El año de la resiliencia de la cultura

El 2020 ha sido el año del Coronavirus, pero los espectáculos han seguido adelante contra viento y marea, capeando el temporal, tanto en la música, como el teatro y los libros; el cine, en cambio, ha vivido una dura reconversión

Uno de los cines de Gran Vía durante las semanas de la cuarentena, cuando cerraron y nadie podía salir de casa
Uno de los cines de Gran Vía durante las semanas de la cuarentena, cuando cerraron y nadie podía salir de casaJESUS G. FERIA LA RAZON

El pasado nueve de marzo, los datos de personas enfermas por la Covid se disparaban en nuestro país de una manera alarmante. Comenzaba así una pandemia que se convirtió en el mayor pulso que ha sostenido el mundo de la cultura durante los últimos años. El virus obligó a cerrar cines, museos librerías, cancelar conciertos y suspender casi todos los eventos culturales programados para 2020, con la catástrofe económica que conllevaba. Lo que se consideraba que iba a prolongarse unas semanas amplió su horizonte ante la realidad que arrojaban los datos y se convirtieron en meses. Hasta los más optimistas bajaban la cabeza ante lo que se avecinaba. Se ponía así a prueba la resilencia de la industria de este sector en nuestro país.

De entrada, el cine sufrió uno de los impactos más directos y graves. Las salas tuvieron que bajar la persiana de cierre de un día para otro, el público se replegaba en casa (primero obligado por la cuarentena y después por la desconfianza y el miedo a contagiarse). Los estrenos programados iniciaban una larga singladura de retrasos y aplazamientos, con las pérdidas que supone tener filmes encerrados en latas y a la espera de su estreno. El ejemplo fueron películas como la última de James Bond, «Sin tiempo para morir», la segunda parte de «Top Gun», protagonizada por Tom Cruise, o la nueva versión de «Dune», dirigida por Denis Villeneuve. Desde hace años ya se hablaba de la adaptación de nuevos modelos de difusión y visionado, algo de lo que ya venía advirtiendo Martin Scorsese, entre otros cineastas, defensores a ultranza de las salas de cine.

Pero de repente, ese futuro incierto se precipitaba y la opción que suponían plataformas de televisión para lanzar las nuevas producciones de los estudios empezó a contemplarse con nuevos ojos. La primera que se apuntó fue Disney. A provechó su plataforma para lanzar «Mulan». Fue el inicio. Mientras muchos temían por lo que le aguardaba al cine, Warner se desmarcaba de todos y cerraba un contrato con la HBO para emitir sus próximo estrenos. Directores como Christopher Nolan, que estrenó «Tenet» en sala, aunque no acudiera casi nadie a verla, y Denis Villeneuve, se quejaban. Aseguraban que sus películas estaban echas para la pantalla grande. Parece que su severa protesta no sirvió para nada: la secuela de «Wonder Woman 1984» estaba lista para entrar en la parrilla de HBO y su protagonista, Gal Gadot, afirmaba que le parecía bien. El paradigma del cine ha cambiado. Un nuevo modelo se aproxima a la misma velocidad que un tren exprés. La asistencia a las salas ha caído un 72 por ciento, con pérdidas de 446 millones para un sector que ve peligrar el futuro de las salas tal y como lo conocemos.

El mundo del libro

Al otro lado está el mundo del libro. La industria cultural más fuerte de nuestro país y que aporta más al PIB. Los libreros y las editoriales han demostrado tener una fuerte capacidad de resistencia. Siempre se augura el final del libro y con la pandemia se rumoreaba que había llegado el momento del electrónico. Y es cierto que las ventas de «ebooks» aumentaron, pero, también, la venta «online» del papel. Muchos agentes del sector se quejaron porque el Gobierno no contemplara a las librerías y los libros como un medio de primera necesidad y permitieran que durante el enclaustramiento siguieran abiertas. Había suficientes razones que los apoyaban, pero desde el ministerio no obtuvieron respaldo. Durante esas semanas, crecieron las ventas por canales digitales. La sorpresa es que fueron superiores a las previstas, pero con eso no se compensaba la venta física en tienda. Pero lo mejor aguardaba más adelante. Cuando reabrieron (fueron de los primeros comercios), las ventas se dispararon. La reacción de los lectores ha sido inusual y las librerías no esperaban tener estos resultados. Algunas novedades llamativas como las memorias de Woody Allen ayudaron a aguantar el temporal. La caída de las ventas, según Patrici Tixis, del Gremi d’Editors de Catalunya se corrigió desde más del 60 por ciento a apenas un 5 por ciento de caída, cifra similar a la que corrobora el Gremio de Libreros de Madrid, entre el 3 y el 5 por ciento.

