Cannes, Palma de Oro a la solidaridad

A falta de películas y del «glamour» de la alfombra roja, la sede del Festival de Cine de Cannes se ha convertido en un centro de vacunación

De esta guisa luce la sede del Festival de Cannes tras no haber celebrado su edición de 2020
De esta guisa luce la sede del Festival de Cannes tras no haber celebrado su edición de 2020ERIC GAILLARDREUTERS

En las listas de «primeras necesidades» rara vez está la cultura. Y es que, en momentos de agonía, entre respirar y ver una cinta nadie de los que escogió la segunda posibilidad sobrevivió para contarlo. Así que la opción parece clara, pero tampoco hace falta llevarlo al extremo. No siempre la elección es tan trágica. No es necesario estar entre la vida y la muerte para acudir a un texto de Shakespeare, un cuadro de Leonardo o lo último de Christopher Nolan. De hecho, conviene tenerlo, por norma, inmediatamente después de haber cubierto las necesidades elementales. Daño no hace.

Será por ello que desde España mirábamos estupefactos cómo, en los primeros días de pandemia, Alemania declaraba la cultura «bien de primera necesidad» y, de paso, la regaba con una buena montaña de millones. «¿Por qué?», se preguntaban los «cuñados» de turno, que alzaron la voz para decir aquella coletilla de que ya tardaban en reclamar su parte del pastel.

La porción de un dulce que ni por asomo ellos pisan, porque estos ofendidos ni ven películas ni series, ni escuchan música, ni van a museos... ni nada que tenga que ver con el mundo cultural. O, tal vez, como seguramente sea, son lo contrario y se empacharon de todo lo que pudieron durante aquel confinamiento riguroso de primavera. Lo que sucede es que no les suele dar la mollera para relacionar la necesidad de belleza del ser humano con las ayudas del Gobierno de Merkel (que más tarde, y en mucha menor medida, llegarían en España).

Pero más allá de las peticiones de los «culturetas», que, como todos los sectores, pidieron una compensación por el parón y las cancelaciones, nadie pudo oír jamás a un director, un actor, un músico o un pintor afirmar que se les pusiera por delante de esos otros trabajadores que estuvieron dando el callo en primera fila. Es más, abrieron su arte de forma desinteresada para que las penas, al menos, tuvieran pan. Y así se ha demostrado mes tras mes.

El último ejemplo está en Cannes, donde su Festival de Cine de 2020 solo fue un espejismo que se puso el traje de alma caritativa y comenzó a repartir felicidad: en el primer envite de la Covid acogió en sus salas a las personas sin hogar de la ciudad; luego, las cintas de Vinterberg, Trueba, Kawase, Ozon... que tenía cerradas las puso a disposición de otros cetámenes (bien lo sabe San Sebastián); y, ahora, vuelve la carga con la transformación de su sede en un centro de vacunación.

Todo ello sin rechistar, arrimando el hombro y en medio de una reformulación del panorama en el que las salas se vacían mientras los sofás de las casas engrosan el catálogo de posibilidades que les ofrecen desde las plataformas. Y es que eso es la cultura, de una forma u otra: un bien al servicio de la gente.