Hispanidad: el delito de ser español

Frente a años de visión progre y paleta de la herencia española en América, sobre la que ya se ha hecho toda la autocrítica, el 12 de octubre celebra una unidad cultural que debería inspirar a la política en vez de insistir en difamarla

La celebración de la Fiesta Nacional de España el 12 de Octubre no ha sido nunca del gusto del progresismo. Uno de los reproches que se le hacen es no ser lo bastante nacional. Según lo que podríamos llamar el progre-paletismo, el 12 de Octubre conmemora un hecho ajeno a la constitución de la nación propiamente dicha y sirve para disimular la inconsistencia de esta. Esto vendría a subrayar el tema predilecto del progresismo español, que es el fracaso de la construcción de la nación española. No lo compensa el 8 de mayo, que ese sector ideológico desprecia por ser demasiado plebeyo, antielitista y sobre todo anti francés. De hecho, es esa cultura francesa de donde esas mismas elites importaron en su momento la idea de nación, como si los españoles no hubieran elaborado otra por su cuenta. Como anticipándose a estos ataques, la Ley de 1987 que instauró el 12 de Octubre como Fiesta Nacional remite simultáneamente a la expansión española, a la construcción del Estado y a la integración de los reinos españoles en la Monarquía, como antecedente de una España plural esbozada en la Constitución de 1978 bajo la forma política monarquía parlamentaria. Por desgracia, hoy en día esos principios han sido pulverizados por décadas de trabajo incansable de progresistas y nacionalistas.

Mentalidad imperial

Sin embargo, el decreto fijaba muy bien la originalidad de la idea nacional española, que era la de una unidad política compuesta de una diversidad de reinos y virreinatos en los que lo nacional español se declinaba de múltiples maneras, en costumbres, en derecho y en lenguas. Incluso hubo algún intento de incorporar el pluralismo religioso, tolerancia que por desgracia no prevaleció. Este conjunto estaba unido por un proyecto en buena medida imperial, con todo lo que eso quiere decir de invasiones, violencias, crímenes, aniquilaciones en masa, imposiciones y, por si fuera poco, explotación de las poblaciones y los territorios sometidos a la metrópoli. (Curiosamente, nunca el imperio español adoptó modos tan imperiales como en los años del despotismo ilustrado en el siglo XVIII, que atizó con su centralismo el alzamiento independentista de unas elites que no querían ser tratadas como súbditos de segunda categoría).

Es cierta, por tanto, la brutalidad de los españoles, el sufrimiento de las poblaciones americanas, la soberbia de quien se atribuyó el descubrimiento de un mundo que había sido descubierto, explorado, poblado y civilizado muchos miles de años antes de la llegada de Colón, de los conquistadores, de los frailes y de los colonos. Ahora bien, por muy cruda que sea esta realidad, no se puede olvidar el resto. En primer lugar, el proyecto, nada sencillo ni en su concepción ni en su ejecución, de crear una España nueva más allá del Atlántico, en los inmensos territorios de lo que acabó llamándose América y hoy conforma lo que se llama América Latina o Hispanoamérica, dependiendo de la perspectiva que se adopte. Un nombre correcto podría ser el de «Hispanidad», que es como se ha conocido durante mucho tiempo esta misma Fiesta del 12 de Octubre. Aun así, tendrá que pasar tiempo para que ese concepto se desprenda de las adherencias conservadoras y antimodernas que lo desprestigiaron en tiempos de la dictadura, e incluso antes.

Un futuro no soñado

El nombre, sin embargo, es lo de menos. Lo que cuenta es ese espacio común en el que compartimos una lengua y una cierta manera de ver las cosas, sometida a la evolución, tan original, que el concepto de Occidente tuvo en España. Esa incorporación del nuevo mundo a Occidente por vía española es una creación extraordinaria, y como tal no podía dejar de tener repercusión en la forma en la que los españoles se ven a sí mismos. Durante mucho tiempo, vivimos de espaldas a América. Ya no, por fortuna. Gracias a los intercambios, a las inversiones y a la reciente incorporación de ciudadanos latinoamericanos a la población española, el conocimiento mutuo se refuerza día a día. Se reforzará más aún a medida que los nuevos españoles procedentes de América se incorporen más y más a la tarea de gobernar España. La Fiesta del 12 de Octubre está llamada a tener un futuro que nunca soñaron sus propios creadores. Es el signo inequívoco de su acierto.

