El poeta Juan Ramón Jiménez dejó sin publicar un poemario que aparece ahora en "Poemas impersonales"La RazónLa Razón

Juan Ramón Jiménez, el poeta «impersonal»

La Fundación José Manuel Lara recupera un libro prácticamente desconocido del poeta de Moguer compuesto en 1911

A finales de 1912, Juan Ramón Jiménez regresaba a Madrid tras haber permanecido siete largos años en su Moguer natal. Tenía 30 y estaba considerado como uno de los indiscutibles mejores autores del modernismo literario español. En su equipaje llevaba guardados algunos de los libros en los que había estado trabajando en Moguer, proyectos que verían la luz o permanecerían guardados esperando un tiempo mejor. El poeta, siempre tan exquisitamente cuidadoso con todo aquel material que debía ir a imprenta, no quiso publicar en su momento uno de los poemarios escritos en ese momento, el titulado «Poemas impersonales» y que dentro de una semana llegará por fin a las librerías de la mano de la Fundación José Manuel Lara.

El volumen, bajo el cuidado de Soledad González Ródenas, nos permite conocer a un Juan Ramón preciso ante la palabra poética como lo demuestra el hecho de que con el paso del tiempo siguió corrigiendo los textos de este ramillete de poemas, una agradable sorpresa para los lectores de uno de los mejores poetas españoles de todos los tiempos. «Poemas impersonales» llega en una etapa en la trayectoria del autor donde no puede deshacerse de la fuerte impresión que le ha causado la lectura de «Defensa de la poesía», de Shelley, especialmente –y como dice su biógrafo Javier Blasco–, por la reinvidicación que hace el inglés del carácter sagrado de la naturaleza y de la utilidad social de la poesía. El libro ahora rescatado fue escrito en un tiempo en el que el autor de «Platero y yo» trabajó en otros títulos, como «Arte menor», «Poemas agrestes», «Libros de amor», «Apartamiento», «Unidad», «Historias», «El silencio de oro», «Idilios» y «La frente pensativa». Es un Juan Ramón Jiménez que se sitúa entonces en un modernismo que parece quedar en un segundo plano ante la fuerza que empieza a tomar la llegada de los autores de las primeras vanguardias literarias.

“Otoño”

La hoja seca: el sexo triste
de una virjen muerta tísica.
–El ganso: un cisne sin agua.–
El sol: la luna con fiebre.
La luna: el sol trastornado.

Pero, tal y como expone González Ródenas, Juan Ramón había optado por poco a poco quitarse de encima el sentimentalismo con el que identificamos el modernismo. El poeta pasa a moverse por un terreno con «modos expresivos menos sentimentales y más sutiles, acordes con una personalida más madura y plasmados a través de una economía retórica que poco después daría en llamar “poesía madura”», según explica la responsable de esta primera edición de «Poemas impersonales». Hablamos de un libro que fue anunciado en numerosas ocasiones, pero que fue retrasando su aparición hasta permanecer para siempre inédito en las carpetas con los manuscritos del escritor. Concluido a finales de 1911, un reducido grupo de fieles de Juan Ramón pudo acceder a una parte de su contenido gracias a una breve selección de esos versos y que se incluyó en «Poesías escojidas», su manera de rendir tributo a la Hispanic Society of America tras haber sido invitado a formar parte de esta entidad neoyorquina.

Pero Juan Ramón no parecía muy seguro ante el destino que había optado para su naciente obra poética, aquella que dejaba de lado los postulados modernistas. Eso es lo que hace que finalmente opte para que en Prensa aparezcan solo versos de libros como «Poemas mágicos y dolientes», «Melancolía, «Laberinto» y «La soledad sonora», títulos que, reconoce Soledad González Ródenas en la introducción del poemario, «le garantizaban una más cómoda recepción entre sus lectores habituales, aunque aún lo ataran a esa época anterior que acabó desdeñando por ser, según él mismo la bautizó, la de “los borradores silvestres”». Quien sería Premio Nobel de Literatura en 1956, siempre tan prolífico, acabó publicando entre 1915 y 1916 los libros «Sonetos espirituales», «Estío» y el fundamental «Diario de un poeta recién casado», dejando que el volumen que ahora nos ocupa acabara durmiendo entre los muchos papeles que dejó inéditos tras su fallecimiento.

