Pascal Bruckner: «Ya no nos preocupa tanto la salvación del alma como la felicidad del cuerpo»

El filósofo Pascal Bruckner reflexiona sobre cómo hay que vivir a partir de los cincuenta años en «Un instante eterno», una obra que es una invitación a la vida

El pensador francés Pascal Bruckner
El pensador francés Pascal BrucknerF Paga – Grasset_Editorial Siruela

A pesar de lo que dictan los anuncios, la vida es algo más que la juventud. Un detalle que se ha olvidado y sobre el que conviene reflexionar. De tener más presente este detalle se mejoraría la salud mental y evitaría que muchos se arruinaran la cara en operaciones quirúrgicas. El pensador francés Pascal Bruckner publica «Un instante eterno», una defensa de la vida cuando se ha dejado atrás la juventud.

–La gente no quiere vivir más, sino seguir siendo joven.

–Lo ideal no es vivir mucho si no mantenerse joven hasta el final. Si pudiéramos mantener hasta los 80 años la apariencia de un hombre o una mujer de 40 sería maravilloso. Pero el alargamiento de la esperanza de vida es también el alargamiento de la vejez, con sus arrugas, sus enfermedades y sus efectos desastrosos.

–¿La sociedad se equivoca al valorar tanto la juventud?

–Hay dos maneras de apreciar la juventud: consagrándola como la edad mágica por excelencia más allá de la cual todo será declive, o bien como un estado de fuerza física e intelectual que podemos intentar prolongar lo máximo posible. La idea de juventud puede ser una celebración de ese periodo, pero también un objetivo a alcanzar para alejar la vejez.

–¿Cuál es la relación entre el alejamiento de la muerte y la exaltación de la juventud?

–La muerte se ha convertido en la pornografía por excelencia, incluso en la máxima obscenidad, desde que el sexo se ha normalizado y no encarna la indecencia. Pero el olvidarnos de la muerte no está relacionado solo con la exaltación de la juventud si no también con la descristianización de nuestras sociedades. La muerte ha dejado de ser un tránsito para convertirse en el último término, por eso ahora lo esencial no es la vida después de la muerte sino la vida antes de ella. Nuestras prioridades han cambiado, no nos preocupa tanto la salvación del alma como la felicidad del cuerpo y el equilibrio espiritual.

-En antropología se aprende que en las culturas primitivas los ancianos son reverenciados. Son sinónimo de conocimiento. En Occidente, un anciano es sinónimo de caducidad y torpeza. ¿Qué hemos hecho mal?

-No es del todo exacto que las sociedades antiguas respetaran a los ancianos. Muchos hombres y mujeres, a partir de cierta edad, eran expulsados de las aldeas y tenían que morir solos en los bosques. Solo en Occidente la preocupación por la tercera edad se ha convertido en una prioridad, aunque el tratamiento que reciben los ancianos en algunas residencias aún deja mucho que desear. Pero poco a poco la revolución de la vejez va alcanzando todos los continentes, incitándonos a modificar el conjunto de nuestras concepciones sobre las edades de la vida.

–Séneca sostenía que la vida era suficientemente larga para alcanzar las metas. Lo que había que hacer era no perder el tiempo. ¿Está de acuerdo?

–Estoy de acuerdo a condición de que conozcamos esas metas desde el principio, cosa que todavía no hemos conseguido. Pasamos muchos años vacilando, dudando, dando palos de ciego, haciendo lo que Séneca llamaba «estupideces». El incremento de la esperanza de vida ahora nos permite exactamente eso, pasar años experimentando, probando vías muertas antes de dar por fin con nuestro camino correcto. La vida no es nunca lo bastante larga para aquel que busca una finalidad.

–¿Cuál es el papel del consumismo en nuestra visión de la vejez?

–Me parece que la tragedia de la vejez es precisamente que la hemos condenado únicamente a los papeles del entretenimiento y el consumo. La jubilación es para muchos, aunque no para todos, un momento trágico en el que dejamos de jugar un papel activo en la sociedad para quedar reducidos a meros compradores, consumidores de películas, de espectáculos, de viajes. Continuar trabajando es, en cambio, continuar siendo útil para la colectividad.

–¿La juventud que nos predican no tiene algo de trampa para que consumamos más?

Puede ser, pero ese sueño de eterna juventud es tan viejo como la Humanidad misma. Es por eso que somos tan sensibles a ese culto a la juventud, que es por otro lado la estrategia de muchas grandes empresas y corporaciones.

–¿La juventud y querer seguir siendo joven se ha convertido en una industria para hacer dinero?

