Más allá del olvido

La Razón
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Conozco a Andreu Alfaro desde el principio de su trayectoria y siento su pérdida como amigo y porque ha sido un gran artista de la segunda mitad del siglo XX. La muerte, como siempre, nos rescata, aunque brevemente, del olvido. Pero la pérdida de Alfaro nos puede servir para rectificar la errónea apreciación que, desde finales de los 70, ha tenido su escultura. Es autor de una obra de gran originalidad, hecha a contracorriente, con plena independencia, rica y variada. Y, además, una de las obras escultóricas más conocidas públicamente. A partir de los 80, Alfaro ha pagado caro su independencia con el olvido. La prueba es que su obra está prácticamente ausente del Reina Sofía, y no sé si sólo hay una escultura que ni siquiera está expuesta.

Este olvido se debe a que su obra ha replanteado algunos de los problemas básicos de la escultura en el siglo XX: la despersonalización, el interés por los procesos industriales, por la producción seriada. Cuestiones que se plantearon en los años 30 y que Alfaro vuelve a plantear en los 50 y 60. Tuvo la visión y la energía de volver a plantear estas cuestiones con gran imaginación. Sus intereses coincidían con los del Equipo 57 y Oteiza, que dieron forma a ese lenguaje básico del constructivismo pasados los años de su esplendor soviético. Él luego se fue soltando en busca de una expresión más propia, no diría lírica, pero tal vez menos formal. Como Julio González, entendió que la escultura es dibujar en el espacio. Alfaro tenía un temperamento más abierto hacia el barroco y no hacia el minimal, aunque su marca es evidente en sus obras. Empezó con el minimal, yo diría que incluso antes de su aparición. A partir de ahí, se fue decantando hacia posiciones más barrocas. Fue un hombre fecundo, con sensibilidad, imaginación y original, cuya importancia no ha estado reflejada en los museos.