Pese a todo, aquellos manuscritos no permanecieron durmiendo porque Juan Ramón Jiménez se ocupó de ellos en varias ocasiones, incluso barajando títulos hasta el definitivo de «Poemas impersonales». En este sentido, se sabe que incluso en 1923 estuvo realizando algunos diseños para la portadilla del poemario, año en el que también fija la vertebración del volumen. Asimismo, en el año 1954 todavía estuvo modificando varias de las composiciones del libro. Después de descartar «Verso impersonal» o «Letras impersonales» opta por un título que «de dos maneras ha de entenderse. Impersonales porque no son de inspiración propia, es decir q[ue] son reflejados; e impersonales porque no se refieren a mi persona, es decir porq[ue] son objetivos». También escribió, a este respecto, que aquellos versos parten de «poesías que yo comprendo que no me suenan a mías, como a veces parece que no hablamos palabras nuestras, ni hacemos nuestros solos jestos. No son imitaciones, pero son, sin ser de otros, lo menos mío que es posible».

Una comunión

La editora de «Poemas impersonales» cree que Juan Ramón Jiménez consideraba este volumen como «una especie de comunión entre lo que el poeta es y lo que percibe como una difusa proyección ajena a sí mismo». Pero es probable que su autor no estuviera del todo satisfecho con ello. Entre sus papeles personales se ha encontrado lo que parece ser una suerte de justificación de su puño y letra para justificar el hecho de que no hubiera querido exponer esos poemas que parece no sentir como suyos: «No he intentado copiarlos de nadie. Se me aparecieron así, quizás como paisajes del recuerdo. Pero no hallé en ellos esa cadencia mía, esa intimidad mía, ese parecido a mí que tienen mis demás versos. Si pudiera precisar a cuáles se parecen los hubiera desechado. No son míos del todo, pero tampoco son de nadie. Míos de las horas en las cuales yo he sido menos yo. Como “Las hojas verdes” quedaron en el suelo dispares de pasadas selecciones de cosas. ¿Por qué no he de agruparlos en un ramo? Tienen un parecido entre sí: el ser diferentes a los demás versos».

“La vencida”

Habla una vencida
Entraron los vencedores
rugiendo una fabla bárbara,
el sol se llenó de hierro,
las banderas desgarradas
tenían el cielo azul,
entre sus sedas bordadas...
trompetas poblaban de oro
la ciudad ensangrentada.
El que me abrazó tenía
belleza que yo soñaba,
¡entre plata y oro
el corazón lo saltaba!
traía la malla rota
herida de grana.
Sin hablar me entregué toda
a la hoguera de sus ansias,
de tanto apretar mis pechos
su cota los señalaba;
no sé si supo el amor
que mi vergüenza callaba,
mas dejaba entre mis labios
rosas de bellas palabras
que no sé lo que decían
pero que olían a brasa.
Por el honor no le dije
lo que diciéndole estaba
pero mi carne, más dulce
que la miel, le regalaba
grandes olas de pasión
y lenguas vivas de llamas.
Brazos que ahora lo tendréis
en la gloria de su patria,
le pareceréis los míos
tristes brazos que se alargan.

De hecho, Juan Ramón Jiménez nunca desechó el poemario, como lo prueba –ya se ha dicho– que trabajara en él incluso poco antes de su muerte. Veía en ellos «un alarde impersonal» y que contaba, según sus palabras, con «versos de gran variedad de metros y gran riqueza de léxico y rima», además de estar inspirados «en todos los poetas clásicos y modernos. Todas las maneras». Esas «todas las maneras» son unas de las claves para poder acercarnos a «Poemas impersonales», porque el escritor demuestra toda su fuerza literaria para mostrar la variedad de sus registros, su riqueza lírica que convierten este libro en una de las piezas fundamentales del corpus juanramoniano, un autor del que vamos conociendo cada año un nuevo libro inédito y del que parece imposible tener unas auténticas obras completas.

Hay también en este poemario uno de los intentos más curiosos de construcción de una falsa identidad, una serie de heterónimos. Es un Juan Ramón disfrazado con un alter ego, una manera de separar su yo en lo que González Ródenas denomina con indudable acierto como «eco puntual de una personalidad externa». Se cita en este artículo en no pocas ocasiones a la responsable de la edición. Hay motivo. Su trabajo ha sido detectivesco al tener que reunir los manuscritos que se encontraban dispersos entre Madrid y Puerto Rico. De ese conjunto sale un libro imprescindible para conocer mejor la voz del poeta.