La búsqueda del beneficio por sí misma no basta para explicar el extraordinario éxito de ese mito, que, por otro lado, no hay que dejar de tener en cuenta.

–¿Por qué se considera que un hombre a los 50 en decadencia cuando grandes hombres han dado lo mejor a esa edad?

–La maduración física, a menudo sinónimo de decadencia o disminución, y la maduración psicológica caminan en sentidos opuestos. «Hacen falta 60 años para convertirse en filósofo», decía Kant, y en su época esa edad equivalía a 80 años en la nuestra. El extraordinario destello de la vida del espíritu continúa iluminado nuestros días, hasta el último. Aprender, estudiar, enseñar siguen siendo actividades posibles hasta en las últimas etapas de la existencia.

–¿Un consejo para disfrutar más allá de los 50?

–No renunciar a nada, y menos a nuestros deseos.

–¿Una recomendación para sobrellevar los dolores con la mejor cara posible?

Tomar analgésicos y confiar en la medicina.

–¿Tiene sentido una vida si no existe la muerte?

–Respuesta global a las últimas preguntas: la inmortalidad religiosa o transhumana es un artículo de fe. La verdadera cuestión es preguntarse si es algo deseable, y yo, personalmente, pienso que no. La vida es dolorosa y trágica porque un día se detiene de golpe. Debemos amar lo que está condenado a desaparecer, los seres a los que queremos, los más bellos paisajes y las grandes obras de la cultura. Lo sabemos desde la infancia, pero nos pasamos la vida negándolo o mirando para otro lado. Si el más allá nos sirve para envejecer en mejores condiciones, pues adelante. Pero si pretende vencer a la muerte y desafiar las leyes de la condición humana, entonces no será más que charlatanería. En cualquier caso, ganar 30 o 40 años de prórroga no responderá de ningún modo a la gran pregunta de hoy: ¿Qué hacer con este préstamo de tiempo suplementario?

“Un instante eterno”: Una reivindicación de vivir

Pascal Bruckner escribe una honda reflexión sobre la edad adulta y se separa de pesimismos. Para él no hay tiempo de descuento. Hay que vivir siempre plenamente
★★★★☆
Por Ángeles López
El reconocido filósofo Pascal Bruckner plantea, en este sensato ensayo, cómo los avances de la ciencia han hecho del tiempo un aliado para el ser humano en tanto que la esperanza de vida en el último siglo ha aumentado casi treinta años, el equivalente a toda una existencia en el siglo XVII. Al convertirnos en «cicuentañeros», explica, advertimos una suerte de suspensión entre la madurez y la vejez, en el que la brevedad de la vida comienza de nuevo, pues nos planteamos las grandes cuestiones que acompañan a nuestra condición humana. El libro es una reivindicación de una edad que se ha prorrogado hasta convertirse en una vida extra y que, Bruckner, sostiene que no debe ser un tiempo de renuncias ni de «descuento» sino de una existencia plena e intensa. Porque los maduros no son los otros sino la mirada de los otros. Somos tú y yo. Y sin lugar a dudas: serás tú, que nos lees desde tu atalaya de una edad que se cura con el tiempo. La pregunta crucial que nos hace, es: ¿qué hacer durante el tiempo que nos queda? ¿A qué dedicar esas décadas con las que nos encontramos con un cuerpo que ya no responde como antes y con todos nuestros proyectos cumplidos u olvidados? Una de las figuras más influyentes del pensamiento social contemporáneo se enfrenta a estas cuestiones desde la posición de quien sabe de lo que habla, porque lo está viviendo en carne propia. Pero no se limita a hacer una reseña melancólica o poética de lo ya sabido o de «les temps perdu». Denuncia la falta de empatía y la engañosa condescendencia para resurgir a la vida a partir de las cinco décadas. Renacer envejeciendo, todo un oxímoron que nos impele a seguir con los sentidos alertas y las pasiones inflamadas. El amor sentimental y el deseo erótico se mantienen, pero no se deben mostrar a riesgo de parecer ridículo puesto que «es la vejez lo que se prolonga, no la vida». Una autobiografía intelectual en la que el gran filósofo nos regala una reflexión estimulante –aunque un tanto «líquida»– sobre el largo tiempo de la vida alejado del maniqueo ensayo previo al inevitable descanso final.
▲ Lo mejor
Este libro enseña que envejecer trata de pasar por luchas comunes, de fijar metas, de luchar por proyectos
▼ Lo peor
Es una reflexión estimulante, pero podría haber resultado menos «líquida», como diría Bauman