Un momento revelador de esta profunda unidad, desconocido por los españoles porque las elites no quieren darlo a conocer, es la participación de los españoles americanos en la fundación de la nación política española, en 1812. En plena Guerra contra los franceses, y con el proceso de independencia ya iniciado en algunos territorios americanos, acudieron a Cádiz representantes de la España americana que participaron en el debate y la redacción del texto constitucional. Es el primer y único experimento de democracia transcontinental que se ha llevado a cabo nunca –con éxito, a pesar de todo–. Y plasma muy bien la idea de nación expresada en el famoso capítulo de la Constitución gaditana que enumera los territorios de la «Nación española» o de «las Españas», desde Aragón a las Islas Filipinas. Sin ánimo de reintroducir antiguos pleitos, los españoles de entonces pudieron sentirse satisfechos de la América que legaban a los americanos emancipados. Cosa muy distinta es lo que las élites americanas hicieron luego con aquel legado.

Descarnado racismo europeo

Un elemento de extraordinaria originalidad, que encaja bien con esa forma de construir un imperio que era al mismo tiempo una Monarquía y un Estado, es el tratamiento que los españoles dieron a las poblaciones americanas y la puesta en cuestión de la legitimidad de lo que estaban haciendo allí. La reflexión autocrítica, que ningún otro imperio ha hecho nunca, no salvó a las poblaciones americanas de exacciones, matanzas e imposiciones culturales y religiosas. Pero también creó una nueva sociedad, con leyes aplicadas a todos y una consideración del americano como sujeto dotado de derechos. El descarnado racismo del resto de los europeos nunca vio con buenos ojos aquella «degeneración». Y sin embargo, los españoles, que protagonizaron como nadie el fabuloso choque cultural que supuso la llegada al Nuevo Mundo, realizaron aportaciones que cambiaron para siempre la percepción que Occidente tenía de sí mismo: desde la dignidad de las poblaciones americanas hasta los fundamentos del derecho internacional. Aquella conmoción y la reflexión consiguiente, tan sofisticada y tan valiente, está en la base de la vitalidad de la cultura española de aquellos siglos, riqueza de la que los españoles hemos vivido muchos años.

La crítica al 12 de Octubre como Fiesta Nacional no es por tanto nada nuevo ni original. Va, por así decirlo, incorporada a la misma conmemoración. En el catálogo de los lugares de memoria españoles, que sigue pendiente (hubo un ensayo titulado «Historia de la nación y el nacionalismo español» que fue, en buena medida, un esfuerzo para destruir la nación por quienes no creen en ella), la Fiesta del 12 de Octubre debería ocupar un lugar central. Por la doble dimensión, nacional y global, que incorpora. Por la creación de una unidad que aunque dejó de ser política hace mucho tiempo, subsiste en términos culturales. Y también porque desde muy temprano, casi desde el primer momento, incorporó la autocrítica en libertad, lo que resulta más que relevante en los tiempos que vivimos, de demolición de los «grandes relatos» aunque todo el mundo los echa de menos. El 12 de Octubre celebra por tanto una nación original. Y celebra además la realización de una ambición global, muestra de una imaginación, un aplomo y una visión estratégica extraordinarios, que de vez en cuando podrían servir de inspiración a la pedestre mentalidad política española actual. Todo eso sin olvidar que en la misma fiesta se conmemora también la primera vuelta al mundo y la expansión por el Pacífico, hasta el Asia soñada por los españoles del siglo XV. Como toda historia, está hecha de luces y de sombras. Y como en toda gran historia, de las verdaderamente creadoras, los contrastes son crudos y violentos. Razón de más para hacerla nuestra en su totalidad.