El teatro resiste

En el teatro, el arte por excelencia del directo, la pandemia sentó como una patada. Sin la conjunción de público y actores en una misma sala, parecía imposible que los escenarios aguantaran más de dos días, pero se logró. Con el telón cerrado, los teatros abrieron sus funciones a todo aquel que las quisiera ver a través de la red para mantener a su público. Montajes míticos de las tablas españolas y clásicos contemporáneos al alcance de un clic. Sin embargo, no nos engañemos, ver teatro grabado es de difícil digestión, pero añadieron, si cabe, más ganas de volver al directo en cada día que pasaba. Algunos centros, el caso de La Abadía madrileña, optaron por el Teatro Confinado, con el que, a través de la «webcam», ofrecían montajes en vivo para que cada espectador pudiera seguirlos desde su casa. Una propuesta humilde que abría un nuevo espectro en la interpretación y al que se sumaron nombres como Israel Elejalde e Irene Escolar, entre otros. Fue esta última la que, junto a Bárbara Lennie, quiso dar otra vuelta al teatro y trasladar las obras a la pantalla (HBO) en «Escenario 0», donde las dos actrices impulsaron un proyecto que dio aire a piezas como «Hermanas», «Juicio a una zorra», «Vania», «Mammon»...

Pero para cuando esta idea había tomado forma, el teatro ya había vuelto a andar. Impulsado por los festivales veraniegos al aire libre, los escenarios y los patios de butacas se fueron (medio) llenando entre las estrictas medidas sanitarias: Almagro, Mérida, Olite, Ribadavia... fueron confirmando fechas. Otros, como Olmedo cancelaron a última hora, pero, por lo menos, lo intentaron. Eran las primeras pruebas de que el teatro podía ser seguro y, poco a poco, esa experiencia se fue trasladando a las salas para comenzar en septiembre una temporada a medio gas en las butacas (por cuestiones de seguridad), aunque a tope sobre los proscenios. Durante este tiempo se han cancelado montajes y sesiones por cuarentenas y positivos en los elencos, que no entre el público (hasta el momento, libre de brotes), pero se ha logrado mantener viva la esencia del teatro. Y, por el contrario, un gran pero en todo esto: el cierre de los que no han logrado resistir el tsunami de la Covid (sirva esto como un recuerdo a los kamikazes del Pavón).

La música y el alza del «streaming»

La música fue una parte fundamental del confinamiento. Al consabido ritual desde el balcón con «Resistiré» le acompañaron centenares de actuaciones por redes sociales de estrellas grandes y pequeñas mientras que acompañaban al desolador pronóstico: todos los festivales terminaron cancelados y algunos, que trataron de reciclarse en formatos más pequeños con infinitas medidas de seguridad, ni siquiera lograron celebrarse, como fue el caso de Tomavistas en Madrid. Para la música el año ha sido una debacle y la reconversión industrial, que ya estaba hecha, se probó perversa. Los artistas perdieron su única fuente de ingresos y el «streaming» se cuestionó como modelo que solo aporta migajas al creador. La gran industria, en cambio, ha vivido un año de impulso, de nuevo crecimiento de suscriptores de las plataformas de pago y de nueva mejora de las cifras de facturación. En el primer semestre del año, la industria mejoró sus cifras un 4 por ciento gracias al fuerte alza del «streaming». El año nos ha dejado alguna polémica final, como el concierto de Raphael que se llevó a cabo cumpliendo los más estrictos protocolos pero quizá no el del sentido común. Todos en el sector hablan de una sola cosa: la vacuna cuanto antes a cuanta más gente posible.