Alcalá-Zamora, o el fracaso de centrar la República

Stanley G. Payne ahonda en su nuevo libro en el hombre de orígenes modestos, que llegó a triunfar en su vida profesional para después caer estrepitosamente en su deseo de moderar y equilibrar el régimen que llegó a presidir.

Stanley G. Payne ahonda en su nuevo libro en el hombre de orígenes modestos, que llegó a triunfar en su vida profesional para después caer estrepitosamente en su deseo de moderar y equilibrar el régimen que llegó a presidir.

El profesor Stanley Payne ha contribuido decisivamente al esclarecimiento de los hechos más notables de la Historia Contemporánea española y europea. Sus investigaciones sobre el fascismo, la Segunda República, la Guerra Civil y Franco y su régimen así lo acreditan. Obras como «Falange, la historia del fascismo español», «Los militares y la política en la España Contemporánea», «La Guerra Civil en España», «El colapso de la República», «España, una historia única», «Franco, una biografía personal y política» (escrita junto a este autor), así lo acreditan, siendo por ello, el principal hispanista de referencia sobre dicho período.

Recientemente ha publicado «El camino hacia el 18 de julio» (Espasa), sobre el que pronunció una memorable conferencia en el Ceseden que fue organizada conjuntamente por la Sociedad de Estudios Contemporáneos Kosmos-Polis, y cuyo éxito y resonancia han molestado hasta la exacerbación a una chirriante y radical izquierda.

Orígenes modestos

Ahora Payne publica «Alcalá-Zamora, el fracaso de la República conservadora» (Gota a Gota-Faes), en el que nos ofrece un estudio detallado y minucioso del que fuera presidente de la Segunda República. Una figura de extraordinaria personalidad y formación, que desde sus orígenes modestos, y tras una sacrificada formación autodidacta, llegaría a alcanzar puestos importantes durante la monarquía de Alfonso XIII, y los de mayor relevancia en la Segunda República, hasta pocos meses antes del estallido de la Guerra Civil.

A lo largo de las páginas, Payne nos va realizando el retrato de un hombre honrado que triunfó y brilló en su profesión, y que quiso aportar a la política lo mejor de sus conocimientos. Demócrata convencido, liberal de ideas y católico practicante, colaboró en varios gobiernos de Alfonso XIII, hasta que el pronunciamiento de Primo de Rivera, que tan condescendientemente fue recibido por el Partido Socialista y la izquierda en general, le alejó de la corona, para conspirar abiertamente a favor del advenimiento de la república.

Su «vendetta» contra Alfonso XIII tuvo éxito al auto descabalgarse el monarca tras las elecciones municipales del 14 de abril de 1931, y el pronunciamiento político-civil de los revolucionarios que proclamaron la Segunda República. Pero aquel sería prácticamente su único triunfo, pues Alcalá-Zamora fracasó siempre en su intento de moderar y centrar la República. Como jefe del gobierno provisional republicano y firme católico, toleró la numerosa quema de conventos, violencia y actos de pillaje en los primeros pasos del nuevo régimen. Y ya recién designado presidente de la República, fue incapaz de moderar y equilibrar una constitución absolutamente sectaria y partidista.

Durante sus años de gestión al frente de la República, Alcalá-Zamora tan sólo se mantuvo firme en dos ocasiones; cuando el gobierno de Azaña, a propuesta de los socialistas, quiso armar a las milicias de UGT y de los partidos de izquierda, tras el pronunciamiento frustrado de la Sanjurjada del 10 de agosto de 1932, puesto que hubiera transformado una acción débil y fracasada, en una confrontación civil o revolución social, y al resistirse a los múltiples intentos del Partido Socialista, de los radicales y de las izquierdas burguesas, para que no reconociese y anulase los resultados de las elecciones de diciembre-enero de 1932/33, que dieron un amplio triunfo a los partidos moderados de centro y de derecha. Pero, sin embargo, se mostró muy indulgente con los responsables socialistas, comunistas y radicales republicanos implicados en la insurrección revolucionaria de octubre de 1934, lo que debilitaría al gobierno de centro-derecha.

Y así Payne nos va perfilando el retrato de una figura que se fue transformando a causa de una visión mesiánica, por la que llegó a creerse que sólo sus manipulaciones políticas podían garantizar la estabilidad del régimen republicano. Su alejamiento de la realidad social, le llevó a beneficiar a la izquierda, aunque fuese radical, y a tratar de forma obsesiva de boicotear y bloquear a la CEDA y las derechas, cuando legítimamente les correspondía la formación de gobierno.

Pese a sus sólidas convicciones demócratas y de ser un constitucionalista, no le importó retorcer la Constitución y hasta violarla en su mesiánica idea de convertirse en el protagonista de ‘centrar’ la República. Para ello, buscó dinamitar el centro político que representaba el Partido Radical y hundir a Lerroux, su líder y al que no podía ver, explotando el caso del estraperlo, un pequeño escándalo sin la menor importancia, y que más fue un chantaje en toda regla, jaleado por Prieto y Azaña. Al tiempo que igualmente se alegró de las consecuencias del estallido del caso Nombela.

Alcalá-Zamora creyó que la CEDA era el principal obstáculo para que se consolidara en centro político, para el que reclamaba todo el protagonismo, y su animadversión hacia Gil Robles se fue incrementando hasta provocar la completa desestabilización del régimen republicano. Intentó dividir el partido en dos alas para debilitarlo y dejarlo fuera del gobierno, y al no conseguirlo, en vez de llamar al líder de la CEDA para que formara gobierno, se saltó los usos parlamentarios y violó la Constitución, disolviendo las Cortes de forma irresponsable y convocando nuevas elecciones con un Parlamento que estaba a la mitad de su legislatura.

Usando de forma torticera la Constitución, el presidente hizo uso de la facultad que le permitía suspender el Parlamento. Con ello esperaba ilusoriamente que su aliado y amigo Portela Valladares creara un nuevo centro político. Portela no era siquiera diputado y fracasó en su intento. Las elecciones del 16 de febrero de 1936 se celebraron en medio de una campaña de fuerte hostilidad y de centenares de actos de violencia, con más de cuarenta muertos, principalmente a manos de la extrema izquierda y de la extrema derecha. Las izquierdas acudieron unidas (excepto los grupos anarquistas) en un Frente Popular. El resultado fue de empate técnico entre las derechas y las izquierdas, quienes antes de conocerse el resultado se lanzaron a la calle proclamando su victoria absoluta y desatando una ola de violencia.

No a la ley marcial

Alcalá-Zamora, que por nada quería mostrarse duro contra los partidos de izquierda, se negó a que el débil gobierno de Portela implantase la ley marcial. La agitación y los desmanes provocaron la inmediata defección de un aterrado Portela, que huyó del poder tres días después. Y al presidente no le quedó más remedio que llamar al gobierno a Azaña, quien con el control de las administraciones provinciales, la izquierda manipuló decenas de actas, declarando el triunfo absoluto del Frente Popular.

La suerte personal de Alcalá-Zamora estaba echada, pues en el fondo intuía que, ganase quien ganase las elecciones, sería expulsado de la presidencia de la República, como así ocurrió en los primeros días de abril.

La fragmentación política y la polarización de la sociedad fueron los ejes de los cinco años de vida de la República, que en el fondo constituyó un proceso revolucionario izquierdista, que se activó desde febrero a julio del 36, momento en el que se le opuso otro movimiento contrarrevolucionario, que desataría la confrontación abierta y la Guerra Civil.