugo de notable inteligencia que dio esquinazo a los Poirot que le pisaban los talones. Pero la realidad es distinta. «El mundillo alemán sabía quién era Ricardo Klement. Mi idea fue reconstruir cómo el entorno reaccionaba ante su figura, y cómo él se sustraía a dicho entorno, a la vez que lo necesitaba. Pero aquí surge una duda: ¿tenía conciencia de lo que había hecho? «Ese tema está presente. No solo en los momentos en que Eichmann se ufana, sino también en aquellos en que lo que hizo lo asalta.

La escena más espeluznante tiene lugar en la playa de Olivos, cuando esos cuerpos desnudos disfrutando del verano le recuerdan los que vio apilados en una fosa común. Eichmann era un gran negador, pero a la vez decía ser muy impresionable, y eso le tuvo que haber pasado factura».