“El artista no necesita más dinero, sino la libertad para crear”

Khadim Bamba es una de las jóvenes promesas del arte senegalés y, por añadido, del panorama artístico de África Occidental

Khadim Bamba
Khadim Bamba FOTO: Alfonso Masoliver

Las azoteas de Dakar son escaparates de color. Aquí tienden las lavanderas hileras de ropa amarilla, rosa, azul intenso, verde, blanco y de todos los colores a la vez, entremezclados entre sí con una aleatoriedad deslumbrante. Las azoteas de Dakar son color y torbellino. Cuando la ropa se seca, las lavanderas destienden la ropa y cuelgan una nueva tanda, de manera que las lavanderas de Dakar son también reponedoras de un arcoíris que nunca se repite. Ninguna azotea es igual a otra pero, en el barrio de Hamo, existe una azotea anónima que se distingue del resto. Donde las telas ondean bajo el sol de mayo, en este tejado permanecen al cobijo de la sombra; mientras el resto de azoteas utilizan ropa limpia para la construcción de su arcoíris, esta de aquí coge jirones y añade tiras de tela, recuadros desgarrados en el éxtasis de la creación; si las demás muestran ropa endeble y frenética al compás del viento, las telas en esta azotea se mantienen rígidas, capaces de una disciplina del arte extraordinaria. Esta azotea hipnótica pertenece a uno de los jóvenes artistas más prometedores de Senegal y que ha expuesto en Malí, Holanda, París, Burkina Faso y España. Su nombre es Khadim Bamba. Utilizando los textiles a modo de pintura, su creatividad novedosa de técnica mixta ya ha encandilado a las nuevas generaciones senegalesas.

Bamba trabaja siempre en la azotea, a escasos metros de su habitación. Le gusta saber que puede irse a dormir cuando le venga en gana, o lo contrario, enzarzarse con sus creaciones pocos segundos después de arrancarse las legañas del sueño, en fin, le gusta convivir con sus creaciones a la vez que introduce el arte en su rutina. Le viene desde pequeño. Su abuelo fue un reconocido pintor senegalés y su madre era costurera, de manera que este color apabullante que siembra su azotea es un elemento común en el día a día de su hogar, tan común como dormir o comer o lavar y tender la ropa. Sumergido en esta mezcla de recuerdos y sueños de la azotea, Bamba reconoce que pretende tomar la tradición “para crear algo nuevo que transforme lo ordinario en extraordinario”. Tomando aquí la religión, allí la fraternidad, compone creaciones sembradas de colores vistosos que parecen conectar diferentes culturas a través del común denominador de la armonía.

Khadim Bamba muestra una de sus obras en Dakar, Senegal.
Khadim Bamba muestra una de sus obras en Dakar, Senegal. FOTO: Alfonso Masoliver

Pero conectar culturas no siempre es una tarea fácil. Cuando los ancianos ven una nueva obra donde Bamba ha utilizado la alfombra de rezo para enmarcar el contenido, y ven la alfombra recortada y aparentemente ultrajada en nombre de la expresión artística, ponen el grito en el cielo y hablan de blasfemia. “Pero yo les explico el significado de mi obra y mi interés por expresar el Islam de una manera que encaje con la actualidad, les pido que me enseñen el pasaje del Corán donde hablan de blasfemia por utilizar una alfombra de rezo en una obra de arte, les muestro mi respeto por nuestra religión y ellos entienden”. ¿Entienden de verdad? “Entienden. Comprenden que es algo hermoso y los musulmanes amamos la belleza”.

Bamba es un patriota senegalés pero también africano. Existe algo de patriotismo en el arte africano que, después de ser mutilado por la artesanía y los intereses turísticos occidentales, tras siglos de opresión y trabas en su desarrollo, ahora permite al continente mudo abrir la boca y entonar su melodiosa voz que expresa mensajes propios y diferentes a los de cualquier otro continente. Existe algo de patriota y de exclusivo en las creaciones de Bamba, que son hijas de los tejidos de su madre y nietas de los lienzos su abuelo, en lo que él califica como “una reconversión del arte tradicional africano”. A continuación saca puñados de tela de los cubos escondidos en su estudio, extiende alfombras, inclina los tejidos bajo el sol para mostrarme su brillo y explicarme con qué otros colores encajarían. La alquimia de tacto suave que maneja Bamba queda a plena vista en su azotea.

Toma el concepto de la máscara de madera, patrimonio africano, y estruja los conceptos y los decolora para extraer una nueva máscara de tela que mantenga el anonimato de sus protagonistas: “en mis creaciones procuro compartir mi mente o mi corazón”. O las dos cosas. Existe algo de puro en los conceptos de Bamba y en sus creaciones. Entre risas me cuenta el problema al que se enfrenta cuando expone en su país de origen. Comenta que “cada vez que hago una exposición en Dakar, las redes se inundan de felicitaciones y se augura un éxito rotundo pero, al final, cuando abrimos, apenas si viene gente, ni siquiera amigos míos”. Explica a continuación que todo se debe a un malentendido. “Es tradición en Senegal invitar a nuestros amigos a los eventos, ya sean comidas o cenas o cumpleaños o lo que sea, invitar, y si uno no es invitado, pues lógicamente se considera de mala educación aparecer sin invitación”. No le preocupa demasiado pero le parece curioso que la dinámica que sigue una exposición de arte todavía no haya arraigado en su ciudad natal.

(Hago un breve paréntesis para que el lector comprenda este concepto de las azoteas en Dakar: mientras escribía esta pieza, ahora mismo, en la azotea frente a mi ventana han sacrificado a un carnero para la comida del domingo. Tres niños acariciaban sin cesar a la bestia, amilanando sus balidos histéricos. Cuando el carnero se ha tranquilizado, uno de los hombres se ha acercado con el cuchillo y sujetándole los cuernos ha abierto un boquete en su cuello de lana. Un destello rojo ha inundado la azotea mientras el carnero se debatía, se debatía, se retorcía, se cansaba, se desplomaba muerto rodeado de ropa tendida.)

A Bamba tampoco le preocupa que el gobierno senegalés no conceda ayudas al arte nacional, supone una agradable paradoja que el artista subvencionado en España pida más y más mientras el artista abandonado por el Estado mantiene una fe tan grande en su creación que la pregunta de las subvenciones casi le parece ridícula. “Tu primer y mayor admirador debes ser tú mismo”, dice, y añade que “el artista no necesita más dinero, sino la libertad necesaria para crear”. El amor y la pasión que experimenta Bamba en su azotea de colores le remonta a las ansias de libertad que sentía en su niñez, cuando comprendió su necesidad de compartir el mensaje de unidad que ahora predica.

Khadim Bamba expondrá sus obras en la bienal de arte que se celebra durante los meses de mayo y junio en la capital senegalesa, participando junto a reconocidos artistas, no solo africanos, sino procedentes de todo el globo. Y su mensaje a trasmitir al público es claro: “Quiero que la gente disfrute la belleza de la humanidad”.